La falsa novia del CEO CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La Primera Aparición

El vestido no era suyo. Ese era el primer pensamiento de Claire mientras la modista de Nate le ajustaba el último alfiler en la cintura: que la tela azul medianoche que le caía por las caderas, que el corte que hacía que sus hombros parecieran esculpidos en lugar de cargados de harina y turnos de doce horas, pertenecían a una mujer que no era ella.

Una mujer que sabía qué tenedor usar, que no calculaba mentalmente cuántas hogazas de pan equivalían al precio de los pendientes que le habían prestado para esa noche.

—Deje de fruncir el ceño —dijo la modista, sin levantar la vista—. Le va a salir una arruga y entonces sí tendremos un problema.

Claire obedeció, aunque el ceño fruncido no tenía nada que ver con la tela.

Tenía que ver con la puerta del vestidor, al otro lado de la cual Nate esperaba, y con las próximas cuatro horas, que iba a pasar del brazo de un hombre frente a doscientas personas que decidirían, con una sola mirada, si aquello era real o si era exactamente lo que era: una actuación cuidadosamente coreografiada para salvar una fusión y, de paso, un contrato firmado con demasiada prisa y demasiado poca fe.

Cuando por fin salió, Nate estaba de pie junto a la ventana del ático, con las manos en los bolsillos y esa quietud suya que Claire ya había aprendido a distinguir de la calma: no era paz, era control.

La corbata gris oscura, el traje que probablemente costaba más que el alquiler de la panadería durante un año entero.

Se giró al oír sus pasos y, por un instante —tan breve que después Claire dudaría de haberlo visto—, algo en su expresión se quebró.

—Bien —dijo él, y carraspeó, como si la palabra se le hubiera atascado—. Bien. Estás… Vamos a llegar tarde.

—Eso no es lo que ibas a decir.

—Es exactamente lo que iba a decir.

—Nathaniel Ashford, mentiroso profesional.

Una sombra de sonrisa, apenas perceptible, cruzó su boca antes de que la disciplinara.

Le ofreció el brazo con la formalidad de quien ha hecho ese gesto mil veces y nunca lo ha sentido, y Claire lo tomó con la formalidad de quien está fingiendo no sentir el calor de esa mano a través de la manga del traje.

—Recuerda las reglas —murmuró él mientras bajaban al coche.

—Sonreír, no hablar de dinero, no mencionar la panadería a menos que alguien pregunte directamente, y jamás, bajo ninguna circunstancia, corregir a un inversor aunque esté diciendo una estupidez.

—Vas aprendiendo.

—Llevo tres semanas de clases intensivas con tu asistente. Debería tener un título.

Nate no respondió, pero cuando el coche arrancó, Claire notó que él miraba por la ventanilla con una tensión distinta a la habitual, la mandíbula apretada de un hombre que repasaba, una vez más, todo lo que podía salir mal.

El salón de baile del Hotel Meridian olía a lirios y a dinero.

Arañas de cristal colgaban sobre una marea de esmoquin negro y seda, y por un instante, al cruzar el umbral, Claire sintió que el suelo de mármol se inclinaba bajo sus tacones prestados.

Había estado en la Torre Ashford antes, sí, en las salas de reuniones de cristal donde Nate firmaba papeles que decidían el destino de miles de empleados sin levantar la voz.

Pero esto era distinto. Esto era su mundo social, el lugar donde la gente como Nate no trabajaba: existía.

—Respira —le dijo él al oído, con una sonrisa perfecta dirigida a la sala, no a ella—. Pareces a punto de salir corriendo.

—Estoy calculando cuántos panes de masa madre cabrían en uno de esos jarrones.

Esta vez la sonrisa de Nate fue real, breve, apenas un segundo, pero real, y a Claire se le aceleró el pulso de un modo que no tenía nada que ver con el nerviosismo.

Avanzaron entre los grupos con la coreografía que habían ensayado: la mano de Nate en la parte baja de su espalda, nunca posesiva, siempre presente; las presentaciones donde él decía «Claire, mi pareja» con una naturalidad que a ella todavía le costaba fingir con la misma soltura.

Ejecutivos de traje gris le preguntaban por su «negocio», y ella respondía con las frases que había memorizado —artesanal, local, tradición familiar— hasta que un hombre mayor con un puro sin encender le preguntó, con genuina curiosidad, cuál era su pan favorito para hacer, y algo en Claire se relajó por primera vez esa noche.

—El de centeno con nueces —contestó, sin pensarlo—. Lleva casi un día entero de fermentación y todo el mundo dice que no vale la pena, pero es el único que hacía mi madre exactamente igual cada vez.

El hombre asintió, satisfecho, como si hubiera obtenido la única respuesta honesta de toda la fiesta, y se alejó a buscar una copa. Claire notó que Nate la observaba.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada. Es la primera vez esta noche que no suenas como si estuvieras leyendo un guion.

