La falsa novia del CEO CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La Firma Del Contrato

El sobre llevaba el sello del banco, y Claire supo lo que decía antes de abrirlo.

Lo reconoció por el peso, por ese papel más grueso que usaban solo para las malas noticias, como si quisieran que el golpe se sintiera también en los dedos.

Lo dejó sobre el mostrador de la panadería, junto a la caja registradora, y durante un instante se permitió no mirarlo.

Detrás de ella, el horno seguía encendido, y el aroma a pan de centeno recién salido llenaba la tienda con una normalidad que ya no le pertenecía del todo.

—¿Vas a abrirlo o vas a dejar que te mire fijamente toda la mañana? —preguntó Priya desde la mesa junto a la ventana, donde fingía revisar su teléfono sin dejar de observarla.

Claire no respondió. Pasó el pulgar bajo la solapa y rompió el sello.

No necesitó leer más de dos líneas. Aviso final.

Procedimiento de ejecución hipotecaria. Las palabras estaban ahí, impresas en una tipografía fría y burocrática, como si la panadería de su madre —el olor a mantequilla, las manos agrietadas de tanto amasar, veintitrés años de clientes que la llamaban por su nombre— pudiera resumirse en un número de expediente.

Tres semanas. Tenía tres semanas antes de que el banco iniciara el proceso.

—Claire.

La voz de Priya llegó desde muy lejos. Claire dejó la carta sobre el mostrador, boca abajo, como si eso pudiera cambiar lo que decía.

—Tres semanas —dijo, y su propia voz le sonó extraña, demasiado tranquila para lo que sentía por dentro.

Priya se levantó tan rápido que la silla chirrió contra el suelo de madera.

—¿Tres semanas para qué? ¿Para pagar todo lo atrasado?

—Para perderlo todo.

El silencio que siguió tenía el peso de algo que ya no podía negociarse con optimismo.

Claire había pasado los últimos ocho meses haciendo malabares con números que nunca cuadraban, aplazando pagos, vendiendo la vieja vitrina de su abuela, reduciendo el personal hasta quedarse sola detrás del mostrador la mayoría de las tardes.

Se había dicho a sí misma que si trabajaba lo suficiente, si se negaba lo suficiente, el problema terminaría por resolverse solo.

Los problemas no se resolvían solos. Su madre se lo había dicho una y otra vez, y Claire nunca la había escuchado del todo hasta ahora, con la carta bocabajo sobre el mostrador y las manos frías a pesar del calor del horno.

—Hay una opción —dijo Priya, con cautela, como quien camina sobre hielo que ya sabe que no va a aguantar.

Claire cerró los ojos.

—No.

—Ni siquiera he dicho—

—Sé exactamente lo que ibas a decir. —Abrió los ojos y miró a su amiga—. Y la respuesta sigue siendo no.

Pero incluso mientras lo decía, la palabra ya no sonaba tan firme como la primera vez que la había pronunciado, tres semanas atrás, cuando Nathaniel Ashford se había presentado en su panadería —con ese traje que costaba probablemente más que el alquiler mensual del local— y le había ofrecido, sin el menor asomo de vergüenza, pagarle una suma obscena de dinero por fingir ser su novia durante seis semanas.

Ni siquiera sonaba tan firme como la segunda vez, cuando él había vuelto, más insistente, explicándole con esa calma exasperante de ejecutivo acostumbrado a que las cosas salieran como él las planeaba que ella era, por razones que no quiso detallar entonces, exactamente lo que necesitaba: alguien convincente, alguien de fuera de su círculo, alguien que no tuviera ningún interés real en quedarse.

Claire había pensado, las dos veces, que jamás estaría tan desesperada.

Miró la carta sobre el mostrador.

Aparentemente, se había equivocado.

—Odio que tengas razón —le dijo a Priya, aunque Priya no había dicho nada todavía.

—Siempre la tengo. Es agotador, lo sé.

Claire soltó una risa breve, sin humor, que se quebró antes de terminar. Se llevó las manos a la cara, presionó los dedos contra los párpados cerrados, y por un momento solo existió el calor del horno, el olor a pan, y el zumbido lejano del tráfico en la calle Rivermill.

Pensó en su madre detrás de ese mismo mostrador, con harina hasta los codos, diciéndole que un negocio no se salva solo con amor, pero que tampoco se salva sin él.

Pensó en las dos veces que le había dicho que no a Nathaniel Ashford, convencida de que había una línea que no pensaba cruzar nunca más: la de deberle algo a un hombre con más dinero del que ella vería en toda su vida.

Ya había cruzado esa línea una vez. Recordaba con precisión insoportable cómo había terminado.

