La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 121. La alta sociedad.
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Capítulo 121. La alta sociedad.

Como Adrián lo había vaticinado, esa semana fue trascendental para todos. Los cambios que se produjeron reorganizaron por completo su vida.

En casa, todo se centraba en la preparación para el inicio de clases y el cuidado prenatal de Elena.

Los niños, que antes se encerraban en sus mundos tratando de sobrellevar con sus fantasías sus miedos y preocupaciones, ahora se la pasaban juntos, detrás de la mujer.

Hablaban de amigos y de planes que querían realizar los próximos días.

A eso se le unían las visitas constantes de abogados y detectives policiales.

Los casos centrados en la utilización de su empresa para la entrada de mercancía ilegal desde el exterior hacia el país comenzaban a asentarse.

Aunque aún había datos que corroborar y gente que buscar.

Como Ángelo Towsen, quien aún estaba desaparecido.

Además, la prensa no dejaba de acosarlo. Mientras más información se hacía pública, más lo buscaban. Era el más indicado para dar declaraciones, pero él ya había dicho todo lo que sabía, el resto le correspondía a los oficiales.

En la empresa, había muchas novedades que sobrellevar.

No solo por el nuevo personal que iniciaba sus labores, sino por las nuevas tareas y rutinas impuestas.

Los asiáticos entraban y salían como si estuvieran en su casa.

Pronto se realizarían los primeros viajes para el traslado de su mercancía y maquinarias, eso ameritaría establecer un montón de controles que debían supervisarse.

—¿Estaremos mucho tiempo en esa fiesta? —consultó Elena ya cansada.

—Solo unas tres horas, máximo —respondió Adrián, subiendo la cremallera del vestido de ella.

Se preparaban en su habitación para reunirse con los asiáticos en una celebración que el alcalde de la ciudad les había preparado como bienvenida.

—Estoy muy nerviosa.

Él la miró a través del espejo, notando sus ojos brillantes por las inquietudes. La abrazó por la cintura besando su cuello.

—Tranquila, hemos enfrentado cosas peores.

—No hay nada peor que las miradas de reproche y desprecio de la gente que te rodea. Nunca pensé que la alta sociedad fuese tan desconfiada.

—Ellos no son la gente que me rodea. A mí solo me rodean tú y mis hijos. Ellos solo están allí. En mí no producen ninguna presión ni efecto. Yo no actúo en base a lo que digan o piensen.

—Nunca van a aceptarme como parte de su mundo.

—No los necesitamos, Elena. Estamos bien. Ya verás que pronto terminarán inclinándose ante ti, tratándote como una más.

Ella le acarició los brazos, intentando creer en sus palabras.

—Me mantendré firme y serena, solo por ti. En ese salón serás lo único que me importa.

Adrián la hizo girarse para que le diera la cara. Con un brazo la mantuvo pegada a sí, al tomarla por la cintura, y con su mano libre la sostuvo por la nuca, aproximando su cara a la de él.

—Tú también serás lo único que me importará en ese salón.

No lo olvides nunca. Iremos solo para cumplir con esa invitación, que es importante para afianzar la imagen de mi empresa, pero si llegase a suceder algo, si veo que te sientes muy incómoda o alguien te hace algún mal comentario, enseguida regresaremos a casa.

No voy a permitir que te humillen de ninguna manera.

Eres mi prometida, mi mujer, la madre de mis hijos.

Haré que te respeten de la misma forma en que lo hacen conmigo.

La besó, sin prisa, pero de manera profunda, llegando con su lengua hasta los rincones más apartados de su boca, dejando así en claro lo que sentía y lo que estaba dispuesto a hacer por ella.

No se detuvo hasta acelerarle el corazón y agitar su respiración. Elena sonrió mientras trataba de recuperar la cordura cuando él se detuvo.

—Destruiste mi maquillaje.

—Entonces, esperaré media hora más a que lo arregles. No me importa cuánto tardemos, no voy a dejar de besarte —prometió, y volvió a besarla, pero esta vez, con más calma.

Al final se fueron a la fiesta, y allí, como Adrián una vez más lo había vaticinado, la actitud de los presentes cambió hacia Elena.

Ya no la veían con caras extrañas, con recelo o desprecio, ese día eran todo sonrisas y alabanzas para su vestido. Le estrechaban la mano como si fuesen viejos conocidos y hasta algunos se animaban a darle abrazos como si la recibieran luego de un largo viaje.

Ella al principio se mostraba desconcertada, pero luego, por Adrián, regresaba los halagos y aceptaba de buena gana los saludos.

Ese día, como sorpresa, a él le darían un reconocimiento por el aporte que había hecho a la ciudad al ayudar a destapar el entramado de corrupción que afectaba a varias instituciones de salud y fundaciones para pacientes oncológicos.

Además, se haría público el logro de la sociedad que había alcanzado con los asiáticos, que llevaría puestos de trabajo y mejoras para la economía.

Desde ese momento él se convertía en uno de los empresarios más sólidos de todo Seattle. Por supuesto, nadie quería quedar fuera de su círculo social. Y si Elena era una pieza clave para mantenerse junto a él, entonces, ella se convertía desde ese momento en una mujer querida y apoyada.

La cena estuvo llena de atenciones. Internamente Elena odiaba la hipocresía en la que estaba sumergida, pero entendía que así funcionaba el mundo en el que ahora viviría, donde el interés se hallaba por encima de la lealtad.

—Te dije que todo cambiaría, pero no pensé que fuese tan pronto —le confesó Adrián al oído mientras el alcalde daba un discurso frente a todos.

—Esto me hace sentir incómoda.

Él la miró con atención.

—Sabes disimularlo bien. Te he visto sonriendo tanto que pensé que lo disfrutabas.

—Me duelen las mejillas y la mandíbula de tanto sonreír para mantener las apariencias.

Él no pudo evitar mostrarse divertido por sus palabras.

—Aguanta un poco más, en unos minutos nos vamos. Ya quiero estar en mi cama, contigo desnuda, haciéndote el amor.

Elena agrandó los ojos y lo observó impactada.

—Deja de decirme esas cosas delante de la prensa. ¿No ves que tienen cámaras dirigidas hacia nosotros? Alguien podría saber leer los labios y descubrirán lo que decimos.

—Pues, que lo hagan —habló alzando los hombros con indiferencia—. Que sepan que amo a mi mujer y le hago el amor todas las noches. Así se escandalizan por completo.

Aquello la hizo reír de verdad. Tuvo que taparse la boca para evitar que sonara su risa e interrumpiera la intervención del alcalde, pero de pronto el hombre nombró a Adrián y tuvieron que ponerse serios.

Lo llamaba para que diera unas palabras antes de recibir su reconocimiento.

Él subió al escenario algo tenso, no le gustaba mucho hablar en público para cosas que no fuesen negocios, pero igual se acomodó el traje y se paró frente a los invitados iniciando un discurso improvisado lleno de agradecimientos.

Uno que terminó de forma abrupta, porque alguien, oculto al final del salón, sacó un arma y disparó dos veces hacia él, tumbándolo al suelo.

Y creando en el salón un caos de gritos y huidas aparatosas.