Capítulo 114. Geniales.
Para Elena, la noticia de la muerte de Nicole fue devastadora.
Si bien su amiga en sus últimos meses le había hecho una mala jugada al delatar lo que hacía en la firma de abogados de Charlie, tanto con él como con el resto de los socios, sin haberse percatado le había hecho un gran favor, le dolió muchísimo lo que le sucedió.
En esa ocasión, ella estuvo a punto de ir a prisión por haber utilizado recursos del bufete sin consultarlo con los dueños, faltando a la confianza que le habían cedido.
El asunto no llegó muy lejos porque Charlie intervino y lo impidió y ella aprovechó para irse a Seattle y así ocuparse de lo verdaderamente importante.
Nicole en esa ocasión había ganado. Sin imaginar que en realidad se condenaba a una vida de humillaciones.
Cuando quiso arreglar las cosas e intentar recuperar la relación con Elena había sido demasiado tarde, pero su codicia la animó a continuar. La avaricia de Nicole era incontrolable y se creyó con la capacidad de detener al monstruo que él mismo había descubierto a cambio de dinero.
—Adrián, ¿qué haremos ahora? —preguntó Elena con la mirada perdida.
Ambos se encontraban en la comisaría, junto a los abogados de Adrián. Debieron dar declaraciones sobre Nicole y los motivos de su estadía en Seattle, así como de Charlie Silver y la estafa en la que él había participado cinco años atrás, junto a otros socios, para robarse la empresa de su padre.
—Debemos esperar a que los abogados terminen de convencer a los policías para regresar a casa. Son casi las cuatro de la madrugada y tú estás embarazada. No pueden retenerte más tiempo aquí.
—No me iré sin ti —expuso ella con firmeza y compartió una mirada dura con el hombre.
—Elena, voy a estar bien. No estaré solo y tú necesitas descansar.
—Lo haré si duermes a mi lado. Si no estás en la cama no pegaré un ojo.
Él torció el rostro en una mueca de desagrado y la abrazó por los hombros con un brazo para apoyarla contra su hombro.
—Escucha, estaremos juntos, ahora más que nunca, pero no quiero afectar al bebé.
Además, cuando los trillizos se despierten, quiero que nos encuentre a alguno de nosotros en casa, para que les podamos explicar lo que sucede.
Por lo que sucedió y nuestra declaración, ya se debe estar corriendo por las redes sociales que eres Elena Whitman y la noticia aparecerá mañana en todos los diarios.
Quiero que ellos sepan lo que pasa por nuestra boca, no porque alguien más les cuente.
Ahora fue ella quien torció el rostro en una mueca, pero no rebatió sus palabras. Cerró los ojos y se quedó allí, abrigada por su calor mientras se esforzaba por no recordar a su amiga y agitar más su llanto.
Por suerte, lo abogados no solo lograron que le permitieran a Elena marcharse y acudir al día siguiente a la comisaría para continuar con las investigaciones, sino que Adrián también pudo hacerlo.
De esa forma, ambos se dirigieron a la mansión en un silencio absorbente. Los dos lo necesitaban para asentar sus ideas y emociones.
Enseguida fueron a su habitación y se prepararon para dormir. Elena estaba agotada. Cuando despertó, era casi mediodía y él no estaba. El mayordomo le había dejado desayuno en la habitación, uno que ella no desperdició. Estaba hambrienta.
Al salir y encontrarse con el hombre dirigiendo las labores de limpieza, le preguntó por Adrián.
—¿Sabes si está en la comisaría? Lo llamo y no me atiende el móvil, ni me responde los mensajes.
—No, señora. El señor McGrath fue a la empresa, tenía una reunión de emergencia con unos socios. Me dijo que vendría a almorzar con ustedes.
Ella se relajó un poco. Pensó que él se había ido a la policía sin ella, sacándola de aquel problema y asumiendo todo.
—¿Y los trillizos?
—Están en el patio, conversando.
—¿Conversando?
—Sí, han pasado allí casi toda la mañana, sentados en las mesas junto a la piscina.
Ella bajó para encontrarse con ellos, consiguiéndolos pegados a sus móviles.
—¿Qué hacen?
Los tres se sobresaltaron al escucharla. Max y Leo trataron de esconder sus teléfonos. Theo ni se molestó, sabía que ya ella ya los había visto.
—Dicen muchas cosas de ti y de papá en las redes sociales —informó el niño.
—Ya todos saben que eres Elena Whitman —agregó Max.
Ella chasqueó la lengua con desagrado y se sentó en una silla junto a ellos.
