Capítulo 123. Lluvia de buenas noticias.
Elena bajó los hombros con derrota al darse cuenta quién le había hablado. Por un momento se había puesto tensa, creyendo que sería una de esas señoras encopetadas que formaban parte de la alta sociedad de Seattle y quería molestarla, pero tan solo era aquella rubia insoportable.
—Hola, Deborah, me alegra verte de nuevo —la saludó con ironía, desconcertando por un momento a la mujer.
—¿Te alegra? Sí, claro. Luego de haberme humillado en la casa de Adrián, de seguro estás feliz de encontrarte conmigo para restregarme en la cara lo que sucedió.
Elena amplió los ojos en toda su extensión.
—¿Te humillé en la casa de Adrián? Pero, ¡no te hice nada!
Tú misma te ofreciste a jugar con los niños y participar de primera en los juegos que ellos habían organizado sufriendo esos contratiempos.
—Se aproximó un poco para hablarle ahora de forma confidencial—.
Y tú misma decidiste comerte a besos a Jacob en la habitación que te cedimos para que te cambiaras, nadie te obligó a hacerlo.
La heredera la miró alarmada.
—Y tú saliste corriendo a contárselo a Adrián para que él opinara mal de mí, ¿no es así?
Elena resopló.
—Tuve que contarle el motivo por el que saliste corriendo de la mansión sin despedirte de nadie. Esa era mi responsabilidad.
—Y veo que tú cumples bien con tus responsabilidades, ¿cierto? —preguntó, mirando su panza hinchada con cierto desprecio. Eso enfadó a Elena.
—Mira, si estás furiosa conmigo por haber impedido que tuvieras a Adrián te lo acepto, pero ni se te ocurra decir algo sobre mi bebé, porque te juro que te dejaré sin un solo cabello en la cabeza.
Deborah la observó impactada, más aún, cuando ella decidió pasar por su lado y robarle el turno en la caja y así pagar de primera sus vitaminas.
La rubia iba a reclamar, pero en ese momento apareció otra cajera abriendo la caja de al lado.
—Siguiente —notificó la mujer, indicándole a la heredera que pasara para cobrar su compra.
Deborah se puso frente a ella, pero cuando fue a poner el artículo que quería adquirir sobre la mesa, vio que Elena le dirigía una mirada soberbia.
Dudó. No quiso revelar su producto, pero la cajera le insistía en que se lo diera para pasarle el lector de códigos de barra.
La curiosidad de Elena creció al ver a la rubia nerviosa. No le quitó la mirada de encima mientras ella apoyaba una caja sobre la mesa tapando el nombre y la descripción.
La cajera quiso quitársela de las manos para registrarla, pero Deborah no se lo permitía, así que tuvo que inclinar el lector de códigos de barra para escanear el producto y hacer el recibo.
A pesar de sus infantiles protecciones, Elena pudo saber de qué se trataba: era una prueba de embarazo.
—Amor, ¿todo bien?
Se sorprendió al ver aparecer de pronto a Jacob con una actitud muy cariñosa.
—Sí, estoy casi lista —expuso Deborah con altanería pagando su compra con efectivo.
Mientras esperaba su cambio, él notó a la mujer que se encontraba al lado de su novia, pagando también su compra.
—¡Elena! Qué bueno verte. ¿Cómo has estado? —preguntó mirando su embarazo ya evidente—. ¿Y Adrián? Supe que ya se reincorporó al trabajo luego del atentado que sufrió.
—Sí, está mucho mejor. Ya trabaja con normalidad. Y yo también estoy muy bien, más tranquila.
—Supongo. Luego de toda la angustia que has vivido después de la muerte de tu amiga y de todo ese escándalo por el arresto de Dairus, de Charlie y de Ángelo, me alegro que tu embarazo no se haya resentido. Ese bebé va a tener unos genes muy fuertes. ¿Ya sabes qué será?
Deborah resopló apenas recibió su cambio y la factura y enseguida encaró a Jacob.
—Te esperaré en el auto, amor —dijo, antes de dar media vuelta y desaparecer de la farmacia caminando con altanería.
Elena negó con la cabeza, pero prefirió no hacer ningún comentario sobre aquella rencorosa mujer y recibió su factura por su compra.
—Será una niña. Ya nos confirmaron —reveló.
—¡¿Una niña?! Fantástico. Imagino que los trillizos están felices.
—Bastante —dijo ella con una sonrisa, recordando todas las muestra de alegría y ansiedad de los niños por su nueva hermana.
Cada semana obligaban a su padre a comprarle cosas que encontraban por internet para jugar con ella.
La niña aún no estaba del todo formada y, además de tener peluches, muñecas y juguetes como para regalar a media ciudad, contaba con su propia colección de autos de colección, espadas de madera y una pila de libros de niñas detectives que Theo pensaba leerle cada noche.
—Me alegro que al fin todo esté marchando genial para ustedes —expuso Jacob con sinceridad mientras caminaban hacia la salida.
—Y al parecer, tú también tendrás un cambio radical en tu vida. ¿No es así?
—¿Por qué lo dices?
