Capítulo 119. Pruebas.
Jeremy entró en el despacho con postura altanera. Ni en sus peores momentos perdía su actitud prepotente.
Adrián lo recibió de pie, muy serio. La última vez que había cruzado miradas fue cuando él acorraló a Elena en un restaurante con ayuda de Jacob, para amenazarla. Ninguno de los dos tenía la mejor opinión del otro.
Para Jeremy, Adrián siempre fue un cómplice de su padre, quien lo protegía para que pudiese hacer sus fechorías gracias a la protección de su empresa sin que nadie se diera cuenta.
Y para Adrián, Jeremy era un niño mimado que nunca se había ganado nada por su propia cuenta, pisoteando a los demás y aprovechándose de su posición en la sociedad para aplastar a quien quisiera.
—¿A qué viniste? No deberías estar aquí, sino en la comisaría —dijo Adrián como saludo.
Jeremy solo mostró una media sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Sé muy bien lo que debo hacer, cuándo y cómo —respondió soberbio y se sentó con elegancia en una silla sin que lo invitaran.
—Si de verdad supieses lo que tienes que hacer no estarías aquí. La policía y el FBI apenas comienzan a armar los casos en contra de tu padre y hasta donde tengo entendido, eres uno de los principales interesados en que él esté tras las rejas.
—Así es.
—Entonces, ¿por qué no estás colaborando? Según me han dicho, eres quien posee más información en su contra. Llevas años reuniendo pruebas para hundirlo.
—No soy idiota, Adrián. ¿Crees que no sé qué a pesar de ser quien más puede hundirlo, también poseo denuncias? Tú fuiste una de las primeras personas que me incriminó.
—Tus métodos para descubrir a tu padre nunca fueron los más idóneos. Has protegido sus negociaciones solo por obtener pruebas, sin importante la gente que ha sufrido por eso.
—En todo conflicto hay daños colaterales.
Eso enfadó a Adrián y lo obligó a perder la compostura para acercarse a él con actitud desafiante.
—¿Daños colaterales, miserable? La muerte de tantas personas, entre ellas, mi esposa, ¿te parecen daños colaterales?
Jeremy lo observó muy serio. Sin poder ocultar, en el brillo de su mirada, lo intimidado que se sentía.
—¿De qué te quejas, Adrián? Mónica igual iba a morir, su enfermedad era irreversible, y esta situación terminó atrayendo hacia a ti a alguien más. Ni tu ni tus hijos quedarán solos.
Adrián gruñó por el enfado y estuvo a punto de lanzarse sobre él para golpearlo cuando escuchó que tocaban a la puerta del despacho.
Se irguió, buscando recomponerse, sin quitarle la mirada de encima a Jeremy.
—Adelante.
Al abrirse la puerta, Leo pasó a la oficina corriendo hacia él con una gran sonrisa en el rostro.
—¡Papá, ya no tengo la escayola! —dijo, abrazándolo por la cintura.
Adrián lo abrazó también, manteniendo su vigilancia en Jeremy, quien de pronto se sintió incómodo y se puso de pie. Al mirar hacia la puerta, vio a Elena parada bajo el marco junto a los otros dos trillizos. Todos ellos perdieron la sonrisa al verlo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Adrián hacia su hijo, llamando la atención de Jeremy.
—Mejor. El doctor que dijo que estoy muy bien, pero tengo que ser precavido y hacer unos ejercicios para fortalecer la pierna.
—Bien. En unos minutos me mostrarás las indicaciones que te mandó. Ahora quiero que vayas con tus hermanos al piso superior y me esperen allí. ¿Es posible?
Leo asintió, mirando con recelo a la molesta visita antes de ir a la puerta y reunirse con sus hermanos. Enseguida los tres se retiraron, solo Elena se quedó, insegura si marcharse o no. No confiaba en Jeremy.
Adrián se aproximó a ella y le acarició el rostro con una mano.
—Dame un momento para terminar de conversar con él, luego me reúno con ustedes.
—¿Seguro? —preguntó ella, dando ocasionales ojeadas hacia el hombre.
—Seguro —garantizó él, y le dio un beso en los labios para darle más tranquilidad.
Elena al fin salió siguiendo a los trillizos y dejándolos de nuevo solos.
—¿A qué demonios viniste, Jeremy? —preguntó Adrián con enfado al cerrar la puerta y darle de nuevo la cara, dejando en evidencia su ansiedad porque se fuera de su casa y los dejara en paz.
—Le entregué a tu mayordomo unas cajas con toda la información que manejo de mi padre: informes, videos, declaraciones, audios, todo lo que he podido reunir en más de cinco años de vigilancia.
Adrián lo miró sorprendido.
—¿Por qué trajiste eso aquí?
—Porque no puedo ir a la policía. Sabes que me dejarán encerrado también, por encubrimiento, aunque lo que hice fue para poder atraparlo. No es posible obtener pruebas en su contra si no lo dejaba actuar.
—Te entiendo, pero han sido más de cinco años. ¿Cuándo pensabas pararlo?
—Su red de contactos es muy amplia y poderosa.
Hay gente que lo apoya que requiere más de una o dos acciones para poder inculparlos, y tienen el poder para rebatir mis denuncias.
Por eso quise detener a Elena y a ti mismo cuando intentaron descubrirlo.
Era necesario que lo atraparan con esa droga en las manos, moviendo a sus contactos y llevando a cabo sus fechorías.
Sin eso no habrá poder que lo mantenga tras las rejas.
Adrián no pudo rebatir sus palabras, sabiendo que eran muy ciertas.
—Tú y Elena no han sido los únicos que han perdido a seres queridos por su culpa —habló Jeremy, recordando a su madre—. Y él no es el único monstruo en esta historia, hay muchos y más poderosos que él. Detener a Dairus no es suficiente, hay que detenerlos a todos. Por eso no podía actuar rápido.
Jeremy se irguió, acomodando su ropa, dando a entender que ya pensaba marcharse.
—Haz lo que consideres necesario con esa información. Allí no solo hay pruebas contundentes en su contra, sino en contra de esa red que lo apoyaba. Con eso podrás meter a todos a prisión y esperamos que sea suficiente para mantenerlos allí por mucho tiempo.
Dio varios pasos en dirección a la puerta, pasando por su lado.
—Sé más precavido en el futuro. No confíes tanto en esa gente entusiasta que te hace creer que quiere lo mejor para ti cuando lo que buscan es aprovecharse. Y cuídate de Ángelo Towsen.
Adrián apretó el ceño. A Ángelo llevaban semanas buscándolo, al igual que a Jeremy, sin poder dar con su paradero. Él había sido la mano derecha de Dairus en la empresa, quien lo ayudaba a conseguir la financiación para sus acciones delictivas.
—¿Sabes dónde está?
—No, pero sé que está furioso y asustado. No pierdas la vigilancia, o podría darte una amarga sorpresa.
Jeremy se llegó a la puerta, pero antes de abrir giró el rostro para mirarlo.
—Que tengas una buena vida con tu familia —deseó antes de marcharse.