La falsa novia del CEO CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Dos Mundos

Había harina en la manga de Nathaniel Ashford, y no parecía saberlo.

Claire lo observó desde el otro lado del mostrador, conteniendo una sonrisa que no tenía ninguna intención de dejarle ver.

Llevaba puesta una camisa que probablemente costaba más que el alquiler mensual de su apartamento, con las mangas subidas hasta el codo por insistencia de la fotógrafa, y sostenía una bandeja de cruasanes con la misma concentración con la que probablemente firmaba contratos multimillonarios.

El resultado no era, ni de lejos, la estampa relajada de "novio ayudando en el negocio familiar" que el equipo de comunicación había imaginado.

—Un poco menos rígido —sugirió la fotógrafa, una mujer joven con dos cámaras colgadas del cuello y una paciencia que Claire empezaba a admirar—. Nathaniel, relájate los hombros. No estás defendiendo una tesis.

—Estoy relajado —dijo él, sin relajarse en absoluto.

Claire no pudo contener la risa esta vez. Nate le lanzó una mirada que pretendía ser severa y que no lo consiguió del todo, porque en ese preciso instante la bandeja se le inclinó un par de grados de más y dos cruasanes rodaron directamente hacia el suelo.

—Ashford Dynamics acaba de perder dos activos —dijo Claire, agachándose a recogerlos antes de que él pudiera reaccionar—. Espero que tengas un seguro que cubra esto.

—No tengo experiencia en... —hizo un gesto vago hacia la bandeja, hacia el mostrador, hacia todo el local— esto.

—Ya me he dado cuenta.

Llevaban dos horas así, desde que él había llegado a media mañana con un fotógrafo, una asistente de comunicación llamada Reyna que hablaba en frases cortas y precisas, y la petición explícita de "algo auténtico, algo que muestre a Nathaniel en un entorno cotidiano".

Claire había accedido, en parte porque el contrato lo estipulaba y en parte, aunque no lo habría admitido en voz alta, porque llevaba días sintiendo curiosidad por ver cómo se comportaba Nate fuera del terreno controlado de sus rascacielos y sus reuniones de consejo.

La respuesta, hasta el momento, era: mal. Muy mal. Y de un modo que a Claire le resultaba, contra toda lógica, entrañable.

—Prueba a amasar esto —dijo, empujando hacia él una bola de masa que ya estaba lista para el segundo levado, más por diversión personal que por necesidad real—. No hace falta que sea perfecto. Solo tienes que doblarla sobre sí misma.

Nate la miró como si le hubiera pedido que desmontara un reactor nuclear.

—¿Así? —Hundió las manos en la masa con una torpeza casi cómica, sin la delicadeza necesaria, y la masa se le pegó a los dedos de una manera que le arrancó una mueca de auténtico desconcierto—. Esto es... pegajoso.

—Es masa, Nathaniel. Se supone que es pegajosa.

—Llámame Nate. —Lo dijo sin apartar la vista de sus propias manos, como si estuviera librando una batalla personal contra la harina—. Solo mi padre me llama Nathaniel, y normalmente cuando está a punto de decepcionarse conmigo.

Fue dicho con ligereza, casi como una broma, pero algo en el tono se quedó colgando en el aire un segundo de más.

Claire lo archivó sin comentar nada, consciente de que la fotógrafa seguía disparando desde el otro lado del mostrador, capturando cada gesto para consumo público.

No era el momento ni el lugar para preguntar.

—Nate, entonces —concedió, y algo en la manera en que él levantó la vista al oírla decir su nombre, con una sorpresa genuina, casi vulnerable, hizo que a Claire se le acelerara el pulso de un modo que no tenía nada que ver con el contrato.

Trabajaron así una hora más, con Reyna interviniendo de vez en cuando para pedir un ángulo distinto, una risa más genuina, una mano rozando un hombro.

Claire descubrió que, liberado de la rigidez impuesta por su propio despacho, Nate tenía un sentido del humor seco que aparecía en fogonazos breves, casi como si no confiara del todo en dejarlo salir.

Cuando la señora Fenwick entró a por su pan de siempre y se quedó mirando fijamente a "ese hombre tan elegante" amasando pan con evidente incompetencia, Nate improvisó una reverencia tan absurdamente formal que hasta Marisol, desde detrás de la caja, soltó una carcajada que no pudo contener.

—Le va a encantar contarlo —comentó Claire después, cuando la señora Fenwick se marchó con su pan y una anécdota que sin duda repetiría durante semanas—. Para mañana, media Rivermill sabrá que el CEO de Ashford Dynamics no sabe amasar pan.

