La falsa novia del CEO CAPÍTULO 5
15%

CAPÍTULO 5

Las Reglas Del Juego

La carpeta llegó antes que cualquier saludo.

—Nuestra historia —dijo la mujer que la deslizó sobre la mesa de cristal, con una sonrisa tan pulida que parecía parte del uniforme.

Claire la miró como si le hubieran puesto delante un contrato de matrimonio con letra pequeña. En cierto modo, lo era. En la tapa, en una tipografía elegante que sin duda alguien había pagado para elegir, se leía: Our Story . Debajo, más pequeño: Confidencial — Uso interno .

—¿Tiene título y todo? —preguntó, sin tocarla.

—Todo necesita un título, señorita Bennett. Así es más fácil de recordar.

La mujer se llamaba Danielle Reyes, directora de comunicaciones de Ashford Dynamics, y llevaba un traje del color exacto del cielo antes de una tormenta.

Se había presentado con un apretón de manos firme y una tableta bajo el brazo, y en los primeros treinta segundos había dejado claro que aquella reunión —lujosa sala privada en el piso cuarenta y dos de la Torre Ashford, sofás de cuero color hueso, una vista de la ciudad que parecía sacada de una postal cara— no era una charla informal. Era una sesión de entrenamiento.

Claire abrió la carpeta.

Fotos suyas —tomadas sin que se diera cuenta, notó con un escalofrío incómodo— junto a un resumen biográfico tan pulcro que apenas la reconoció en él.

Claire Elizabeth Bennett, 29 años. Propietaria de la panadería familiar Rivermill.

Conoció a Nathaniel Ashford hace ocho meses en una recaudación de fondos benéfica.

—Eso no pasó —dijo ella, alzando la vista.

—Ahora sí —respondió Nate.

Estaba de pie junto a la ventana, no sentado como los demás, con las manos en los bolsillos del pantalón y esa forma suya de ocupar el espacio como si el espacio le debiera algo.

Llevaba el mismo tipo de traje oscuro y sin arrugas que Claire ya empezaba a asociar con él, como si tuviera un armario entero clonado del mismo original.

No la había mirado directamente desde que ella entró.

—Ocho meses —repitió Claire—. ¿Y en qué universo nos conocimos en una gala benéfica? Yo vendo pan de masa madre a las seis de la mañana. No piso galas.

—Ahora sí —dijo Nate otra vez, con la misma inflexión exacta, como una grabación.

—¿Es lo único que sabe decir?

Danielle carraspeó, el tipo de carraspeo que llevaba años de práctica en salas donde dos personas poderosas empezaban a mostrar los dientes.

—Es una narrativa de origen simple y verificable —explicó, deslizando el dedo por la tableta—.

La gala existió. Hay fotos del evento. Nadie va a comprobar si estaban en la misma sala a la misma hora exacta; solo necesitamos que la historia aguante una pregunta casual de un periodista, no una investigación forense.

—Qué reconfortante.

—Señorita Bennett, entiendo que esto le resulte...

—Ridículo. La palabra es ridículo.

Nate se giró, por fin, con esa mirada gris que Claire ya había empezado a catalogar mentalmente en distintos grados de frialdad. Este era el grado tres: paciencia calculada, la de alguien acostumbrado a que la gente aprendiera a callarse antes de que él tuviera que pedirlo.

—Es necesario —dijo—. Necesitamos que la historia sea simple porque cuanto más simple, menos grietas tiene. Y menos grietas significa menos preguntas. Y menos preguntas significa que usted puede volver a su panadería sin que un fotógrafo la persiga hasta la puerta del horno.

—O sea que la ridiculez es para protegerme.

—La ridiculez es para protegernos a los dos.

Claire sostuvo su mirada más tiempo del que probablemente era prudente. Había algo en él que la irritaba de una forma extrañamente satisfactoria, como rascar una picadura: sabía que no debía, y lo hacía de todos modos.

—Bien —dijo, y volvió a la carpeta—. ¿Qué más contiene mi vida falsa?

Danielle retomó el ritmo con evidente alivio, pasando páginas: horarios de apariciones públicas, una lista de temas seguros de conversación (el clima, la panadería, obras benéficas, nunca política, nunca finanzas de la empresa), un apartado entero dedicado al lenguaje corporal.

—Contacto visual sostenido cuando hablen en público —leyó Danielle—. Contacto físico mínimo pero consistente: una mano en la espalda baja, entrelazar los dedos al caminar. Nada que sugiera... urgencia.

—¿Urgencia? —Claire no pudo evitar una risa breve, seca—. ¿Es un eufemismo?

—Es una instrucción profesional.

—Nate —Claire se sorprendió de lo natural que sonó usar su nombre de pila, como si ya llevaran meses ensayando esto—, ¿tú lees esto y no te parece que estamos coreografiando una mentira como si fuera un musical de Broadway?

—Me parece que estamos gestionando un riesgo —respondió él, sin alterarse—. Y los riesgos gestionados mal cuestan más caro que la incomodidad de un guion.

—La gente no funciona con guiones.

—La gente que no tiene nada que perder, no. Nosotros sí.

