Capítulo 115. Difícil de manipular.
Cuando Adrián llegó para almorzar, los encontró aún en la salita del primer piso.
Max seguía interrogando a Elena sobre lo sucedido con la empresa de su padre cinco años atrás, curioso por la relación de ella con la mujer fallecida, mientras Theo y Leo se afanaban en recortar tarjetas para su próximo juego de pistas.
Este, de forma significativa, trataría de un crimen ocurrido sobre un barco carguero donde se distribuía droga escondida dentro de frascos de medicina. Caso que un detective, disfrazado de operario del barco, investigaba.
Adrián se sorprendió al ver los dibujos y los primeros esquemas del juego, y escuchar la explicación de sus hijos sobre las reglas que aún desarrollaban.
—Cuánta creatividad —exclamó sorprendido cuando se dirigían al comedor.
—Los estoy apoyando porque prefiero que ocupen su mente en el juego y no en las mentiras y exageraciones que se están diciendo en las noticias —dijo Elena—.
Escuchar o leer sobre esas cosas los entristece, porque comienzan a mezclar la muerte de Mónica y la de mi madre con esos hechos.
Max ya tuvo un episodio de llanto en la mañana por eso.
Adrián tensó la mandíbula para controlar el enfado.
—Estos días se hablará mucho de ese tema y, aunque él no escuche o lea esas noticias, sus amigos sí lo harán y de seguro, le preguntarán. Debo fortalecerlo para que no se derrumbe cada vez que mencionen a su madre.
Elena respiró hondo, dolida.
—No quiero que sufra. Hemos logrado controlarle lo de las pesadillas, no me gustaría que cayera de nuevo en ellas.
—Eso no pasará, porque ahora no solo me tiene a mí para hablar de sus temores y sacárselos de adentro, sino a ti y a sus hermanos. Antes todos éramos más cerrados, pero gracias a tu insistencia nos hemos vuelto más comunicativos y unidos. Ya no nos sentimos tan solos.
Ella se abrazó a él, enternecida.
—Yo también dejé de sentirme sola, perdida y solo enfocada en una absurda venganza. Perdí mucho tiempo ahogada en dolores, ahora solo quiero vivir de verdad. Disfrutar de tu amor y del amor que nos regalan nuestros hijos.
A Adrián le encantó que Elena mencionara a los trillizos como si también fuesen suyos, que los amara y se preocupara por ellos de la misma forma en que él lo hacía.
La abrazó y besó a profundidad antes de entrar en el comedor.
Eso le demostraba que había hecho una buena elección, que no se había equivocado con ella.
Desde el primer día en que estuvo en esa casa, a pesar de sus sospechas, viendo como ella lograba una buena interacción con los niños superando sus recelos, supo que entre ellos podía existir una relación fuerte. Y eso sucedió.
Elena se los fue ganando poco a poco, sin proponérselo. Ahora resultaba difícil imaginar una vida separados.
Se sentaron en la mesa, juntos, y disfrutaron de una comida tranquila. La agitación incesante que se producía afuera no fue capaz de romper la paz que se había creado en aquel comedor. Las barreras que habían creado como familia soportaban cada una de las sacudidas manteniéndolos a salvo.
Pero eso no evitaba que siguieran recibiendo ataques.
Al terminar de comer y una vez que los niños subieron de nuevo al primer piso para seguir con la creación de su nuevo juego de mesa, el mayordomo se acercó a Adrián para hacerle llegar una notificación.
—Señor, recibí un aviso del jefe de seguridad. El señor Miles Royce está afuera, pide permiso para entrar a la mansión y reunirse con usted.
Elena miró a Adrián con preocupación, notando como él endurecía el rostro molesto por esa inoportuna visita.
—¿Vas a atenderlo? —preguntó ella sorprendida, luego de que él autorizara la entrada de la visita.
—No gano nada con echarlo. Solo que él se vuelva más insistente y comience a buscarme por la empresa o me aborde en la calle.
—Lo único que quiere es aprovecharse de la situación para sacarte dinero. Lo sabes —recordó molesta.
Él dibujó una sonrisa perversa en su rostro.
—Ya veremos quién se aprovecha de quién en esta ocasión —expuso con un tono desafiante que a ella impactó.
No podía olvidar que Adrián McGrath no era ningún tonto fácil de manipular. Ella misma intentó engañarlo en una ocasión y no logró conservar su secreto ni siquiera un día entero. Fue él quien terminó beneficiándose de su situación.