—Porque no lo estaba.

—Ya lo sé —dijo él, y algo en su voz hizo que Claire desviara la mirada primero.

Gerald Ashford apareció poco después de las nueve, y la temperatura del salón pareció bajar dos grados exactos, aunque nadie más pareció notarlo.

Era una versión mayor y más afilada de Nate: el mismo mentón, los mismos ojos grises, pero sin la contención; en Gerald, el control no parecía una elección, sino la única temperatura en la que sabía existir.

—Nathaniel. —Un apretón de manos que duró exactamente lo necesario—. Y la señorita Bennett. He oído hablar mucho de usted.

—Espero que sea mentira, al menos la mitad —respondió Claire, y por un instante temió haber roto alguna regla no escrita de ese mundo.

Gerald la estudió con una atención que no era hostil, sino evaluadora, como quien revisa una cláusula de un contrato buscando la letra pequeña.

—Directa —dijo finalmente, dirigiéndose más a Nate que a ella—. Interesante.

No era un cumplido, pero tampoco era un rechazo, y Claire sintió que Nate se relajaba, aunque fuera un milímetro, a su lado.

Fue entonces cuando la vio: una mujer joven, de vestido color champán y postura impecable, de pie junto a Gerald con la clase de sonrisa que se practica frente a un espejo.

Victor Hale llegó un paso detrás, con la seguridad de un hombre que posee la mitad de la sala sin necesidad de decirlo en voz alta.

—Natalie Hale —la presentó Gerald, con un énfasis que no pasó desapercibido para nadie—. Y su padre, Victor, por supuesto.

—Un placer —dijo Natalie, y su voz tenía una calidez inesperada, sin rastro de la rivalidad que Claire había imaginado durante semanas de preparación mental—. Nathaniel me ha hablado poco de usted. Lo cual, viniendo de él, probablemente sea un cumplido.

—Es lo mismo que pensé yo —respondió Claire, sorprendida por la risa genuina que le arrancó el comentario.

Natalie sonrió también, pero había algo detrás de sus ojos —una fatiga contenida, una resignación cuidadosamente maquillada— que Claire no supo nombrar en ese momento, aunque más tarde, mucho más tarde, entendería exactamente lo que había visto: una mujer atrapada en el mismo tipo de trampa que Nate, sonriendo en la misma fiesta que celebraba su propia condena.

Victor Hale, en cambio, no sonreía con los ojos. Observaba a Nate con la atención de un contable revisando cifras que no cuadran.

—Una relación tan repentina —comentó, con el tono ligero de quien lanza un anzuelo—. Ashford Dynamics ha estado muy discreto respecto a usted, señorita Bennett.

—Prefiero mi horno a las cámaras —respondió Claire, y notó cómo la mano de Nate, en su espalda, presionaba levemente, una advertencia silenciosa o quizás un aplauso.

—Qué encantador —dijo Victor, sin que la palabra sonara como un cumplido.

Gerald cambió de tema hacia la fusión, hacia cifras y proyecciones, y por diez minutos Claire se convirtió en decoración elegante mientras los hombres hablaban de dinero con la fluidez de quien nunca ha tenido que elegir entre pagar la luz o la harina.

Fue entonces, en medio de esa conversación que no le concernía, cuando ocurrió el momento que después no podría explicar del todo.

Un camarero, cargado con una bandeja de copas de champán, tropezó a pocos pasos de ellos.

No pasó nada grave —ni una copa cayó, ni una gota se derramó—, pero el hombre soltó un grito ahogado tan desproporcionado al peligro real que, por una fracción de segundo, todo el grupo se giró alarmado.

Y entonces Nate, con la voz más grave y seria de la que Claire lo había oído usar en toda la noche, dijo:

—Bueno. Ahí se fue el mejor momento de la fiesta.

El comentario no tenía ninguna gracia particular.

Pero algo en el tono, en la seriedad fingida, en el absurdo contraste con la reacción exagerada del camarero, hizo que Claire estallara en una carcajada que no pudo contener, la clase de risa que le doblaba el cuerpo y le hacía apoyarse en el brazo de Nate para no perder el equilibrio sobre los tacones.

Y Nate, viéndola reír así, perdió también el control por un instante: una risa auténtica, breve pero completa, que le transformó la cara de un modo que Claire no le había visto nunca, ni en las sesiones de práctica, ni en los ensayos de gestos frente al espejo del ático.

Durante tres, quizás cuatro segundos, ninguno de los dos actuó nada. Simplemente rieron, juntos, de algo estúpido y sin importancia, con la naturalidad de dos personas que se conocían desde hacía años y no desde hacía semanas contractuales.

El silencio que siguió fue lo que delató el momento. Gerald los observaba con una ceja levantada, calculando algo detrás de sus ojos grises. Natalie sonreía con una ternura genuina, casi nostálgica. Y Victor Hale había dejado de sonreír por completo.

