La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 117. Vigilancia.
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Capítulo 117. Vigilancia.

Luego de pasar horas en la comisaría realizando todas las declaraciones necesarias y entregando el material que habían reunido del caso, Adrián y Elena al fin pudieron salir de ese lugar.

Se enteraron que Miles Royce aún se hallaba con los detectives del FBI, confesando todo lo que sabía. Ellos esperaban que esa información fuese suficiente para comenzar a emitir detenciones y atrapar a los culpables, antes de que hiciesen más daño.

Antes de ir a la mansión, Adrián debió pasar por la empresa.

Los socios e inversores estaban muy nerviosos por lo que veían en los medios de comunicación y en las redes sociales y exigían establecer una fecha de reunión para proteger a la empresa.

Temían que esos problemas empañaran las negociaciones con los asiáticos.

Elena decidió acompañarlo y se quedó en la sala de juntas mientras él se reunía en su despacho con aquellas personas. La secretaria la recibió y preparó el salón para que ella estuviese cómoda, encendiéndole la televisión y llevándole té.

—Si necesita algo más, señora, no dude en pedírmelo. Estaré muy pendiente de usted —dijo la mujer con sonrisa amable, aunque sin dejar de evaluarla con cierta desconfianza.

Allí muchos la habían conocido como Isabella Reed, la niñera de los trillizos del jefe, e incluso, la creyeron su amante. Ahora se enteraban, a través de lo que se decía en las redes, de su verdadera identidad y de sus intenciones al acercarse a los McGrath y ya no sabían qué pensar de ella.

Les extrañaba que siguiera acompañando a Adrián y que él la protegiera como si fuese una joya de gran valor a pesar de lo que intentó.

Elena en ocasiones se sentía cohibida e incómoda porque podía escucharlos cuchuchear a sus espaldas, sacando sus propias conclusiones, aunque se mantenía lo más serena posible para no crear más fricciones.

Sabía lo que se le vendría encima, tenía que ser muy fuerte para enfrentar la ola de chismes y comentarios que se desatarían cuando todos ellos se enteraran que además estaba embarazada.

Agradeció con amabilidad a la mujer antes de que esta la dejara sola.

Pudo haberle pedido al chofer que la llevara a la mansión y no estar allí, pero deseaba apoyar a Adrián.

Él se estaba arriesgando demasiado al protegerla y mantenerla a su lado, lo menos que podía hacer era demostrar que no estaba solo en eso.

Mientras bebía su té le prestó atención a la televisión, al tiempo que revisaba su móvil.

En todos los medios no hacían otra cosa que hablar de los crímenes ocurridos la noche anterior y de la droga que había salido del barco rescatado de Northstar Distribution Corp. Aquello se había vuelto un escándalo.

Cuando llegaron a la empresa tuvieron que esquivar a periodistas y curiosos y Elena sabía que a Adrián lo agobiaban con llamadas y mensajes pidiéndole declaraciones, pero los abogados y el FBI les prohibieron hablar para no empañar la investigación.

Más aún, al no tener a los culpables detenidos. Eso podría alertarlos.

—Siempre supe que eras Elena Whitman.

Elena se sobresaltó al escuchar que alguien hablaba a sus espaldas. Enseguida se puso de pie para encararlo, descubriendo que se trataba de Dairus Cohen.

El miedo la embargó. Por instinto miró hacia la puerta, pero esta estaba apenas abierta y nadie se escuchaba en las cercanías.

—¿Qué quiere? —preguntó la mujer con postura firme, para no demostrarle lo asustada que estaba.

Dairus sonrió con malicia y avanzó hacia ella con paso lento, que aparentaba ser casual.

—Aquella vez en que fui a la mansión McGrath y te vi, supe enseguida que eras la hija del difunto Mauricio Whitman. Eres la copia exacta de tu madre.

Elena sintió un ardor de rabia recorrer sus venas al escuchar a aquel asesino mencionar el nombre de su padre.

—¿Y a pesar de saber quién era y a qué venía, no detuvo sus pretensiones y siguió adelante con el traslado de su contrabando? Era evidente que lo descubriría —expuso ella sin preocuparse en ocultar nada.

Ya todo estaba saliendo a la luz, solo quedaba enfrentarlo.

—¿De qué contrabando hablas? —rebatió Dairus haciéndose el desentendido.

Ahora fue Elena quien mostró una sonrisa de petulancia.

—¿No le parece muy tarde para hacerse el inocente? ¿Es consciente que en este momento el FBI maneja su nombre tanto como el de Charlie Silver?

Dairus no solo detuvo su andar, sino que su rostro se convirtió en una máscara endurecida y seria.

Su mirada se volvió aterradora. Era la de un monstruo que, a pesar de haber sido descubierto, seguía dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.

—¿No habría sido más fácil para ti, muchacha, haberte quedado en Nueva York construyendo tu vida, que venir aquí a destruir la de los demás?

—¿Qué vida he destruido aquí? ¿La suya? —preguntó molesta.

—¡La de tu amiga! —acuso severo—. Porque si tú no hubieses revuelto esas aguas, Nicole Barnes y Charlie Silver jamás habrían discutido y llegado a este punto. Fuiste tú quien la asesinó.

