CAPÍTULO 3
La Torre Ashford
El despacho de Nathaniel Ashford ocupaba la esquina más alta del piso cuarenta, donde el cristal dejaba de ser una pared y se convertía en un límite entre él y la ciudad entera. Gerald Ashford no se sentó cuando entró. Nunca se sentaba cuando quería que una conversación pareciera breve.
—La junta se reúne el jueves —dijo, sin preámbulo, dejando una carpeta sobre el escritorio con la precisión de quien coloca una pieza de ajedrez—. Hale Holdings quiere garantías, no promesas.
—Les he dado un plan de expansión sólido. —Nate no levantó la vista de la pantalla, aunque llevaba minutos sin leer una sola línea—. Los números hablan solos.
—Los números no calientan una sala de juntas cuando todos preguntan por qué el hijo de Eleanor Ashford sigue soltero a los treinta y cuatro.
—Gerald pronunció el nombre de su difunta esposa como quien usa una llave que sabe que abrirá la puerta—.
Victor Hale no invierte en inestabilidad, Nathaniel.
Invierte en continuidad. Una familia. Un apellido junto al suyo.
—Natalie no quiere esto más que yo. —La calma en la voz de Nate era una calma entrenada, no sentida—. Se lo he oído decir.
—Lo que Natalie quiera es asunto de Victor, no mío.
—Gerald se acercó a la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda, mirando la ciudad como si fuera un balance de cuentas—.
Tu madre construyó esta empresa desde una oficina de dos habitaciones y un préstamo que nadie quiso darle.
No la voy a ver desmoronarse por tu terquedad sentimental.
Ahí estaba: la carta que Gerald siempre guardaba para el final, la única que nunca fallaba en encontrar el hueco exacto en la armadura de Nate.
—No es terquedad. —Nate cerró el portátil, más para tener algo que hacer con las manos que porque hubiera terminado—. Es que no pienso comprar la estabilidad de la empresa con mi vida entera.
—Entonces cómprala con otra cosa. —Gerald se giró, y por un instante, algo parecido a la fatiga cruzó su rostro antes de que la máscara de negociador volviera a su lugar—.
Pero cómprala pronto. Tienes hasta el evento de otoño de los Hale para presentar algo creíble, Nathaniel.
Una relación. Un compromiso. Algo que no pueda deshacerse en un titular.
Si no, la junta buscará quien sí pueda dárselo, y no serás tú quien decida los términos.
Salió sin esperar respuesta, como salía siempre, dejando la amenaza suspendida en el aire igual que el perfume frío de su colonia.
Nate se quedó solo con la carpeta cerrada sobre el escritorio y la ciudad extendida más allá del cristal, indiferente a todo lo que se decidía detrás de él.
Pensó en su madre, en la fotografía que aún guardaba en el cajón de abajo —Eleanor Ashford con un traje prestado y una sonrisa que no pedía permiso a nadie— y en cómo ella jamás había construido nada pidiéndole permiso al miedo de otra persona.
Después pensó en Claire Bennett. En su manera de cruzarse de brazos como si fuera una pared que no pensaba negociar. En cómo, dos noches atrás, le había dicho que no sin un solo segundo de duda.
Tal vez esa era exactamente la razón por la que tenía que volver a intentarlo.
Rivermill Bakery olía a canela y a masa recién horneada incluso a esa hora, cuando ya solo quedaba una luz encendida sobre el mostrador y las sillas volteadas sobre las mesas como una fila de manos rezando.
Claire estaba pasando un trapo por la vitrina vacía, más por costumbre que por necesidad, cuando la campanilla de la puerta sonó.
No necesitó levantar la vista para saber quién era. Ese tipo de silencio —ese peso repentino en el aire, como si el ambiente se acomodara para recibir a alguien acostumbrado a que todo se acomodara para él— solo lo traía una persona.
—Ya cerramos —dijo, sin dejar de limpiar.
—Lo sé. —Nate no se acercó al mostrador. Se quedó cerca de la puerta, como si entendiera que cruzar esa línea sin permiso sería un error—. No vengo a comprar pan.
—Vienes a que te vuelva a decir que no. —Claire finalmente lo miró.
Llevaba el mismo traje impecable de siempre, pero algo en su postura estaba distinto: los hombros un poco más bajos, la mandíbula un poco menos rígida.
Como si algo lo hubiera desgastado desde la última vez—.
Ahorra saliva. La respuesta sigue siendo la misma.
—Puede. —Se pasó una mano por la nuca, un gesto tan poco propio de él que Claire casi bajó el trapo—. Pero la última vez no te di toda la historia. Y creo que mereces oírla antes de decidir que no otra vez.
Claire dejó el trapo sobre el mostrador, apoyó las manos a los lados y esperó. No iba a facilitarle el terreno.
—Mi padre quiere que me case con Natalie Hale.
—Lo dijo sin adornos, como quien arranca una tirita de un tirón—.
No es una sugerencia. Es la condición para que Hale Holdings firme la fusión, y la fusión es la condición para que yo mantenga el control de la empresa que construyó mi madre.
Si digo que no, pierdo la compañía. Si digo que sí, paso el resto de mi vida casado con alguien que tampoco quiere estar ahí.
El silencio que siguió tenía un peso distinto al de antes. Claire sintió que algo se movía dentro de ella, algo que no quería reconocer todavía.
—¿Y una novia falsa arregla eso? —preguntó, con menos filo del que pretendía.
—No lo arregla. Lo retrasa. —Nate dio un paso, no hacia ella, sino hacia la vitrina, como si necesitara algo neutral en lo que fijar la mirada—.
Seis semanas de estabilidad visible, lo suficiente para convencer a la junta de que no necesito un matrimonio arreglado para sostener la empresa.
Después de eso, encuentro otra manera. Pero necesito ese tiempo, Claire, y tú necesitas el dinero para el banco.
No te estoy pidiendo un favor. Te estoy ofreciendo un trato entre dos personas que no tienen mejores opciones.
Claire pensó en la carta de ejecución hipotecaria doblada en el cajón de la caja registradora, en la letra fría del banco que no dejaba espacio para negociar, en su madre horneando en esa misma cocina durante veinte años sin pedirle nada a nadie.
—Me pediste esto hace dos días como si fuera un cheque en blanco —dijo, más baja—. Ahora vienes a decirme que también estás acorralado.
—Porque lo estoy. —Por primera vez, algo genuino se coló en su voz, algo que no sonaba a discurso de sala de juntas—. No espero que te dé lástima. Solo quiero que sepas exactamente en qué me convertiría si accedes: en alguien que necesita que esto funcione tanto como tú.
Claire lo miró durante un largo momento, ese hombre de traje perfecto parado en medio de su panadería como si no perteneciera del todo a ningún sitio, ni a la torre de cristal que acababa de dejar ni al calor de canela que lo rodeaba ahora.
—No —dijo por fin, y la palabra le costó más esta vez—. Sigue siendo no.
Nate asintió, como si hubiera esperado exactamente eso, y no discutió. Se despidió con un gesto breve y salió, la campanilla sonando de nuevo tras él, esta vez con un eco distinto.
Claire se quedó donde estaba, con las manos apoyadas en el mostrador frío, mirando la puerta cerrada. Había dicho que no. Lo había dicho con la misma firmeza de siempre.
Entonces, ¿por qué no se sentía como una victoria?