—Anoche ocurrió algo muy feo y Adrián y yo tuvimos que ir a la policía a declarar. No puedo hacer eso con un nombre falso o me llevan a prisión.
—¿Es por la muerte de la señora esa, la que vino hace unos días a visitarte? —quiso saber Leo.
—Sí. Ella estudió conmigo en la universidad y fue mi amiga hasta hace un tiempo. Vino a Seattle a traerme unos documentos y se comprometió con Adrián a encontrar una información para él antes de irse. Por eso la mataron.
—¿Pueden señalar a papá como culpable de ese hecho? —indagó Theo.
—No. Nosotros nunca imaginamos que las cosas terminarían así, que ese… hombre —dijo con enfado, pensando en Charlie—, podría ser tan loco de asesinarla.
—Dicen que lo hizo por esos documentos —habló Max, revisando de nuevo en su móvil.
—Esos papeles lo inculpan a un delito de hace cinco años, tal vez por eso se desesperó. Aunque eso no es excusa para que asesinara a mi amiga y lanzara su cuerpo a la bahía.
—Se habrá enfadado mucho. Lo bueno es que ya lo tienen detenido —reveló Theo, revisando también su teléfono.
Elena pensó en Charlie. Durante la noche, mientras estuvo en la comisaría, pidió hablar con él pero no le concedieron el permiso. Recién habían iniciado las averiguaciones del caso y era imposible llegar a él.
Adrián había levantado la alarma a la policía de lo sucedido y esta fue a allanar el galpón antes de que trasladaran el primer cargamento de cajas.
No solo se lo llevaron a él y buscaron el cuerpo de Nicole, sino que decomisaron y revisaron la mercancía, descubriendo que se trataba de Fentanilo.
Una de las drogas más dañinas que existían en el mercado ilegal.
El caso iba a pasar al FBI por la delicadeza del asunto. Por eso tenían a Charlie aislado.
Ella hubiese querido pedirle muchas explicaciones y reclamarle por haberle quitado la vida a Nicole de esa manera, pero se quedó con sus reproches y rabias atoradas en la garganta.
—Chicos, dejemos los teléfonos y vayamos adentro a hacer cualquier otra cosa. No se sigan envenenando la mente con esas noticias.
—Todos en la ciudad ya saben lo que pasa y quien eres tú en realidad —recordó Leo—. Melany me llamó hace un rato y el resto de nuestro amigos también. Están sorprendidos.
Elena se frotó la frente, con cansancio.
—Lo siento. Esto es… injusto.
—Habíamos planeado pedirle a papá permiso para invitarlos de nuevo a casa, pero solo a pasar una tarde juntos, charlando —aclaró Theo—. Por esto, ¿no lo podremos hacer?
—No por ahora. Al menos, por una o dos semanas, hasta que todo se calme. Su papá aprovechará la ocasión para denunciar lo que está pasando en la empresa con la mercancía que se le pierde desde hace años, ya que las cajas recuperadas anoche habían estado en su barco.
—Entonces, ¿es cierto? ¿Esa droga era de él? —preguntó Max, asombrado.
—No era de él —aseguró Elena, muy seria—. Alguien está usando los envíos de su padre para trasladar ese contrabando y ahora él debe explicar esa situación para ver de dónde proviene esa droga y saber quién de verdad la trae al país.
—Interesante —dijo Theo con una sonrisa en los labios.
Elena sonrió con poca gracia.
—No es interesante, es un problema muy serio. Vayamos adentro y les explicaré todo. No crean mucho lo que dice la prensa y los opinadores de las redes sociales, porque ellos exageran.
—Nuestros amigos también quieren saber la verdad —expuso Max, poniéndose de pie—. Creen que papá y tú son geniales.
—Sí, me dicen lo mismo —aseguró Theo.
—A mí también —completó Leo.
Elena los miró sorprendida.
—¿Geniales? ¿Por estar implicados en asesinatos y problemas de narcotráfico?
—¡Claro! —alabó Theo—. Y resolver casos como si fuesen detectives. Tienes que contarme cómo hicieron para hallar las pistas para denunciar a ese hombre y saber que esa mercancía estaba allí. Haré un juego de pistas con esa información.
Elena puso los ojos en blanco mientras entraban a la casa. Lo que para ellos, en su inocencia, podía significar algo divertido, como si estuviesen leyendo un libro de historietas, para ella y Adrián era un asunto muy serio.
No sabía cuánto tiempo y cuanto estrés produciría aquel problema, ni cómo reaccionarían sus enemigos frente a lo sucedido.
Eso iba a desnudar a los verdaderos culpables de aquel hecho. Algo que podría ser peligroso.