Capítulo 122. Más fuertes.
Elena se encontraba en la clínica rodeada de un amplio equipo de seguridad. No solo del contratado por Adrián, sino por el brindado por la policía y por el FBI.
Algunos socios de la empresa la acompañaban, así como Eugine y su esposa, Miles Royce y el matrimonio Cavendish. Los asiáticos estuvieron presentes por casi una hora, luego se marcharon.
Ella se debatía entre la angustia y la calma. Aquella noche, que debió ser de celebración, de pronto se convirtió en una ocasión de miedo y a la vez, de entendimiento.
—Tranquila. Ya el doctor informó que está fuera de peligro —dijo Miles sentándose a su lado—. En unos minutos podrás entrar en la habitación para hablar con él.
—¿Cómo pudo guardarse este secreto? —reprochó ella—. Debió decírmelo.
—¿Y ponerte nerviosa? Sabes que Adrián nunca haría eso. No solo por tu salud y la de tu embarazo, sino para garantizar el operativo. Si no sabías nada, era mejor. Así él, la policía y el FBI podían actuar con naturalidad sin que nadie sospechara nada. Mucho menos, Ángelo Towsen.
Elena gruñó por el enfado. Adrián se había ido preparado a ese evento. Debajo de su elegante traje llevaba puesto un chaleco antibalas.
A ella le pareció un poco extraño que el nuevo traje le quedara un poco más ancho de lo normal, aunque pensó que se debía al corte de la chaqueta. Nunca imaginó que él se estaba protegiendo de un posible atentado. Uno que el FBI le había advertido.
—No podían poner en riesgo la operación, siguió Miles. Era la única forma de agarrar a Ángelo con las manos en la masa y así dar más peso a sus denuncias. Ahora no habrá nada que lo libre de la cárcel.
—Escuché decir a Cavendish que podrían darle facilidades si decide hablar en contra de Dairus y del resto de los implicados en la red de narcotráfico.
Al final, él solo era un contacto dentro de la empresa, uno que decidió involucrarse más de la cuenta.
A diferencia de Eugine, que se mantuvo al margen.
—Imbécil. Está donde está por su codicia. Por eso será capaz de pactar hasta con el mismísimo diablo para al menos, aliviar su carga. Pero haga lo que haga no saldrá de allí. Tal vez consiga algunos beneficios, aunque no la libertad.
Elena respiró hondo, buscando serenarse con esas palabras. Con Ángelo y Dairus en prisión, así como Charlie y los principales cabecillas de aquel asunto, se sentía más tranquila. Esperaba que eso fuese el inicio de su paz.
Minutos después se comunicó con su tía Margaret, que estaba con los trillizos en la mansión.
Le gustó saber que ellos aún no se habían enterado de nada. Luego de jugar un rato a los videojuegos se fueron a la cama sin escuchar las noticias ni revisar sus móviles. Hasta ese pequeño detalle lo cuidó Adrián.
Le había pedido al mayordomo que les guardara los teléfonos después de la cena, así no tenían información de lo que sucedería allí a través de sus amigos.
Ya en la mañana les explicarían lo sucedido con calma, sabiendo que su padre estaba bien y pronto regresaría a casa.
Cuando le permitieron entrar a la habitación, ella solo se acercó a Adrián para hundirse en un apretado abrazo con él. No le reprochó ni reclamó nada, solo se enfocó en sentir su calor, escuchar sus latidos y saborear con dulzura sus besos.
Estaba vivo y en perfectas condiciones, eso era la que más le importaba. Sus lágrimas se desbordaron por el alivio y el agradecimiento.
—Ey, tranquila, estoy bien —repetía él sin dejar de abrazarla, besarla y secarle las lágrimas.
—Pero yo no. Me hiciste pasar un susto de muerte.
—Perdón. Sabes que hubiese hecho cualquier cosa con tal de no hacerte pasar por esta angustia, pero era eso o continuar viviendo con la amenaza de ese hombre. No quería que nos acorralara como si fuésemos animales.
Ella volvió a abrazarlo, cuidando de no lastimarle las heridas. Él estaba un poco magullado por los disparos recibidos. A pesar de que no traspasaron el chaleco antibalas, lo golpearon con fuerza dejándole unas visibles y dolorosas marcas.