Aquello la detuvo un segundo. Había una verdad ahí, incómoda y afilada, que Claire reconoció aunque no quisiera.

Ella tenía la panadería. Él tenía... lo que fuera que un hombre como Nathaniel Ashford tuviera que perder.

Una empresa. Un apellido. Un padre que, por lo que Claire había entendido en la reunión anterior, sostenía las riendas con más fuerza de la que cualquier hijo adulto debería tolerar.

—Está bien —dijo, cerrando la carpeta con más suavidad de la que pretendía—. Entonces enséñame las reglas del juego. Todas. No las que suenan bien en una presentación. Las reales.

Danielle miró a Nate, como pidiendo permiso. Él asintió, casi imperceptible.

—Regla uno —dijo Nate, acercándose por fin a la mesa, apoyando ambas manos sobre el borde de cristal—. Nunca contradecirnos en público. Si yo digo que fuimos a cenar el martes, fuimos a cenar el martes, aunque usted esté segura de que fue el miércoles.

—¿Y si me preguntan por un detalle que no conozco?

—Redirige. Sonríe. Cambia de tema con gracia. Danielle le dará ejemplos.

—Regla dos —continuó él, sin pausa—: todo mensaje, toda llamada, toda aparición pasa primero por Danielle. No hablamos con la prensa sin preparación previa.

—¿Y si alguien me pregunta algo en la calle, sin previo aviso? ¿Tengo que llamar a Danielle antes de responder si me gusta el café con leche?

—Si la pregunta tiene que ver con nosotros, sí.

—Eso es absurdo.

—Eso es control de daños.

—Eso —Claire se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa— es usted queriendo dirigir cada palabra que sale de mi boca como si yo fuera un comunicado de prensa con piernas.

Por un instante, algo cruzó el rostro de Nate que no era exactamente irritación. Casi divertido. Casi.

—Prefiero pensar en usted como una variable que necesito poder predecir.

—Qué halagador.

—No pretendía halagarla.

—Ya lo sé. Por eso es aún peor.

Danielle, entre los dos, había dejado de fingir que leía la tableta y observaba el intercambio con la expresión de alguien que ve un partido de tenis del que no puede apartar los ojos.

—Regla tres —dijo Nate, ignorando el comentario, aunque Claire pudo jurar que la comisura de su boca se había movido un milímetro—. En cualquier evento, usted permanece a mi lado salvo que yo indique lo contrario.

—¿Indique? ¿Con palabras, o tengo que aprender un código de señales de mano?

—Con palabras, señorita Bennett.

—Menos mal. Empezaba a preocuparme tener que memorizar semáforos.

Esta vez la sonrisa de Nate llegó a asomarse de verdad, apenas, antes de que él pareciera darse cuenta y la borrara con la misma disciplina con la que probablemente cerraba reuniones de junta directiva.

Claire lo notó, y algo en su pecho —algo que decidió ignorar de inmediato— se sintió absurdamente satisfecho de haberlo provocado.

—¿Puedo preguntar algo? —dijo ella, cambiando el tono, más serio.

—Adelante.

—¿Por qué necesita tanto control? No hablo del contrato. Hablo de esto. —Señaló la carpeta, la tableta, la sala entera—. Podría simplemente confiar en que yo no voy a arruinarle la vida en una entrevista casual. Contraté... —se corrigió— firmé un contrato. Entiendo las apuestas.

Nate tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz había perdido ese filo profesional, aunque solo un poco.

—Porque la última vez que dejé algo en manos de la improvisación —dijo—, costó mucho más de lo que estaba dispuesto a pagar.

No dio detalles. Claire no los pidió, aunque la curiosidad le raspó la garganta como una miga de pan seco. Había algo ahí, debajo de la superficie pulida, que no tenía nada que ver con fusiones ni con juntas directivas. Se hizo una nota mental: volver a esto más tarde .

—Está bien —dijo en cambio—. Control. Entendido. Pero le advierto una cosa, señor Ashford.

—¿Cuál?

—Yo no miento bien. Nunca lo he hecho. Si me pide que sonría cuando no tengo ganas, se me va a notar. Si me pide que finja que usted me hace reír con un chiste malo, la gente va a saber que es mentira antes de que termine la frase.

—Entonces no finja.

Claire parpadeó.

—¿Perdón?

—No finja la risa. Provóquela.

—¿Está pidiéndome que le haga reír de verdad? ¿Al Nathaniel Ashford del que todo el mundo dice que tiene una sonrisa reservada para las juntas de accionistas?

—Estoy diciendo que una mentira mal actuada es peor que ninguna mentira. Si va a fingir, hágalo bien. Y usted, señorita Bennett, no parece de las que fingen bien nada.

—Eso podría sonar a insulto.

—Es un cumplido, en el contexto correcto.

—Qué contexto tan extraño el suyo.

Danielle, por fin, decidió intervenir, quizá temiendo que la reunión se desviara por completo de su itinerario.

—Si me permiten —dijo, deslizando otra página—, hay un evento en tres semanas. Una cena de la Cámara de Comercio. Será su primera aparición pública juntos. Necesitamos ensayar la entrada, el saludo, la...