—Bien. —Nate se limpió las manos en el delantal que Claire le había prestado, uno con manchas de generaciones anteriores de harina que probablemente nunca saldrían—. Es exactamente el tipo de historia que necesitamos que circule. Auténtica, sin pulir.

Y ahí estaba otra vez, pensó Claire: el cambio brusco, el instante en que el hombre relajado volvía a convertirse en el estratega. Como si tuviera dos interruptores y ella pudiera verlos accionarse en tiempo real.

—¿Alguna vez dejas de calcular el efecto de las cosas? —preguntó, sin acritud, más por curiosidad genuina que por reproche.

Nate se detuvo. Miró alrededor de la panadería —los estantes de madera desgastada, la vitrina con las tartas del día, la luz de media tarde entrando oblicua por el escaparate y bañando de dorado el polvo de harina suspendido en el aire— como si la pregunta le hubiera hecho ver el lugar por primera vez, no como un decorado para una fotografía, sino como un sitio real donde la gente vivía su vida cotidiana.

—No mucho —admitió, en voz más baja, casi como si la respuesta lo sorprendiera a él mismo—. Llevo tanto tiempo pensando en cómo se ve cada cosa desde fuera que a veces se me olvida... —Dejó la frase sin terminar, buscando la palabra, y no la encontró, o decidió no decirla en voz alta.

—¿Se te olvida qué?

—Cómo se siente estar simplemente en un sitio. —Se encogió de hombros, un gesto pequeño, casi tímido, que no encajaba con el hombre de traje impecable que había entrado en su vida hacía semanas—. Esto. —Señaló vagamente el local, la luz, el olor a pan recién hecho—. Esto se siente real.

Claire no supo qué responder. Había algo desarmante en la sinceridad repentina de Nate, algo que no encajaba con la frialdad calculada de su primera visita, y por un instante fugaz se permitió preguntarse si el hombre que tenía delante —el que se manchaba de harina y hacía reverencias absurdas para hacer reír a una anciana— era más real que el que negociaba contratos de pareja falsa con la precisión de un cirujano.

Fue Reyna quien rompió el momento, anunciando que ya tenían material más que suficiente y que debían marcharse pronto porque Nate tenía una recepción esa noche.

La palabra "recepción" bastó para que él volviera a erguirse, a recuperar la postura, a convertirse de nuevo en el hombre de la tarjeta de visita.

—Gracias por esto —dijo, ya en la puerta, con el delantal manchado devuelto y colgado en su sitio—. Por... la paciencia.

—No ha sido tan terrible —admitió Claire, y se sorprendió al descubrir que lo decía en serio.

Nate se quedó un instante más de lo necesario, como si quisiera añadir algo, y después simplemente asintió y salió a la calle, donde un coche negro esperaba para llevarlo de vuelta a su otro mundo.

Claire se quedó mirando la puerta cerrarse, con las manos todavía cubiertas de harina, preguntándose por qué la sensación que le quedaba en el pecho se parecía tanto a la decepción.

POV: Nathaniel Ashford

El Salón Ostrander, en la planta cuarenta y dos del Meridian Grand, tenía las paredes de cristal que Nate asociaba de manera automática con el trabajo: vistas panorámicas de la ciudad convertidas en telón de fondo para conversaciones que decidían el destino de miles de empleos y millones de dólares.

Comparado con la calidez desordenada de Rivermill, aquel salón resultaba casi hostil en su perfección, y por primera vez en años Nate fue plenamente consciente de esa frialdad, en lugar de simplemente habitarla sin pensar.

Todavía tenía en la memoria la sensación de la masa pegándose a sus dedos.

—Nathaniel. —La voz de su padre llegó desde su izquierda, con esa cadencia particular que Gerald Ashford reservaba para los eventos públicos: cálida en apariencia, calculada en el fondo—. Ven, quiero presentarte a alguien.

Nate se giró y ajustó de inmediato su expresión, guardando cualquier resto de la tarde en Rivermill en algún compartimento cerrado.

El hombre junto a su padre era de estatura media, con el pelo plateado peinado hacia atrás y una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos —esos ojos oscuros, alertas, que parecían catalogar cada detalle de la sala sin que el resto de su rostro lo delatara.

—Victor Hale —dijo el hombre, tendiéndole la mano con un apretón firme, medido, ni un gramo de presión de más ni de menos—. Un placer conocerte por fin en persona. Tu padre no deja de hablar de ti.

