Capítulo 120. Resoluciones.
Las pruebas que Jeremy le dejó, en realidad fueron contundentes. Adrián enseguida se las entregó a los detectives del FBI y ellos casi hicieron una celebración al recibirlas.
Para sustentar algunas partes de aquella investigación necesitaban la declaración del hombre, pero Jeremy había desaparecido por completo. Llevaban días buscándolo sin dar con su paradero. Era como si se hubiese desmaterializado.
—De verdad este problema va mucho más allá de lo que hubiésemos imaginado —le comentó Elena un día en que Adrián la llevó a cenar a un lugar exclusivo, en una salida solo para ellos dos.
Ahora que no tenían nada que esconder, porque ya todos sus secretos eran públicos, decidieron salir juntos en plan de pareja estable y comprometida, ignorando las miradas extrañas que algunos les dedicaban.
Había personas que consideraban un escándalo que el empresario Adrián McGrath estuviese a punto de casarse y tener un hijo con la niñera de sus trillizos, a pesar de que se sabía que Elena era mucho más que eso.
—Te confieso que me alivia que haya sido Jeremy quien haya divulgado esas noticias y no nosotros. Tarde o temprano íbamos a toparnos con ellas durante nuestra investigación.
Elena respiró hondo, tratando de asimilar la entramada red de corrupción y narcotráfico que había armado Dairus Cohen durante casi una década. Que incluía a cárteles de la droga, políticos y empresarios de gran renombre.
El caso pasó de ser un robo y saboteo a los barcos que Adrián movilizaba, reteniendo y perdiendo medicinas que eran prioritarias para pacientes oncológicos, a un amplio cúmulo de acciones ilícitas que podría no tener fin.
—Los más involucrados ahora son Miles Royce y el propio Jeremy, porque ambos han sido quienes aportaron la información más delicada —comentó Adrián, terminando su cena—.
Nosotros ya aportamos la parte que nos corresponde.
Hasta nuestros nombres han dejado de resonar en los medios, ya que no tienen tanto peso.
—Espero podamos salir de esto pronto —comentó ella.
Adrián tomó su mano por encima de la mesa.
—Ya no tenemos que dar más declaraciones, al menos, hasta que comiencen los juicios. Así que intentemos pasar nuestros días en tranquilidad, llevando nuestra vida lo más normal posible.
Ella asintió y le sonrió con dulzura como respuesta.
Al terminar de comer salieron de allí y fueron al puerto, donde pasearon un rato disfrutando del calor del final del verano. Algunas personas conocidas los detenían para saludarlos, cuando eso pasaba, Elena se tensaba.
Se sentía incómoda con las miradas escrutadoras y en ocasiones, acusadoras, que le dirigían algunos.
Por suerte, esa noche fueron amables con ella. Empezaban a tratarla con el respeto que se merecía una McGrath. Veían que Adrián nunca la soltaba y siempre procuraba incluirla en las conversaciones, manteniéndola a su lado.
El amor y el interés que él demostraba por ella era tan evidente, que comenzaba a doblegar a quienes aún mantenían cierto recelo. Él poco a poco se convertía en uno de los hombres más importantes de Seattle. Todos preferían tenerlo como amigo.
Días después, Adrián recibió en su casa una visita que no había esperado. Eugine Ferguson se reunió con él.
El hombre había pedido una licencia de unas semanas en la empresa, para resolver problemas familiares y hacer sus declaraciones en la policía.
—Eugine. —Adrián lo recibió de pie, estrechando con camaradería su mano.
—Gracias por recibirme, lamento venir a tu casa a molestarte y no ir directamente a la empresa, pero quería mantener esta conversación lo más privada posible.
—No hay problema. Me enteré del problema que habías tenido con tu esposa por culpa de Jeremy.
Eugine sonrió con poca gracia y aceptó la invitación del hombre de sentarse en un sofá.
Adrián se acercó al minibar y sirvió dos vasos de whiskey.
—Fue una situación muy difícil de manejar. Jeremy logró acorralarme, me había metido en algunas deudas con él y con eso me manipuló.
—Eso le reclamé cuando vino a hablar conmigo —confesó, entregándole a su invitado la bebida y sentándose a su lado—. Sus métodos para conseguir información fueron muy crueles. Nunca le importó el daño que podía hacerle a otro, solo obtener pruebas para inculpar a Dairus.