Estaría en observación por esa noche y en la mañana ya podría regresar a la mansión con su familia.
Por suerte, luego de ese inconveniente no se produjo ninguno más, y de verdad lograron volver a la casa y reunirse con los trillizos. Por varios días no se separaron, incluso, hubo noches en que Adrián tuvo que soportar a sus hijos durmiendo a un costado de su cama en colchonetas inflables.
Se tomaron muy en serio eso de cuidarlo hasta que estuviese recuperado y pudiera volver al trabajo.
Las semanas pasaron y llegó la fecha del inicio de clases. Por primera vez los trillizos estaban emocionados por el reencuentro con sus compañeros y profesores, cuando antes odiaban estar en la escuela ya que no soportaban la forma en que los trataban en ese lugar.
—Se ven preciosos —los alabó Elena apretándoles las mejillas a cada uno antes de que entraran.
Los tres portaban sus uniformes impecables y se habían peinado casi de la misma manera.
Aunque Theo no dejó de depender del gel para poner sus cabellos en orden, Leo prefirió dejarlos a su aire porque le gustaba como se veían sus risos y Max…
él casi ni se peinó, pero el desorden que tenía en la cabeza era su marca personal.
A Elena le encantaba verlos siempre tan parecidos y a la vez, con sus marcadas diferencias, que los hacía únicos.
—¡Allí viene Melany! —dijo Leo emocionado y agitó un brazo para llamar la atención de su amiga y se acercara a ellos.
—¿Entraran todos juntos? —preguntó Elena mientras veía que la niña se despedía de sus padres antes de aproximarse.
—Yo esperaré a Harper —notificó Max repasando los alrededores, buscando a la chica.
—Y Phillip también debe estar por llegar —comentó Theo hablando de su amigo y mirando su reloj de pulsera.
Pero en eso pasaron junto a ellos los tres hermanos Roberson, viéndolos con fijeza y de forma intimidante.
En otra oportunidad los niños esquivarían su mirada, esperarían que ellos pasaran y luego entrarían a la escuela por caminos diferentes. Esa vez decidieron encararlos y seguir sus movimientos usando la misma postura desafiante que ellos y manteniéndose unidos.
Ya habían aprendido que estando juntos nadie los amedrentaría.
Elena no dijo nada, los dejó enfrentar su situación porque dentro, donde ella no podría acompañarlos, quizás se volvería más incómoda.
—¡Max!
Justo cuando Melany llegó, apareció Harper, corriendo emocionada hacia ellos; y Phillip bajaba del auto de su madre apresurándose por alcanzarlos.
Los trillizos dejaron de provocar a los Roberson para enfocarse en ellos. Se saludaron con alegría, compartiendo abrazos, choques de puños y palmadas en el hombro.
Algunos niños que pasaban por su lado, incluyendo los Roberson, veían la escena extrañados. Los trillizos McGrath solían ser silenciosos, misteriosos y solitarios, y ahora estaban rodeados de amigos. La diferencia resultaba llamativa.
Antes de entrar, los niños corrieron hacia Elena para darle un abrazo de despedida, cuidando de no lastimarle la panza, que ya se notaba y atraía las miradas de muchos.
A esas alturas todos sabían que ella era la prometida embarazada de Adrián McGrath y verla asumir actitudes de madre con los trillizos los hacía comprender que esa relación ya estaba asentada.
—¡Nos vemos en unos horas! —les gritó Elena mientras ellos entraban a las carreras a la escuela ignorando los ojos que se mantenían fijos en ellos.
Ella sonrió satisfecha, sabiendo que la vida ahora sí marcharía bien para todos ellos. Estaban más fuertes que antes, nada los derribaría.
Antes de regresar a la casa pasó por una farmacia para comprar unas vitaminas que se le habían agotado, estando allí tropezó con alguien que pensó nunca más vería.
—Vaya, la futura señora McGrath al fin salió de su lujosa mansión —expresó con desprecio una rubia altiva que se detuvo a su lado.
Se trataba de la heredera Deborah Cavendish.