Capítulo 125. Y fueron felices para siempre… Fin.
La boda se realizó de una forma discreta en un club al aire libre y rodeados de los amigos más cercanos.
Adrián y Elena se dieron el sí acompañados por sus hijos, viendo sus sonrisas y embargados por su alegría. Nadie estaba más feliz con ese enlace que los trillizos, sus vidas habían cambiado para bien y con ese matrimonio la felicidad quedaba asegurada.
Ya no estaban solos, aislados y acorralados, eran niños sanos, seguros de sí mismos y dueños de su propio destino.
—¿Quién hará de árbitro? —preguntó Harper durante la organización de un juego de fútbol. Aunque ella llevaba puesto un lindo vestido color cereza, no iba a limitarse. Quería jugar como todos los demás.
—Theo siempre hace de árbitro —reveló Leo.
—Eso es porque soy el más justo e inteligente de todos —bromeó él con orgullo.
—Eso es porque no te gusta correr y sudarte —rebatió Max—, pero en el fútbol tendrás que correr detrás de nosotros, si no, no verás mis trampas.
—¿Vas a hacer trampa? —consultó Theo con los ojos entrecerrados.
—No sé, tendrás que seguirme para saberlo —lo retó y salió corriendo con la pelota. No solo sus hermanos, sino todos sus amigos, fueron tras él.
Elena los vigilaba desde el borde del área de las mesas, le gustaba que compartieran en armonía y que cada vez estuvieran más acompañados de otros chicos.
Por fin veía que las cosas marchaban bien para ellos y para ella.
Sentía que su vida estaba completa. No tenía nada más que pedir, solo cuidar.
No volvería a descuidarse dejando que le arrancaran de las manos a sus seres queridos con mentiras y manipulaciones.
Ahora mantenía sus ojos bien abiertos y sus garras siempre preparadas para luchar por lo que amaba.
—Estás en tu mejor momento, Adrián McGrath, con tu empresa triunfando, tu familia más unida nunca y todos tus detractores tras las rejas —opinó Christian Cavendish.
—No fue fácil llegar hasta aquí, pero si me pusieran a elegir recorrería el mismo camino —confesó, mirando satisfecho a sus hijos correr de un lado a otro al jugar con sus amigos—.
Amo con locura lo que me dejaron los inconvenientes —reveló, fijando ahora su atención en Elena, que mecía a su hija con ternura mientras conversaba con unas amigas.
—Brindo por ti, hombre. Y por tus merecidos tesoros —declaró Christian chocando con él su copa.
Adrián se irguió y respiró hondo sintiéndose al fin complacido con la vida que llevaba. Las incertidumbres se habían marchado, dando paso a una plenitud que estaba dispuesto a disfrutar.
Se acercó a su esposa y la abrazó por la espalda cubriendo así a su hija, viéndola dormitar con total tranquilidad. Como si supiera que se encontraba en el lugar más seguro del planeta, donde nada ni nadie podría jamás alcanzarla para lastimarla.
Los trillizos, al verlos, no pudieron evitar interrumpir unos minutos sus juegos para correr hasta ellos y unirse también a aquel abrazo, queriendo que no les faltara nunca. Mucho menos, en sus peores momentos.