Pero esto no era eso. Se dijo que no era eso. Esto era un contrato, papel y tinta, términos claros, una salida definida. No promesas susurradas en la oscuridad que luego se deshacían en cuanto aparecía alguien con más apellido y más fondos fiduciarios.

Tomó el teléfono antes de poder convencerse de lo contrario.

Nate contestó al segundo tono, como si hubiera estado esperando la llamada durante tres semanas —cosa que, sospechó Claire con una punzada de irritación, probablemente era cierta.

—Ashford.

—Soy Claire Bennett.

Una pausa breve al otro lado. Cuando volvió a hablar, había algo distinto en su voz, algo que no era exactamente sorpresa, pero tampoco la indiferencia calculada que ella recordaba de sus dos encuentros anteriores.

—Señorita Bennett. No esperaba…

—No me lo pongas más difícil de lo que ya es —lo cortó ella, con la vista fija en la carta del banco—. Acepto.

Silencio. Claire casi pudo verlo, sentado en algún despacho con vistas panorámicas a una ciudad que nunca lo tocaba de verdad, recomponiendo la expresión de su rostro antes de responder.

—Bien —dijo él, finalmente, y en esa única palabra no había triunfo, ni siquiera alivio evidente, solo la eficiencia contenida de un hombre acostumbrado a cerrar tratos—. Mi abogado preparará los documentos. ¿Puedes venir mañana a las nueve?

—Ahí estaré.

Cortó la llamada antes de que él pudiera decir nada más, antes de que la voz calmada y ligeramente arrogante de Nathaniel Ashford pudiera hacerle dudar de lo que acababa de hacer.

Priya la observaba desde la mesa, con una expresión que era, al mismo tiempo, preocupación y algo parecido al orgullo.

—¿Estás seudi bien?

—No —dijo Claire, honesta por primera vez en toda la mañana—. Pero mañana la panadería seguirá teniendo mi nombre en la puerta. Eso es lo único que importa ahora mismo.

La sala de conferencias en la planta cuarenta y dos de Ashford Tower no se parecía a nada que Claire hubiera pisado antes.

Todo era vidrio y acero pulido, superficies tan limpias que parecían no haber sido tocadas nunca por manos humanas, y una vista de Meridian City que se extendía tan lejos que la hacía sentir diminuta, como si la ciudad entera perteneciera a otra categoría de existencia a la que ella no tenía acceso.

Nate la esperaba de pie junto a la ventana cuando la asistente la hizo pasar, y algo en su postura —los hombros demasiado rectos, las manos entrelazadas a la espalda— le recordó a Claire un hombre que se prepara para una negociación, no para un reencuentro.

—Señorita Bennett —dijo, y le tendió la mano con una formalidad que resultaba casi cómica dado lo que estaban a punto de hacer—. Gracias por venir.

Ella le estrechó la mano brevemente. Su palma estaba seca, firme, profesional. Nada en ese apretón de manos sugería que en las próximas seis semanas fingirían estar enamorados frente a media ciudad.

—No es que tuviera muchas más opciones —respondió ella, y vio algo cruzar brevemente el rostro de Nate, algo que podría haber sido incomodidad, o quizás solo la incomodidad de que se lo recordaran en voz alta.

—Este es Marcus Whitfield, nuestro consejero legal —dijo Nate, señalando al hombre de traje gris que se había levantado de la mesa larga de conferencias—. Él redactó el acuerdo.

El abogado le entregó una carpeta encuadernada en piel, gruesa como si contuviera algo mucho más importante que un montaje entre dos desconocidos.

—Señorita Bennett, antes de proceder a la firma, es mi obligación repasar con usted las cláusulas principales del contrato. Tómese el tiempo que necesite para las preguntas.

Claire se sentó, la carpeta abierta frente a ella, y trató de que sus manos no temblaran mientras pasaba las primeras páginas.

El lenguaje era denso, cuajado de términos legales que exigían una segunda lectura, pero las cifras destacaban con una claridad brutal: la cantidad que recibiría al final de las seis semanas —más que suficiente para saldar la deuda del banco y respirar por primera vez en meses— y los pagos parciales programados cada dos semanas, como una especie de salario por interpretar un papel que nunca había ensayado.

—Duración del acuerdo: seis semanas, a partir de la fecha de firma —recitó Whitfield, con la cadencia neutra de quien ha leído la misma cláusula cientos de veces—.

Durante este período, ambas partes se comprometen a mantener la apariencia pública de una relación sentimental en los eventos, apariciones y compromisos que el señor Ashford designe como necesarios para los fines establecidos en el preámbulo.

