CAPÍTULO 2
La Propuesta
El hombre no encajaba en la panadería, y eso fue lo primero que Claire notó, incluso antes de verle la cara.
Era la hora punta de la mañana en Rivermill: la cola llegaba casi hasta la puerta, el vapor de los hornos empañaba el escaparate y el aire olía a mantequilla tostada y a café recién hecho.
Entre los abrigos gastados y las bolsas de tela de los clientes de siempre, el traje gris oscuro del desconocido parecía cortado de otra tela, de otro mundo.
Se movía sin prisa, como si el tiempo le perteneciera, y sin embargo algo en su postura —los hombros demasiado rectos, la mandíbula demasiado tensa— sugería exactamente lo contrario.
Claire lo vio desde detrás del mostrador mientras envolvía una hogaza de pan de centeno para la señora Fenwick, y por un segundo absurdo pensó que se había equivocado de dirección. Nadie que vistiera así entraba en Rivermill por accidente.
—Marchando dos cruasanes de almendra —dijo, sin apartar del todo la atención del cliente que tenía delante, aunque una parte de ella ya lo estaba calculando: la tela del traje, los gemelos discretos pero evidentemente caros, el modo en que sostenía el teléfono como si estuviera decidiendo si valía la pena mirarlo.
El hombre no se puso en la cola. Se quedó cerca de la puerta, observando el local con una atención que no era curiosidad turística, sino algo más parecido a una evaluación.
Claire terminó de atender a la señora Fenwick, despidió a los siguientes dos clientes con la eficiencia de quien lleva años haciendo el mismo baile, y solo entonces el hombre avanzó hacia el mostrador, esperando a que el último cliente se alejara.
—¿Claire Bennett? —preguntó.
Su voz era grave, controlada, del tipo que probablemente nunca había tenido que alzarse para que le hicieran caso.
—Depende de quién pregunte. —Se limpió las manos en el delantal, ganando un segundo.
De cerca, el hombre era más joven de lo que había supuesto por el traje: treinta y pocos, tal vez, con el pelo oscuro peinado hacia atrás y unos ojos de un gris muy claro que no parpadeaban con la frecuencia normal.
Guapo, sí, de una manera casi arquitectónica, como si alguien lo hubiera diseñado para causar exactamente esa impresión.
—Nathaniel Ashford —dijo él, tendiéndole una tarjeta que ella no cogió de inmediato—. Dirijo Ashford Dynamics.
El nombre le sonaba de algo, de esos titulares económicos que uno lee por encima sin retener nada. Claire cogió la tarjeta más por cortesía que por interés y la dejó junto a la caja registradora sin mirarla dos veces.
—Enhorabuena. ¿Quiere un café o ha venido a comprar el edificio?
Algo cruzó el rostro de él, tan rápido que ella no supo si había sido una sonrisa o solo el intento de una. No llegó a completarse.
—He venido a hacerle una propuesta de negocios.
—No tengo nada que vender —respondió Claire de inmediato, y era casi cierto: lo poco que le quedaba de la panadería de su madre ya estaba prácticamente prometido al banco.
—No quiero comprar nada. —Miró de reojo la cola de detrás, dos personas esperando con paciencia, y bajó un poco la voz—. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar cinco minutos?
Claire dudó. Detrás de él, Marisol —su única empleada a tiempo parcial, dieciocho años y una capacidad asombrosa para captar el drama en el aire— ya había dejado de fingir que limpiaba la vitrina y observaba la escena con descarado interés.
—Marisol, ¿te encargas un momento?
—Encantada —dijo la chica, sin disimular en absoluto.
Claire condujo al hombre —a Nathaniel Ashford, se recordó, como si el nombre completo fuera a hacer que la situación tuviera más sentido— hasta la mesita del rincón, la que reservaban para los clientes que necesitaban enchufe para el portátil.
Se sentaron el uno frente al otro. Él lo hizo con la espalda recta, las manos entrelazadas sobre la mesa, en una postura tan medida que Claire tuvo la sensación de estar frente a alguien que llevaba reuniones así todos los días de su vida, solo que normalmente no eran en una mesa con manchas de sirope.
—Le escucho —dijo ella, cruzándose de brazos.
—Necesito una novia durante seis semanas.
Claire parpadeó.
—Perdone, ¿cómo dice?