—Por la prueba de embarazo que Deborah acaba de comprar.
Jacob sonrió con amplitud.
—Sé que está embarazada, pero ella aún duda. No quiere ir a un médico por miedo a que algún conocido la vea y hagan correr la voz. Si lo confirma con esa prueba, nos casemos en un par de meses.
—¿La heredera Cavendish en una boda apresurada? ¿No será eso muy evidente?
Él alzó los hombros con indiferencia.
—Me da igual. Casarme con ella para mí será grandioso. Aunque nuestra relación comenzó por una ayuda ofrecida a ti, la verdad es que estoy muy enamorado.
—¿Y ella?
—También lo está. Solo que como toda niña rica es muy celosa de su imagen social. Vive de eso.
Elena mostró una sonrisa condescendiente mientras ambos avanzaban hacia el estacionamiento. Aunque Jacob fue capaz de traicionarla en una ocasión y con Deborah nunca llegó a tener una buena relación, les deseaba lo mejor. Quizás el amor los haría mejores personas.
Se despidieron y cada uno tomó su camino, en minutos ella llegó a la mansión para sumergirse en el torbellino de organización del nacimiento de su hija y de su boda, dos eventos que la tenían desbordada de dicha.
Meses después, cuando ya faltaba poco para el nacimiento de Isabella, nombre que los trillizos decidieron ponerle a su hermanita, Elena se enteró de una noticia sensible.
—Esta mañana Charlie Silver fue declarado culpable del asesinato de Nicole y de su intento por desaparecer su cuerpo en la bahía.
Le dieron treinta y cinco años de cárcel —le informó Adrián cuando se reunió con ella en el jardín al llegar del trabajo, donde compartía un té con su tía Margaret para relajarse porque ese día había amanecido con malestares.
La noticia le desgarró el corazón. Si bien ella sabía que en verdad ese hombre era el culpable de esa muerte, ya que había videos que lo demostraban, aún no pagaba por ese crimen.
Meses antes había logrado que le concedieran casa por cárcel durante el tiempo en que se desarrollarían los juicios en su contra, alegando sufrir de una enfermedad del corazón.
Elena odió que tuviera comodidad y tranquilidad cuando nunca tuvo compasión por ella ni por su familia, y hasta fue capaz de asesinar de forma despiadada a su amiga.
—¡Al fin se hizo justicia! —exclamó Margaret—. Espero ahora regrese a prisión.
—Sí, lo encerraran una vez más para cumplir con su condena —informó Adrián—. Si quiere obtener de nuevo casa por cárcel, tendrá que tramitarla una vez más, pero ya pronto le llegará la sentencia por las estafas que cometió contra varias empresas de Nueva York, eso complicará sus gestiones.
Se aproximó hacia Elena para hablarle. Ella lo miró con fijeza.
—Un banco embargó varias de sus empresas para cubrir sus deudas, he seguido con atención esos casos. La próxima semana pondrán algunas en venta, entre ellas, la que fue de tu padre. ¿Quieres que pujemos por ella?
Aquella noticia la emocionó.
—¿Podemos hacerlo?
—Claro que podemos. Tengo el dinero para comprarla.
Elena se puso de pie, con el corazón galopándole con energía en el pecho.
—Adrián, por Dios, ¿hablas en serio? —preguntó con lágrimas en los ojos.
—Si no fuese así, no me hubiese atrevido a preguntártelo para no ilusionarte. Si lo aceptas, hablaré con mis abogados para que adquieran la empresa. Ese será mi regalo de bodas para ti.
Las lágrimas corrieron sin control por las mejillas de Elena. Había llegado a esa mansión con la intención de encontrar a los culpables de las muertes de sus padres y recuperar su legado.
Lo primero lo había logrado al llevar a la cárcel a los causantes de todas las desgracias que acabaron con sus vidas, pero pensó que la empresa nunca podría salvarla cuando supo que formaría parte de las pertenecías de Charlie que sus acreedores se pelearían.
Lo que Adrián le decía la llenaba de una alegría súbita.
—Gracias, amor. Gracias —le dijo entre sollozos, abrazándose a él con firmeza.
Él la cubrió con sus brazos.
—Por verte feliz, haría cualquier cosa —reveló él en su oído, haciéndola estremecer.
Ella iba a girar el rostro para besar su boca entre lágrimas, pero sintió un dolor punzante en el bajo vientre que la hizo retorcerse.
—Oh, Dios —se quejó.
—¿Qué pasa?
—No sé, es…
Quedó en silencio al sentir que un líquido le bajaba entre las piernas.
—Adrián… ¡creo que rompí fuente! —informó, alarmada.
Él se puso pálido como un muerto.
—¿Ya? ¿No faltaba una semana?
—¡Virgen santísima! —exclamó Margaret—. Isabella debió emocionarse también por la noticia y ya quiere nacer.
Vamos a la habitación para cambiarte y así puedas ir al médico.
¡Adrián, dile al chofer que prepare el auto!
—instruyó la mujer al verlo paralizado y enseguida tomó a Elena para llevarla a la primera planta.
Las buenas noticias comenzaban a llover sobre ellos.