Claire no preguntó cuáles eran esos fines. Ya lo sabía, en términos generales: algo relacionado con la empresa, con la imagen, con mantener contento a alguien que Nate no había querido nombrar del todo. No era asunto suyo, se recordó. Ella estaba ahí por el dinero. Solo por el dinero.

—Confidencialidad —continuó el abogado, pasando a la siguiente página—. Ninguna de las partes revelará la naturaleza contractual del acuerdo a terceros, salvo excepciones específicamente autorizadas por escrito.

—¿Y si alguien pregunta directamente? —quiso saber Claire.

—Entonces mentirán con mucha convicción —dijo Nate, desde el otro extremo de la mesa, y por primera vez desde que había entrado en la sala, algo parecido a una sonrisa tiró de la comisura de su boca. Se desvaneció tan rápido como había aparecido.

Whitfield siguió leyendo, cláusula tras cláusula, y Claire escuchaba con esa atención tensa de quien firma algo que no comprende del todo, pero que ya ha decidido firmar de todas formas.

Términos de terminación anticipada. Condiciones de incumplimiento.

Una cifra de penalización si alguna de las partes rompía el acuerdo sin causa justificada antes de las seis semanas.

—Y finalmente —dijo Whitfield, pasando a una de las últimas páginas con la misma inflexión monótona que había usado para todo lo demás—, la cláusula de terminación automática.

El presente acuerdo quedará nulo y sin efecto de inmediato si cualquiera de las partes reconoce, verbalmente o por escrito, que sus sentimientos hacia la otra parte han dejado de ser fingidos y se han vuelto genuinos.

La sola existencia de dichos sentimientos no invalida el contrato; únicamente su reconocimiento consciente y expreso por cualquiera de las partes produce la terminación automática del mismo.

Claire levantó la vista, casi esperando que alguien se riera, que quedara claro que aquello era una broma incluida por algún pasante con sentido del humor.

Pero el abogado ya pasaba a la siguiente cláusula, sobre gastos de representación, con la misma cadencia aburrida, como si acabara de leer una disposición sobre horarios de facturación.

Miró a Nate. Él tenía la vista fija en algún punto de la mesa, la mandíbula ligeramente tensa, y por un instante —tan breve que después Claire dudaría de haberlo visto siquiera— algo cruzó su expresión que no era indiferencia.

Después desapareció, y Nate volvió a ser el hombre de la fotografía corporativa: controlado, impenetrable, exactamente el tipo de persona con quien ella había jurado no volver a involucrarse jamás.

—¿Alguna pregunta sobre esa cláusula en particular? —preguntó Whitfield.

—No —dijo Claire, quizás demasiado rápido.

—No —repitió Nate, en el mismo tono, casi al mismo tiempo.

Whitfield asintió, sin darle a la coincidencia más importancia de la que aparentemente merecía, y continuó con los últimos párrafos del documento: disposiciones estándar sobre jurisdicción, sobre modificaciones futuras, sobre la manera en que se resolvería cualquier disputa.

Claire dejó que las palabras pasaran por encima de ella como agua sobre piedra, sin dejar huella, porque la única cláusula que se había quedado grabada, absurdamente nítida, era esa: sentimientos genuinos… reconocimiento consciente y expreso.

Era ridículo. Era, sin duda, la cláusula más innecesaria de todo el documento, porque nada de lo que estaba a punto de firmar tenía la más remota posibilidad de convertirse en algo real.

Ella necesitaba el dinero. Él necesitaba una actuación convincente.

Ambos lo sabían, ambos lo habían dicho en voz alta, y ninguno de los dos era tan ingenuo como para confundir un beso ensayado con algo que mereciera ese nombre.

Y sin embargo, cuando Whitfield deslizó el bolígrafo hacia ella y le señaló la línea al final del documento, Claire sintió algo que no supo nombrar del todo: no eran solo nervios por el dinero, ni el alivio distante de saber que la panadería de su madre seguiría en pie una temporada más.

Era algo más parecido a asomarse al borde de un precipicio sin saber con certeza qué había al fondo.

Miró a Nate una última vez antes de firmar. Él la observaba con una expresión que intentaba, sin éxito del todo, parecer neutra.

—¿Lista? —preguntó él, en voz baja, casi como si la pregunta fuera solo para ella y no para el abogado que esperaba junto a la mesa.

—No —admitió Claire—. Pero voy a hacerlo de todas formas.

Firmó su nombre debajo del de él, con una letra más firme de lo que sentía por dentro, y en el instante en que la tinta se secó sobre el papel, supo, con una certeza fría que no podía explicar del todo, que acababa de entrar en algo mucho más grande de lo que el contrato en su carpeta de piel podía contener.