—Una novia. De mentira. —Lo dijo sin el menor rastro de vergüenza, como si estuviera explicando los términos de un contrato de suministro—.
Mi padre está presionándome para que acepte un compromiso concertado con la hija de un socio comercial.
Si aparezco en público con una relación estable y creíble durante las próximas semanas, esa presión desaparece. Necesito que esa relación sea usted.
Por un momento, Claire pensó que había oído mal, o que aquello era una broma extraordinariamente elaborada, tal vez orquestada por su prima Denise, que llevaba meses insistiendo en que Claire necesitaba "salir más".
Pero el hombre no sonreía. La miraba con la misma calma metódica con la que probablemente miraba una hoja de balance.
—¿Y por qué yo? —preguntó, más por ganar tiempo que porque le importara realmente la respuesta—. No nos conocemos de nada.
—Exactamente por eso. —Se inclinó ligeramente hacia delante—. Necesito a alguien sin vínculos con mi círculo, sin ambiciones sociales que puedan complicar las cosas, y con motivos claros para aceptar un acuerdo temporal sin esperar que se convierta en algo más. Usted encaja en ese perfil.
—Qué halagador —dijo Claire, con una sequedad que no se molestó en disimular—. ¿Y cómo, exactamente, encajo yo en ese perfil? Porque hasta hace tres minutos no sabía que existía.
—La investigué. —No parecía avergonzarle admitirlo—.
Es propietaria de este negocio desde que su madre falleció hace dos años.
El banco le ha dado un plazo de tres meses antes de ejecutar la hipoteca del local.
No tiene pareja, no tiene socios comerciales, y su círculo social no se solapa con el mío en ningún punto relevante.
Cada frase caía como una piedra distinta, y Claire sintió que algo se le tensaba en el pecho, una mezcla de humillación y furia fría.
—Ha investigado mi vida.
—He investigado si sería una buena candidata. Es diferente.
—No lo es en absoluto. —Se echó hacia atrás en la silla, poniendo toda la distancia que la mesa le permitía—.
Entra usted en mi negocio, revuelve en mis problemas económicos como si fueran un expediente, y encima espera que me sienta halagada por que me haya elegido para...
¿qué, exactamente? ¿Fingir que somos pareja delante de su padre?
—Delante de mi padre, de la prensa, de los inversores.
En eventos concretos, con reglas concretas.
—Sacó del bolsillo interior de la chaqueta una carpeta delgada y la dejó sobre la mesa, sin abrirla, como si fuera evidencia en un juicio—.
Seis semanas. Un contrato con condiciones claras por ambas partes.
Y una compensación que resolvería su situación con el banco sin necesidad de vender el local.
Claire no miró la carpeta. Se negó a hacerlo, aunque una parte traicionera de su mente ya estaba calculando cifras, imaginando el alivio de no tener que ver la palabra "ejecución hipotecaria" en otra carta del banco.
—¿Sabe lo que me está pidiendo? Que le mienta a su padre. Que le mienta a la prensa. Que finja sentir algo por un completo desconocido delante de gente que probablemente puede arruinarme la vida si algo sale mal.
—No saldrá mal si seguimos el guion.
—El guion. —Claire soltó una risa breve y sin humor—. Habla usted de esto como si fuera una campaña de relaciones públicas.
—Lo es. —Ninguna disculpa en su voz—. Una relación de pareja bien gestionada es, en esencia, comunicación estratégica. No pretendo que sea otra cosa.
Y ahí estaba, pensó Claire: la frialdad exacta que había temido encontrar detrás del traje impecable.
No era que Nathaniel Ashford fuera cruel, exactamente.
Era algo más incómodo que eso: hablaba de personas, de sentimientos, de las seis semanas que le estaba pidiendo a una desconocida, con la misma precisión desapasionada con la que hablaría de una fusión empresarial.
Todo encajaba en columnas. Todo tenía un propósito medible.
Le recordó, con una punzada que no esperaba, a Daniel.
A la manera en que Daniel había empezado a hablar de su relación en los últimos meses, como si fuera un activo que debía rendir cierto beneficio, hasta que decidió que el rendimiento no era suficiente y la cambió por alguien cuya familia tenía más ceros en la cuenta bancaria.
—No —dijo Claire, con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma—. No, gracias. Busque a otra persona para su comunicación estratégica.