—Estaba obsesionado con eso —reveló Eugine dando un trago a su whiskey—. Parecía vivir solo para eso. Lo odiaba. Solo quería verlo tras las rejas y asegurarse de que no saliera de allí nunca.
—Y eso va a lograr. A Dairus nada ni nadie podrán salvarlo de la cárcel. El peso de todas las denuncias y de todas esas pruebas lo hunden hasta el fondo. Pero ¿lograste resolver el problema con tu esposa?
—Estoy en eso, al menos, logré convencerla de que volviera a casa. Las niñas la necesitan. A pesar de que han tenido a su niñera las veinticuatro horas, no es lo mismo estar con su madre.
—Eso es verdad. Aunque te esfuerces por darles todo lo que les hace falta, siempre requerirán de ese afecto que solo una madre puede darles.
Eugine lo miró con tristeza, sabiendo que su caso era diferente. Adrián ya no podía recuperar a la madre de sus hijos.
—Bueno, siempre hay excepciones. Como sucedió contigo, que pudiste encontrar a alguien idóneo para tus trillizos.
Él sonrió, complacido.
—Sí. Elena ha sabido cubrir esa falta, pero nunca será lo mismo. Sin embargo, su presencia ha sido muy positiva para los niños. Ellos ahora son más abiertos con otros y más unidos como hermanos.
—Tienes razón. Melany me ha contado que ahora tienen un grupo de amigos y hacen planes para el comienzo de las clases.
—Hasta se reúnen en ocasiones aquí en la mansión.
Todavía no me acostumbro a tener a niños corriendo por toda la casa, gritando y riendo.
Siempre habíamos sido los trillizos y yo y ellos se mantenían callados y aislados en su mundo.
Pero ahora, por suerte, todo ha cambiado. Y pronto, vendrán más cambios.
—Sí, cuando llegue el cuarto hermanito. Te aseguro que los hijos menores son más terribles —bromeó y esta vez ambos pudieron sonreír con sinceridad.
El momento sirvió para relajar el ambiente.
—¿Cuándo regresarás al trabajo? Si necesitas más tiempo para…
—Noooo —lo interrumpió Eugine—. Ya terminé de dar mis declaraciones en la policía y he hecho todo lo posible para resolver el problema con mi esposa.
Ahora debo dejar todo al tiempo. Ella volverá a casa y la convivencia será la única que podrá demostrarle que las cosas serán diferentes y ya no tendremos más presiones externas.
Además, necesito trabajar para pagar mis deudas y mantener a mis tres exigentes niñas.
Adrián sonrió y le palmeó un hombro.
—Me alegro que todo esté marchando bien para ti, amigo. Y sabes que si alguna vez vuelve a suceder algo similar a lo de Jeremy, que esperamos no ocurra, te pido que confíes en mí. Habla conmigo de cualquier problema, te prometo que te apoyaré.
—Gracias, de verdad. Yo… me llené de temores, sobre todo, por las amenazas hacia mi esposa y por la presión que ella misma generó en mí. Me sentí entre la espada y la pared. Pero eso no volverá a suceder, yo aprendo rápido de mis errores.
—Yo también, esto ha sido una lección para todos.
Eugine se bebió de un solo trago el whiskey que quedaba en su vaso y se puso de pie en medio de un suspiro.
—Bueno, mañana regresaré a la empresa y ocuparé mi puesto. He sabido que hay mucho trabajo pendiente.
Adrián tomó el vaso vacío de su invitado y lo puso en una mesa junto al suyo.
—Sí, todo se triplicó por las negociaciones con los asiáticos. Es posible que esta semana firmemos el contrato.
—¡¿Esta semana?! —preguntó sorprendido.
—Lo único que lo retrasaba era la situación con el FBI, pero los chinos consideran que ya ese asunto está bien encaminado y están un poco desesperados. Quieren instalarse ya en el país y comenzar la mudanza lo más pronto posible.
La sonrisa de Eugine tembló. Él sabía que aquella era una buena oportunidad de crecimiento para la empresa, pero también, una carga muy pesada que debían llevar.
—Entonces, esta será una semana decisiva para todos. En todos los sentidos.
Adrián asintió.
—Así es, amigo. En todos los sentidos —aceptó con resignación, sabiendo que los cambios más trascendentales para él, tanto a nivel profesional como personal, se darían en esos días.
Debía enfrentarlos con firmeza.