La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 118. Por buen camino.
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Capítulo 118. Por buen camino.

El revuelo que se armó alrededor de los McGrath fue titánico. La viralización de los videos de Dairus Cohen siendo apresado por la policía y por el FBI con la nariz rota, atrajo muchísimo más la atención de los medios de comunicación.

No había lugar al que ellos fueran donde no hubiese periodistas o creadores de contenido exigiéndoles unas palabras o captando imágenes.

No solo se habían hecho famosos por destapar uno de los casos más grandes de corrupción estatal y narcotráfico de la ciudad, sino por protagonizar uno de los romances prohibidos más interesantes en la alta sociedad.

El escándalo de que Adrián McGrath había embarazado a la niñera de sus hijos, quien en realidad era una abogada encubierta que pretendía descubrir su implicación en la red de corrupción y distribución de drogas que investigaba, despertó la curiosidad y la ansiedad del público.

Lo que más se consumía en los medios era información sobre ellos, convirtiéndose de la noche a la mañana en el centro de las conversaciones en casi todo el país.

—Señora McGrath, pase por aquí.

Leo se carcajeó ante la forma en que la enfermera de la clínica a la que visitaban había tratado a Elena.

—No soy aún la señora McGrath —aclaró ella, mirando con ojos llenos de advertencias al niño, que no paraba de reír—. Todavía soy la señora Whitman.

—Oh, lo siento. Pensé que ya era la señora McGrath por todo lo que se dice en internet.

Elena respiró hondo.

—En internet se dicen muchas cosas. No crea todo lo que lea allí.

—Pero señora McGrath suena mejor que señora Whitman —agregó Leo con una sonrisa amplia, ganándose un suave manotazo de Elena en el hombro.

—Todo a su tiempo, niño —lo regañó ella antes de alborotarle los cabellos y ayudarlo a levantarse con sus muletas para entrar en el consultorio del doctor.

Ese día iban a realizarle una última placa a su pierna para evaluar su estado y se esperaba que le quitaran la escayola. Él estaba muy feliz con la noticia. Decía que al fin le arrancarían las cadenas que lo limitaban.

A la consulta solo había acudido ella con el niño y cuatro guardaespaldas, así no llamaban mucho la atención y evitaban a sus acosadores. Entraron a la clínica por la puerta de servicio, la seguridad del lugar los ayudó a pasar lo más desapercibido posible.

Los otros dos niños se quedaron en la mansión con la tía Margaret, que aceptó irse a vivir con ellos para estar más segura y ayudar a Elena con los trillizos y con su embarazo, que esas semanas, por culpa de tanto ajetreo le causaba molestias.

A la tía también la perseguían para obtener alguna declaración, ya que se hicieron públicas todas las amenazas que ella y los antiguos empleados de la empresa del padre de Elena habían recibido de parte de Dairus Cohen.

Aquel hombre llevaba apenas dos semanas detenido siendo interrogado por el FBI y ya se habían hecho públicos un montón de delitos que había cometido en casi diez años.

Además de Adrián, decenas de empresarios se unieron para denunciar sus estafas, extorsiones, robos y amenazas.

Crímenes que realizó para mantener su red de distribución de drogas y medicinas ilegales por una gran parte del país.

Muchos con apoyo de personas del gobierno, de otros empresarios y de importantes personalidades.

—El hecho de que te quitemos la escayola no quiere decir que vas a enloquecer como hacen los perritos cuando les abren la puerta de la casa —advirtió el doctor a Leo mientras le retiraba el yeso—.

Debes mantener ciertos cuidados las primeras semanas y realizar una serie de ejercicios que voy a indicarte para que recuperes la fortaleza de la pierna.

Eso se lo dijo porque el niño parecía ansioso mientras lo atendían, como si estuviese esperando no tener la escayola para saltar por todo el consultorio.

—Pero, ¿podré correr y jugar con mis hermanos y mis amigos en el patio?

—Por supuesto, pero con precaución —respondió el hombre con una sonrisa, antes de comenzar a recitarle infinidad de indicaciones que el chico ni escuchaba.

Elena era quien se mantenía atenta para así poder darle razón a Adrián cuando llegaran a la mansión.

Él ese día se había quedado trabajando en casa. Lo hacía cada vez que podía. Prefería estar cerca de los suyos mientras las aguas estaban revueltas para así asegurarse que estaban bien.

Había trasladado parte de su oficina a la mansión, hasta la secretaria tenía instalado un escritorio en su despacho. No podía dejar nada para después porque aquellos sucesos modificaron un poco su estructura de trabajo.

Varios inversores aliados de Dairus fueron sacados de los negocios de la empresa, así como su personal de confianza. Se realizaron despidos, pero también, muchas nuevas contrataciones. Había personal siendo entrenado y estaban en la cacería de nuevos asociados.

Por suerte, la firme decisión de los asiáticos de seguir negociando con él a pesar de lo sucedido, evitaba que cayera en alguna crisis. Si esos empresarios confiaban en sus gestiones, los demás también lo hacían.

—Señor McGrath, ya está asegurada la fecha para la próxima reunión del consejo de inversores, donde se elegirá a la nueva directiva de trabajo —notificó la secretaria entregándole varios documentos para su firma—.

Y del departamento de logística y tráfico enviaron el informe del estado actual de la flota de camiones, semirremolques o grúas que la empresa posee.

Adrián recibió con interés el informe que la mujer había mencionado dejando el resto de las tareas de lado para revisarlo.

—Esta es una buena noticia. Me urge saber con qué cuento para atender las nuevas contrataciones. Se nos triplicó el trabajo de pronto.

—La noticia de la sociedad con los empresarios de China ha sido buena publicidad para usted, que opaca los conflictos que ha tenido que enfrentar por la traición del señor Cohen.

Adrián sonrió de medio lado.

—Querían verme hundido y de verdad lo hicieron, pero de trabajo. Estas semanas la empresa ha tenido más contrataciones desde su fundación, y eso que aún no comenzamos a trabajar para esa gente.

La satisfacción brilló en los ojos del hombre mientras se recostaba en su butaca a leer aquel material. A pesar de sus muchas tareas pendientes, se sentía tranquilo. Todo al fin marchaba por el camino indicado.

Pero su mayordomo entró en ese momento al despacho rompiendo su paz.

—Disculpe, señor McGrath, pero hay una visita que solicita verlo. Dice que es urgente.

—¿Quién? —preguntó molesto, ya cansado de las malas sorpresas.

—El señor Jeremy Cohen, señor.

Adrián quedó paralizado. Desde que apresaron a Dairus, Jeremy había desaparecido del mapa. Nadie sabía dónde estaba.

La policía y el FBI lo buscaban para interrogarlo, pero ni siquiera lograban dar con él a través de sus amigos y conocidos. Creyeron que se había escapado del país con rumbo desconocido.

¿Por qué de pronto aparecía y, en vez de ir a la policía y cumplir con sus obligaciones, visitaba su casa?