Capítulo 112. Un cambio positivo.
Luego de que Nicole y Jacob se marcharan de la mansión, la actividad de los niños pudo continuar como la habían planeado.
Todos ellos estaban más animados y dispuestos a disfrutar juntos por los momentos divertidos de la mañana, que lograron que los tres grupos se unieran y trabajaran como un mismo equipo.
Adrián veía fascinado como sus hijos, que antes eran individualistas y recelosos con sus cosas, ahora estaban abiertos a compartir y hasta permitían que tuviesen interacción los amigos de uno con los del otro.
Max y Theo, que solían ser desconfiados y altaneros con Melany, por pretender robarles la atención de su hermano Leo, ahora conversaban con ella y hasta la invitaban de buena manera a sus juegos.
Y Leo, que siempre se mantenía al margen porque le costaba tener interacción con otros, conversaba sin problemas con los amigos de Theo y hasta hacía competencias con la amiga de Max.
En tan solo unos meses los trillizos habían cambiado por completo sus actitudes. Era evidente que Elena había generado una buena influencia en ellos.
—A Harper van a inscribirla en nuestra escuela —anunció Max mientras tenían una cena de pizza, papas fritas y nuggets en el comedor.
—Sí, convencí a mi mamá, porque varios del equipo de esgrima estudian allí —respondió la chica antes de meterse varias papas en la boca.
—Ojalá te toque estudiar con nosotros —agregó Melany.
—Sería divertido —opinó Leo, sonriente.
—Yo como que también convenceré a mis papás de que me cambien a esa escuela —expuso Phillip.
—Si lo logras, podría considerar formar contigo un club de literatura policial —reveló Theo—. La profesora de literatura me lo ha propuesto varias veces, pero nunca me he animado porque en esa escuela nadie lee.
—Si haces juegos de pistas como los que jugamos hoy, muchos se interesarán —agregó Levy, que no podía unirse a ese grupo de literatura porque ya estaba en la secundaria.
—Cierto —habló Irene, la niñera de las Ferguson—.
Hoy se divirtieron un montón y sin proponérselo, aprendieron sobre novelas de detectives y de sus personajes.
Hasta yo aprendí, que no participé en los juegos —comentó la mujer, limpiando con una servilleta la boca de Lucy que estaba manchada de kétchup.
—Yo también aprendí solo escuchándolos resolver las pistas —dijo Elena, evaluando a Daniela que dormía muy tranquila en su cochecito, luego de haber tomado su leche.
Theo miró a Phillip con mayor interés.
—Tal vez te ayude a convencer a tus papás de que te cambien de escuela. Así formamos juntos el club.
Phillip sonrió.
—Si tu papá va con nosotros, los convenceremos más.
Ahora todos posaron sus miradas ansiosas en Adrián, que arqueó las cejas, algo intimidado.
—¿Yo?
—Mi papá es periodista de negocios y conoce mucho de usted. Dice que es una persona inteligente y que si se lo propone, podría ser presidente del país.
Elena lo miró entre divertida y asombrada, así como los niños.
—Papá, si te haces presidente, yo seré tu jefe de seguridad —pidió Max, arrancando risas en todos.
—Dudo que me interese por la presidencia, pero… acepto ayudar con el tema del cambio de colegio.
—¿De verdad? —preguntaron Phillip y Theo al mismo tiempo, emocionados.
—Seguro. Me gustaría que Theo tuviese en clases a un amigo que comparta sus mismos intereses, así como lo tiene Leo y ahora lo tendrá Max.
—Podríamos hacer grupos para los trabajos y las exposiciones —propuso Leo y a todos les pareció una idea genial.
—Cuando se reúnan para estudiar me llaman y los ayudo —aportó Levy, motivando más al resto. Enseguida todos comenzaron a hacer planes para el próximo año escolar, como si al día siguiente empezaran las clases.
Adrián y Elena compartieron una mirada satisfecha. Por lo visto, el próximo año escolar iba a ser muy diferente para los trillizos y de seguro, menos complicado y traumático. Un cambio que merecían.
Al terminar el postre llegaron los autos que regresarían a los invitados a sus casas. Cuando todos se marcharon, los niños se encerraron en la habitación de Leo a comentar lo sucedido ese día, con rostros felices.
—Bueno, a pesar de los inconvenientes de la mañana, el día estuvo perfecto. ¿No te parece? —preguntó Elena cuando ambos ya estaban en su habitación.
Adrián se quitó la chaqueta del traje y la abrazó por la cintura pegándola a su cuerpo.
—Todo estuvo perfecto gracias a ti. Recuerda que esta fue tu idea y tú los acompañaste y animaste en cada paso, siempre pensando en el bienestar de los trillizos.
Ella sonrió y lo abrazó por el cuello.
—Son unos chicos estupendos, que solo han estado un poco solos. Sabía que tener interacción con niños que de verdad fuesen afines a ellos, los ayudaría a salir de su cascarón.
—Gracias —dijo Adrián, posando su frente en la de la mujer—. Por llegar a nuestras vidas y sacudirla por completo haciéndola mejor.
—¿Aunque haya venido aquí con mala intención?
Ambos sonrieron.
—Si hubieses venido con buenas intenciones, tal vez, no te habría dejado entrar. Era tan cerrado y terco en ese tiempo que hubiese dudado de ti de la misma forma en que dudé de todas las niñeras que vinieron antes y no se quedaron más que unas pocas semanas.
Apretaron el abrazo entre risas, con ganas de fundirse el uno en el otro, pero un toqueteo en la puerta impidió que alcanzaran algún tipo de intimidad.
Adrián gruñó y se separó de ella para ir a la puerta y saber quién y por qué los había interrumpido. Resultó ser el mayordomo.
—¿Todo bien?
—Disculpe, señor, pero el encargado de la seguridad está abajo. Dice que necesita hablar con usted con urgencia.
Adrián se tensó. Recordó que la camioneta de Charles Silver había estado rondando la casa durante el día, sin lograr acercarse mucho gracias a la seguridad que había puesto y a que pasaron el aviso a la policía contando con una patrulla que hacía recorridos constantes.
Eso pareció intimidar al hombre y lograr que se marchara. ¿Se atrevería a regresar ahora que había anochecido?
Se giró hacia Elena con las facciones del rostro endurecidas.
—Bajaré para hablar con él.
—¿Hay algún problema? —preguntó la mujer mientras se quitaba los aretes y los zapatos con los pies.
—Estoy seguro que no. Tal vez solo quieren darme un reporte de lo hecho en el día. Volveré en unos minutos.
Ella asintió y permitió que se marchara, aunque había podido percatarse que algo ocurría.
Durante el día los vio en varias ocasiones cuchucheando entre ellos y ahora lo llamaban con urgencia. Solo esperaba tener una noche tranquila, porque la actividad había estado ajetreada y se sentía muy cansada.
No tenía ganas de manejar malas noticias.