La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 124. Cinco motivos.
99%

Capítulo 124. Cinco motivos.

Isabella no se dio mucho a esperar. Nació un par de horas después de su anuncio, sin causar grandes molestias. Resultó una niña tranquila, sana y dormilona. Tan serena, que Adrián en ocasiones la movía para saber si seguía respirando.

Los trillizos habían sido inquietos y llorones de pequeños, por eso se sentía preocupado. La niña era todo lo contrario.

Sin embargo, igual estaba muy feliz. No se apartaba de ella ni de Elena ni un segundo. Hasta miraba con el ceño fruncido a quien se ofrecía a cargarla, evaluando que la sostuvieran con firmeza, que no la apretaran mucho y que mantuvieran las medidas higiénicas correspondientes.

—Es un padre enamorado. No lo conozco desde hace mucho, pero nunca lo imaginé así —comentó Margaret, en una ocasión en que ella estaba sola con Elena y la niña en la habitación mientras Adrián cerraba los trámites en la clínica para recibir el alta.

—Él ama a sus hijos. Es muy atento y entregado a ellos a pesar de que el trabajo le impide estar siempre cerca. Si con los trillizos es celoso, imagínate lo que será con Isabella.

—Esa niña ya se robó su corazón y tan solo tiene un día de nacida.

—Y deja que esté con sus hermanos. Ellos están locos por tenerla en casa y ayudar a cuidarla, ya tiene su habitación preparada.

—Isabella será la niña más consentida de todo Seattle, con un papá que no dejará nunca de darle amor, tres hermanos que la protegerán como si fuese una joya delicada y una madre que la cuidará como una leona.

Elena sacó a la niña de la cunita para cargarla y darle un beso en la frente.

—Ella ha sido una luz dentro del túnel que nos guió hacia la salida —dijo, envolviéndola entre sus brazos—. Llegó para llenarnos de paz, una que necesitábamos desde hace mucho.

Elena caminó por la habitación cantando muy bajito una nana mientras su tía terminaba de guardar las últimas pertenencias. Cuando Adrián llegó, sonrió complacido y enseguida se abrazó a ellas cubriéndolas por completo.

Las besó a ambas y se quedó allí un instante, aspirando el dulce aroma de sus amadas mujeres y sintiendo crecer la dicha en su pecho antes de decidir tomar todas las cosas y regresar a casa.

Allí, los trillizos los esperaban emocionados, revelando su ansiedad por conocer a su hermana. Elena los dejó cargarla y les tomó cientos de fotografías que luego haría enmarcar para llenar la casa con nuevos recuerdos.

En ocasiones la niña abría los ojitos y los miraba con curiosidad, como si tratara de entender por qué veía triple.

Entre bromas y canciones infantiles pasaron aquella tarde, ninguno pudo dejar de sonreír. La felicidad los dominaba y ellos no querían dejarla escapar.

Meses después, hubo un suceso en la mansión que nunca antes había ocurrido: Adrián abrió las puertas de su casa para dejar pasar a decenas de invitados.

Los trillizos cumplían ocho años y quisieron celebrarlo en grande, con todos los amigos que en ese nuevo año escolar consolidaban.

Aprovechó la ocasión para invitar a algunos socios con los que quería estrechar relaciones, entre ellos, los Cavendish.

Deborah no llegó a asistir porque estaba de viaje con Jacob por Europa, pero Christian y su esposa no faltaron.

Ahora eran socios inversores de la empresa, la relación que mantenían con los McGrath se volvió estrecha.

Los asiáticos no pudieron faltar. Aquellos hombres estaban tan encantados con el trabajo de Adrián que decidieron firmar más contratos con él, haciéndolo crecer mucho en ese tiempo. Ya eran los clientes más importantes de la empresa.

La mansión estaba a reventar. No solo para celebrar el cumpleaños de los chicos, sino el anuncio oficial de la boda de los anfitriones, que se realizaría en tan solo unos meses.

—Señor, le llegó un paquete desde África. Lo dejé en su despacho —le informó el mayordomo mientras hablaba con Miles Royce.

—¿África?

—Sí, señor.

Adrián miró con extrañeza a Miles.

—Debe ser de nuestro amigo en común —dijo el hombre con sonrisa cómplice.

Adrián enseguida fue al despacho con Miles para saber de qué se trataba, dejando la fiesta en pleno apogeo.

Resultó ser una presentación de lujo de dos botellas de licor de fabricación local de ese continente, acompañadas por una carta escrita a mano.

—Tenías razón, es de Jeremy Cohen —reveló al leer la carta.

—Sabía que se había ido a África.

—Me felicita por el nacimiento de mi hija y me desea buena suerte en mi matrimonio. Para estar tan lejos, sabe mucho de lo que sucede aquí.

—Recuerda que él armó una buena red de comunicación para así vigilar a su padre.

—También me felicita por haber logrado condenar a Dairus a más de treinta años de cárcel. Está satisfecho de que su padre pase el resto de su vida tras las rejas.

—Era lo que quería y lo logró. Tiene mucho mérito.

—La carta no posee dirección de remitente. No podré responderle —aseguró Adrián, revisando el sobre y el paquete del obsequio.

—Debió enviársela a alguien de confianza para que te la diera, así no revelaba su ubicación, pero…

—Miles tomó una de las botellas y la alzó para evaluarla—.

Este licor de crema de coco se fabrica en Seychelles.

Es obvio que haya elegido ese archipiélago para esconderse, allí hay lugares paradisíacos y lujosos que son exclusivos para gente de mucho dinero.

—Al menos, no me guarda rencor. Con esto quedo tranquilo de que jamás se aparecerá por aquí a crearme problemas.

—¿Acercarse por aquí? Está en la lista de los más buscados por el FBI, ese no asomará sus narices por estas tierras nunca.

Adrián tomó la otra botella, que resultó ser un ron propio de esa zona africana, confirmando así la teoría de Miles, pero no pudieron seguir hablando del tema porque sus hijos entraron como un tornado en su oficina hablando los tres a la vez a los gritos.

—¡Papá! ¡Vamos a cortar el pastel! —dijo Leo.

—¡Isabella despertó! ¡Cantemos cumpleaños antes de que se duerma de nuevo! —informó Max.

—¡Mamá espera por nosotros en el patio! ¡Tienes que venir! —exigió Theo y tomó a su padre por una mano para arrastrarlo afuera con ayuda de sus hermanos, mostrando todos la ansiedad que los embargaba.

—¡Pero, cuánta azúcar han consumido hoy! —bromeó Miles siguiéndolos, sin poder dejarse contagiar por su acelerada alegría.

Adrián dejó las botellas olvidadas sobre su escritorio y siguió a sus hijos como quien deja atrás el duro pasado y se encamina hacia un mejor futuro.

Si Jeremy había enviado esos obsequios como cierre del pacto que meses atrás establecieron impidiendo una respuesta, respetaría su decisión. Él también quería cerrar aquel asunto y olvidarlo para siempre.

Ahora tenía cosas mejores en que dedicar su atención, cinco motivos en los que prefería invertir todas sus energías.