—Espero que solo cosas favorables. —Nate sonrió con la cortesía profesional que llevaba practicando desde la adolescencia.

—Casi todas. —Los ojos de Victor brillaron con algo que podría haber sido humor, si no hubiera estado tan cuidadosamente calibrado—. Aunque tu padre me dice que tienes ciertas... reticencias respecto a nuestros planes de futuro.

La frase quedó flotando entre los tres, envuelta en la cortesía impecable de la conversación de sala, pero Nate captó de inmediato el filo escondido bajo la superficie. Miró a Gerald, que sostenía su copa de champán con una calma demasiado deliberada para ser natural.

—Estamos en fase de conversaciones —dijo Nate, midiendo cada palabra—. Nada está decidido todavía.

—Por supuesto. —Victor asintió, como si aquella respuesta le pareciera perfectamente razonable—.

Aunque debo confesar que, desde mi perspectiva, la fusión entre Ashford Dynamics y Hale Group representa algo más que una operación comercial conveniente.

Mi empresa necesita esta alianza tanto como la tuya, quizá más.

Los últimos dos años no han sido... generosos con nosotros.

Había una honestidad calculada en esa admisión, pensó Nate, el tipo de sinceridad que se ofrece precisamente porque resulta desarmante. Victor Hale no estaba pidiendo compasión; estaba estableciendo los términos del juego con una claridad que resultaba casi elegante en su brutalidad.

—Entiendo la importancia que tiene para usted —respondió Nate—. Y le aseguro que Ashford Dynamics valora enormemente la posibilidad de esta alianza.

—Me alegra oírlo. —Victor dio un pequeño sorbo a su bebida, sin apartar la mirada de Nate—.

Porque, entre nosotros, ambos sabemos que las alianzas más sólidas no se construyen solo sobre cifras y proyecciones.

Se construyen sobre confianza. Sobre familia.

—Hizo una pausa calculada—. Mi hija Natalie estará encantada de conocerte mejor en las próximas semanas, si las cosas avanzan como espero.

Gerald, junto a ellos, asintió con una satisfacción que no se molestó en ocultar, como si aquella frase confirmara exactamente el plan que llevaba semanas defendiendo.

Nate sintió el peso familiar de la trampa cerrándose un poco más, invisible para cualquiera que no supiera dónde mirar, pero perfectamente tangible para él.

—Será un placer —dijo, porque no había otra respuesta posible en ese salón, delante de esas paredes de cristal, con su padre observándolo con la expresión de quien espera que su hijo cumpla con lo prometido.

—Excelente. —La sonrisa de Victor se ensanchó, aunque sus ojos seguían tan alertas como al principio—. Sabes, Nathaniel, en mi experiencia, los hombres que entienden lo que está en juego —de verdad en juego, no solo en el papel— son los que llegan lejos en este negocio.

Fue una frase simple, casi trivial, del tipo que se dice en cualquier recepción entre desconocidos que fingen cordialidad. Y sin embargo Nate captó, con una claridad incómoda, que Victor Hale no hablaba solo de la fusión.

Hablaba de algo más. De alguien más.

—¿Nos disculpas un momento, Victor? —intervino Gerald, posando una mano en el hombro de su hijo con una firmeza que no admitía discusión—. Necesito robarte a Nathaniel dos minutos.

Victor inclinó la cabeza con una elegancia perfecta.

—Por supuesto. Ha sido un placer, Nathaniel.

Estoy seguro de que volveremos a hablar pronto.

—Antes de darse la vuelta, añadió, con la misma sonrisa cordial de siempre, como si el comentario no tuviera ningún peso especial—: Dale recuerdos a tu...

acompañante. He oído que ha causado cierta impresión en los círculos correctos.

Me encantaría conocerla en persona, cuando se presente la ocasión.

Se alejó hacia otro grupo de invitados sin esperar respuesta, dejando la frase suspendida en el aire acondicionado del Salón Ostrander como el eco de algo que Nate no lograba, todavía, terminar de interpretar.

Su padre ya había empezado a hablar de otra cosa —de la agenda de la semana siguiente, de una reunión con los inversores—, pero Nate apenas lo escuchaba.

Tenía la vista fija en la espalda de Victor Hale, que se alejaba entre la multitud con la tranquilidad de un hombre que nunca dice nada por casualidad, y sintió, por primera vez desde que había firmado aquel contrato con Claire Bennett, que el terreno bajo sus pies era mucho menos firme de lo que había calculado.