Eso indignó a la mujer.

—¡¿Cómo se le ocurre decir eso?! Aquí usted es el único asesino, si no hubiese planeado ese contrabando e involucrando a Charlie y a muchos más en sus negocios sucios, nada de esto habría pasado. Ellos no hubiesen discutido y Nicole no habría muerto.

—¿Cómo se te ocurre llamarme asesino, niña mentirosa?

¡¿Tienes pruebas de eso?! —preguntó furioso, llegándose hasta ella y tomándola con rudeza del brazo— ¿Sabes que puedo demandarte y hundirte en el olvido?

¡¿Qué puedo acusarte públicamente por habernos engañado metiéndote como una ladrona en la vida de todos nosotros y ponernos en peligro?

! —advirtió con un tono más alto de lo indicado, sacudiéndola de forma violenta.

—¡¿Y por qué no me denuncia?! —lo provocó, a pesar del miedo que sentía.

Sabía que a aquel sujeto solo podía enfrentarlo de esa forma. Era un criminal incapaz de sentir compasión por nadie, solo lo asustaba el hecho de ser descubierto.

—Si nunca lo hizo, fue porque no le convenía —siguió Elena—.

Porque sabía que si revelaba mi identidad lo que haría sería destapar toda la basura que ha venido acumulando por cinco años, como sucede ahora.

Como la estafa a la que sometió a mi padre, el acoso en que ha mantenido a empleados y amigos de su empresa y la destrucción intencionada que hizo de esa compañía para poder manipularla.

Usted ha creado decenas de pérdidas y tragedias en este tiempo y pagará por todo eso.

—¿Y quién me hará pagar? ¿Tú? —insistió, con burla. Y con su mano libre la tomó por el cuello, habiendo presión.

Elena se asustó y comenzó a forcejear para librarse de ese agarre que le cortaba el oxígeno.

—Si eres tú eres el problema, muchacha, entonces…

Dairus no pudo continuar con sus amenazas porque en ese momento entró Adrián a la sala de juntas.

Por petición de él, la secretaria le había advertido de su llegada a la empresa. Sabía que si estaba por las cercanías abordaría a Elena.

Adrián enseguida lo apartó, expulsándolo hacia un costado. Lo hizo caer al suelo y se lanzó sobre él para propinarle varios golpes en el rostro hasta dejarle la cara amoratada y con algunos cortes.

La secretaria veía impactada la escena, pero al escuchar a Elena tosiendo en busca de oxígeno, corrió hacia ella para ayudarla a sentarse en una silla y sacó su móvil llamando a la seguridad del edificio.

—¡Eres un hijo de puta! —bramó Adrián rojo por la ira, poniéndose de pie.

Veía con asco y rabia cómo Dairus se revolcaba en el suelo llorando por su nariz partida, con el rostro manchado de sangre.

—No vas a tener otra oportunidad de tocarla porque te voy a hundir en la cárcel, ¿me escuchaste? No vas a seguir maltratando a los míos. Se acabó tu maldito juego en mi empresa.

Dairus se esforzó por ponerse de pie, con la sangre corriéndole por el rostro y el cuello, manchando su ropa.

—Idiota —le dijo, sonriendo con burla—. Siempre has sido un idiota, Adrián McGrath, al creerte el fuerte y el invencible. Cuando en realidad eres un imbécil que nunca se da cuenta de nada.

—Quizás así fui antes —expuso desafiante—, por eso pudiste hacer todo lo que quisiste por años, pero eso se acabó —aseguró, en el momento en que entraban al salón no solo varios empleados de seguridad del edificio, sino tres oficiales de la policía y dos del FBI.

Al verlos, Dairus no solo perdió la sonrisa retorcida que tenía en el rostro, sino su postura segura.

—¿Acaso se te olvidó que este salón, como toda mi empresa, cuenta con vigilancia de cámaras de seguridad? —agregó Adrián, preocupando a Dairus—. Ellos vieron y escucharon todo lo que dijiste —reveló, señalando a los funcionarios—. Tú mismo te hundiste. ¿Ahora quién es el idiota?

—¿Señor Cohen? Soy el agente Owen, del FBI. Tenemos una orden de arresto para usted que agrupa un buen conjunto de casos.

Uno de los agentes se acercó para mostrarle su credencial y la orden de arresto, que Dairus ni se molestó en ver. Lo que hizo fue discutir a los gritos con los oficiales, quienes se vieron obligados a llevárselo esposado ya que él se resistía.

Todos en la empresa vieron cómo lo sacaban de allí y hasta lo grabaron con sus móviles. En segundos se convirtió en la comidilla de las redes sociales.

Cuando lograron subirlo al ascensor acallando sus gritos, Adrián se giró hacia Elena que seguía junto a su secretaria con rostro lloroso.

Enseguida se aproximó a ella para abrazarla. Al sentirse arropada por su calor ella reinició su llanto.

—Ya, tranquila. No pasará nada más —le prometió en susurros, acariciándole los cabellos y secándole las lágrimas del rostro.

Para darle más serenidad, comenzó a besarla con ternura en los labios, sin importarle si lo hacía delante de testigos, quienes veían aquella escena con gran impresión.