Muchos otros también quisieron hacerlo, incluso, el mismo Miles Royce en una oportunidad, pero él siempre iba un paso más adelante.
Si en una ocasión lo derribaron, fue porque se había concentrado demasiado en su familia perdiendo atención en el resto de los asuntos que lo rodeaban, tomándolo desprevenido.
Pero esa dura lección ya la tenía bien aprendida. Adrián no permitiría que lo golpearan dos veces con la misma piedra.
Se aproximó a ella y la tomó por el rostro para exigir toda su atención.
—Quédate arriba con los niños y descansa, yo me reuniré con Miles en el despacho. Solo estaré con él unos minutos y luego me reúno contigo, recuerda que en un par de horas debemos volver a la comisaría para terminar lo que dejamos pendiente anoche.
Elena puso los ojos en blanco al recordar esa tarea pendiente. Por varios días estarían ocupados atendiendo las exigencias de los oficiales y del FBI, mientras los casos del contrabando de drogas y el asesinato de Nicole se resolvían.
Aceptó con poco ánimo su propuesta y después de compartir otro beso profundo con él subió a la planta superior quedándose con los trillizos.
Adrián se dirigió a su despacho para esperar a Miles. El hombre apareció en el salón manteniendo una sonrisa ancha en su rostro.
—Adrián McGrath, volvemos a encontrarnos.
—¿A qué viniste? No tengo mucho tiempo para atenderte —lo cortó con frialdad, parado muy firme junto a su escritorio y con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón.
Así le dejaba en claro que no se pondrían cómodos para tratar ningún asunto.
Miles alzó las manos en señal de rendición. Fue capaz de captar la tensión en él.
—Solo vine a ver cómo estaban y ofrecerles mi apoyo. He escuchado sobre las noticias devastadoras que los afectan y ustedes son ahora como una familia para mí.
Adrián apretó el ceño.
—Sabes perfectamente lo que sucede. Sé que tienes muchísima información sobre lo ocurrido con mi barco, del saboteo que se produjo para obligar al capitán a cambiar de rumbo y así llevarlo a un puerto diferente donde pudieran manipular la mercancía sin problemas.
Miles mostro un gesto exagerado de sorpresa.
—¿De qué hablas? —preguntó indignado—. Yo, al igual que muchos en Seatlle, estuvimos muy atentos a lo que sucedía y nos alegramos cuando nos enteramos que recuperaste el barco y aseguraste la mercancía.
Había fundaciones angustiadas porque trasladabas medicinas para enfermos crónicos y terminales cuyas vidas pendían de un hilo.
De haberse perdido, habría significado una tragedia.
Adrián sonrió de medio lado, con burla, y se acercó unos pasos a él con postura intimidante.
—Y aun conociendo la gravedad del asunto, decidiste apoyar esa locura.
Miles amplió los ojos y retrocedió.
—¡No apoyé nada! ¡¿Por qué dices eso?!
Adrián se detuvo frente a él, a un par de pasos de distancia, clavando en el hombre una mirada acusadora.
—¿Quieres saber lo que en verdad sucedió en tu casa minutos antes de que nos encontraras a Elena y a mí besándonos en tu salón privado?
Miles perdió los colores del rostro.
—¿Quieres ver las fotografías que Elena tomó en tu despacho de las listas de contactos que les facilitas a Dairus Cohen y a Ángelo Towsen para que ellos puedan hacer sus negocios fraudulentos usando mi empresa como respaldo?
No hubo respuesta, solo más miedo brillando en las pupilas de Royce.
—¿Quieres escuchar los audios que grabamos de las conversaciones que Dairus tuvo con algunos miembros de esa lista y de tus discusiones posteriores con él por culpa de sus nervios?
Miles negó con la cabeza, pero eso no detuvo a Adrián. No le importaba incluir algunas mentiras para desconcertarlo aún más. Necesitaba acorralarlo.
—Sé que fuiste tú quien le pagó al Primer Oficial de mi barco para que saboteara desde adentro el traslado, llevando la mercancía a otro puerto.
No solo tengo pruebas que lo demuestran, sino una declaración jurada del propio hombre revelando toda la información.
¿Quieres que le entregue eso al FBI esta tarde?
¿O prefieres contarles tú mismo la verdad y evitar ir a prisión por el resto de tu miserable vida?
El miedo invadió el organismo del Miles, dejándolo a merced de Adrián.