—Encantador —repitió, esta vez sin la ironía anterior, sino con algo más frío, más atento.

Claire sintió que el corazón le latía con fuerza por una razón que ya no tenía nada que ver con los nervios de la actuación.

Gerald se acercó a Nate un rato después, mientras Claire hablaba —o más bien escuchaba, fascinada a su pesar— a Natalie explicarle la diferencia entre tres tipos de champán que a Claire le sabían exactamente igual.

—Es refrescante —le dijo Gerald a su hijo, en voz baja, mientras observaba a Claire desde el otro lado del salón—. No sé si es prudente. Pero es refrescante.

—¿Eso es aprobación?

—Es una observación —respondió Gerald, sin comprometerse a nada más—. Sigue siendo pronto, Nathaniel. No lo olvides.

La frase quedó flotando entre ambos como una amenaza cortésmente disfrazada de consejo paternal, y Nate no respondió.

Cuando Claire regresó a su lado unos minutos después, notó el cambio: la sonrisa de Nate había vuelto a ser la de antes, la practicada, la de escaparate.

La risa de hacía un rato parecía haber pertenecido a otra fiesta, a otra noche, a otras dos personas.

Salieron pasada la medianoche, cuando la mayoría de los invitados ya habían empezado a irse y la orquesta tocaba una versión lánguida de algo que Claire no reconoció.

El aire nocturno de Meridian City, frío y cargado de humedad, le sentó como un despertar después de horas bajo la luz artificial del salón.

Nate le puso su chaqueta sobre los hombros sin preguntar, un gesto tan automático que ninguno de los dos lo comentó, aunque ambos lo sintieron: no era parte del guion.

Nadie los observaba ya. No había cámaras, ni Gerald, ni Victor Hale calculando distancias entre sus cuerpos.

Solo la acera vacía frente al hotel, el vaho de su respiración en el aire frío, y el coche que aún no había llegado.

—Ha ido bien —dijo Nate, mirando hacia la calle en lugar de mirarla a ella.

—Mejor que bien. Tu padre casi sonrió. Estoy segura de que eso cuenta como un milagro bíblico en tu familia.

—No te acostumbres. Es la versión más generosa de sí mismo que vas a ver en mucho tiempo.

Claire se ciñó la chaqueta de él sobre los hombros, buscando algo que decir que no sonara ni demasiado ligero ni demasiado real.

—Lo de la risa —dijo finalmente, porque el silencio empezaba a pesar más que las palabras—. Con el camarero. Eso no estaba en el guion.

—No —admitió Nate, y por primera vez en toda la noche pareció genuinamente incómodo, como si estuviera confesando algo mucho más grave que una broma sobre champán derramado—. No estaba.

—Fue... —Claire buscó la palabra correcta y no la encontró, o la encontró y decidió no decirla en voz alta—. Fue raro.

—¿Raro malo o raro…?

—No lo sé todavía. Ese es el problema.

Nate la miró entonces, de verdad, sin la máscara de la fiesta, sin el ángulo calculado para las cámaras que ya no estaban.

Había algo desnudo en su expresión, algo que Claire reconoció porque probablemente ella tenía la misma cara: la de alguien a quien se le ha roto, sin querer, un plan cuidadosamente construido.

—Se supone que esto es fácil —dijo él, casi para sí mismo—. Sonreír, hablar, aguantar seis semanas y listo. No se supone que sea…

—¿Fácil de verdad? —completó Claire—. ¿En lugar de fácil de fingir?

Nate no respondió, pero el silencio fue respuesta suficiente.

El coche llegó entonces, sus faros barriendo la acera, y el momento se deshizo tan rápido como se había formado.

Nate le abrió la puerta con la cortesía automática de siempre, pero cuando Claire pasó junto a él para entrar, la mano de él encontró la suya, apenas un roce, apenas nada, y sin embargo se quedó ahí un segundo de más. Dos segundos. Tres.

—Buenas noches, Claire.

—Buenas noches, Nate.

Ninguno de los dos se movió de inmediato.

Los dedos de Nate seguían rozando los suyos, cálidos contra el frío de la noche, y Claire sintió que todo su cuerpo se inclinaba, apenas, hacia él, como si una fuerza más antigua que la razón estuviera reescribiendo las reglas del contrato sin pedirle permiso a ninguno de los dos.

Entonces él retiró la mano. Demasiado tarde para que pareciera un gesto casual, demasiado rápido para que pareciera cualquier otra cosa.

—Descansa —murmuró, dando un paso atrás.

Claire subió al coche sin decir nada más, porque no confiaba en su propia voz.

Por el espejo retrovisor, mientras el coche se alejaba, vio a Nate quedarse de pie en la acera, las manos otra vez en los bolsillos, mirando el lugar exacto donde ella había estado un momento antes, como si todavía pudiera sentir el peso de esos tres segundos entre los dedos.