Algo pareció desestabilizarse, apenas un instante, en la superficie controlada del rostro de Nathaniel Ashford. No fue sorpresa exactamente. Más bien la breve incomodidad de alguien que rara vez oye la palabra "no" y no tiene preparada una respuesta inmediata para ella.
—Deje que le explique la cifra antes de decidir.
—No necesito oír la cifra. —Claire se puso en pie, y por primera vez desde que él había entrado, sintió que recuperaba algo de terreno—. La respuesta es no. Con cifra o sin ella.
Él la observó un momento más de lo estrictamente necesario, como si estuviera recalculando una variable en la que no había pensado. Después, despacio, se levantó también, ajustándose la chaqueta con un gesto casi automático.
—Entiendo. —Dejó la carpeta sobre la mesa, sin insistir en que ella la cogiera—. Si cambia de opinión, mi número está en la tarjeta.
—No voy a cambiar de opinión.
—Aun así. —Y esta vez sí hubo algo parecido a una sonrisa, breve, casi imperceptible, más una concesión que una expresión de alegría genuina—. La gente suele sorprenderse de a qué está dispuesta cuando el plazo se acerca.
Claire no respondió. Se limitó a sostenerle la mirada hasta que él, con un asentimiento cortés que no admitía réplica, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. La campanilla sonó cuando salió, un sonido tan familiar que resultaba casi grotesco que hubiera acompañado una conversación así.
Marisol apareció de inmediato a su lado, con los ojos como platos.
—¿Quién demonios era ese?
—Nadie —dijo Claire, y cogió la carpeta de la mesa antes de que pudiera pensarlo dos veces, sujetándola contra el pecho como si quemara—. Un cliente insatisfecho.
La panadería cerró a las seis, y para las seis y cuarto Claire ya estaba sentada sola en la trastienda, con la carpeta abierta sobre la mesa de acero inoxidable donde normalmente amasaba el pan de la mañana siguiente.
No había querido abrirla. Se había dicho a sí misma, durante todo el turno de la tarde, que la tiraría directamente a la basura de reciclaje sin mirar el contenido, que darle siquiera esa curiosidad sería una forma de rendición.
Y sin embargo ahí estaba, con los dedos manchados aún de harina, pasando las páginas de un documento redactado con el lenguaje frío y preciso de los abogados.
Seis semanas. Compensación. La cifra, cuando finalmente la encontró en la tercera página, la hizo detenerse por completo.
Era más de lo que Claire ganaba en un año entero de vender pan, bollos y tartas de cumpleaños a los vecinos de Rivermill.
Era, calculó con una precisión desesperada que no sabía que poseía, exactamente lo necesario para saldar la deuda con el banco y quedarle algo de margen para los próximos meses.
El tipo de cifra que convertía "quizá pierda la panadería de mi madre" en "quizá no".
Cerró la carpeta de golpe, como si eso pudiera borrar el número de su memoria. No sirvió de nada. Los dígitos siguieron ahí, grabados, mientras se levantaba y empezaba a limpiar las superficies que ya estaban limpias, solo por tener las manos ocupadas.
Pensó en su madre, que había llevado ese local durante veintitrés años sin pedirle nunca ayuda a nadie que no se la ofreciera con sinceridad.
Pensó en Daniel, en la manera en que el dinero de otra persona había sido, en su caso, el principio del final.
Pensó en la cara de Nathaniel Ashford al hablar de "comunicación estratégica" como si las personas fueran variables de una ecuación, y sintió que la rabia volvía, afilada y familiar, mucho más fácil de sostener que el miedo.
No. Se lo había dicho a él y se lo repitió a sí misma, en voz alta esta vez, en la trastienda vacía. —No.
Pero cuando por fin se quitó el delantal y colgó las llaves junto a la puerta trasera, la tarjeta de Nathaniel Ashford seguía sobre la mesa de acero, donde la había dejado sin darse cuenta al guardar la carpeta en el cajón de los papeles importantes que nunca sabía dónde meter.
Un simple rectángulo blanco, con un nombre y un número de teléfono impresos en letra sobria, sin ningún adorno.
Claire se quedó mirándola más tiempo del que estaba dispuesta a admitir.
Después apagó la luz y se marchó a casa, dejando la tarjeta exactamente donde estaba.