—¿Ensayar cómo entramos por una puerta? —Claire no pudo contenerse—. ¿Eso también tiene guion?

—Todo tiene guion —dijo Nate, sin ironía.

—Dios. Es peor de lo que pensaba.

—¿Esperaba que fuera mejor?

—Esperaba que fuera... —Claire buscó la palabra— humano. Pensé que al menos habría algo de espontaneidad en fingir una relación. Resulta que hasta la mentira viene con manual de instrucciones.

—La espontaneidad es un lujo que no podemos permitirnos.

—Todo con usted es una cuestión de lo que se puede o no permitirse.

—Es lo que pasa cuando uno dirige una empresa de once mil empleados, señorita Bennett. Uno aprende a valorar los lujos correctamente.

Claire se recostó en el sofá, cruzando los brazos, estudiándolo.

Había algo casi cómico en la seriedad con la que Nate defendía cada regla, cada cláusula invisible de aquel teatro absurdo que estaban a punto de montar.

Y sin embargo, debajo de la irritación —genuina, no fingida—, Claire sintió que empezaba a asomarse otra cosa: curiosidad.

La clase de curiosidad que no debería sentir por un hombre que la trataba como una variable de riesgo.

—A ver si lo entiendo —dijo, con un tono deliberadamente ligero—. Puedo elegir mi propio esmalte de uñas, ¿o eso también necesita aprobación de comunicaciones?

Danielle abrió la boca, quizá para responder en serio, pero Nate se le adelantó.

—Elija el color que quiera. Confío en su buen juicio con los esmaltes.

—Qué generoso.

—Intento serlo, en las áreas donde el riesgo es bajo.

—¿El riesgo de mi esmalte de uñas es bajo?

—Extremadamente.

—Vaya. Por fin algo en lo que confía en mí sin condiciones.

Esta vez la mirada de Nate se sostuvo un instante de más. No fue el grado tres de frialdad calculada. Fue algo distinto, más difícil de nombrar, y Claire sintió que el aire de la sala privada —tan cuidadosamente climatizado, tan perfectamente neutro— se volvía, por un segundo, incómodamente cálido.

Danielle cerró la tableta con un chasquido que sonó más fuerte de lo necesario.

—Creo que por hoy tenemos suficiente material —dijo, poniéndose de pie con una eficiencia que sugería que llevaba practicando esa salida tanto como el resto del guion—.

Les enviaré el documento completo por correo.

Señor Ashford, ¿tiene un minuto para revisar el itinerario de la cena antes de que me vaya?

Nate asintió, y Danielle se alejó hacia la puerta de cristal, dejando tras de sí ese silencio particular que se instala cuando una tercera persona sale de una habitación y dos personas que apenas se toleran se quedan, de pronto, demasiado solas.

Claire se levantó también, recogiendo su abrigo del respaldo del sofá. Se detuvo, sin embargo, antes de dirigirse a la puerta.

—Puedo hacerlo, ¿sabe? —dijo, sin mirarlo del todo—. El teatro. Las reglas. Todo esto. No necesita preocuparse de que vaya a arruinarle el plan por accidente.

—No estaba preocupado por eso.

—¿No?

—No —dijo Nate, y por primera vez en toda la reunión sonó menos como un ejecutivo y más como un hombre cansado que llevaba mucho tiempo cargando algo solo—. Estaba preocupado de que se arrepintiera de haber firmado.

Claire lo miró, sorprendida por la honestidad repentina, tan fuera de lugar en aquella sala de cristal y protocolos.

—Ya es un poco tarde para eso —dijo, con media sonrisa—. El contrato ya tiene mi firma.

—Aun así.

Hubo un silencio breve, distinto a los anteriores. No tenso. Solo... suspendido.

—Buenas noches, señor Ashford —dijo ella finalmente, dirigiéndose hacia la puerta.

—Claire.

Se detuvo, la mano ya sobre el marco de cristal. Era la primera vez que él usaba su nombre de pila sin ironía, sin la distancia calculada del "señorita Bennett".

—¿Sí?

Nate no dijo nada de inmediato. La observó como si estuviera decidiendo si valía la pena decir en voz alta lo que fuera que estuviera pensando.

Cuando por fin habló, su voz sonó más baja, casi involuntaria, como si las palabras se le hubieran escapado antes de que su disciplina habitual pudiera detenerlas.

—Me alegra que dijera que sí.

Claire sintió que el comentario le atravesaba el pecho de una forma que no tenía derecho a atravesarla, no en la primera semana, no con un hombre que acababa de pasar una hora entera enseñándole cómo mentir correctamente.

—¿Al contrato, o a mí? —preguntó, con una ceja alzada, intentando recuperar el terreno familiar del sarcasmo.

Nate no respondió. Se limitó a mirarla, con esa expresión que ella todavía no sabía leer del todo, y Claire salió de la sala privada sin obtener respuesta, con la extraña sensación de que, por primera vez desde que había firmado aquel contrato absurdo, no estaba del todo segura de qué papel estaba interpretando.