Capítulo 111. Un encuentro perturbador.
Elena y Adrián se encontraban en su habitación. Él había tenido que cambiarse de ropa por haberse ensuciado con barro al sacar a Deborah del charco que los niños habían creado.
—¿Se quedarán aquí hasta la cena? —preguntó Elena con desagrado, mientras el hombre se ataba los cordones de sus zapatos sentado en el borde de la cama.
El día de juegos de los niños terminaría con una cena, pero ni Jacob ni la heredera Cavendish estaban invitados.
—Acordé con Jacob que hiciera hasta lo imposible por llevarse a Deborah, pero no sé cuánto podría costarle esa tarea.
Elena se cruzó de brazos y comenzó a golpear el suelo con la punta de su pie, demostrando ansiedad.
—Podría decirle a los niños que inventen más actividades que pongan incómoda a esa rubia desinflada. Así decide irse aunque sea por vergüenza.
Adrián sonrió y se puso de pie acercándose a ella para abrazarla por la cintura.
—Deja a los niños en paz. Este es su día, que se diviertan como lo planearon. Ya se me ocurrirá algo para lograr que ambos se vayan. Tampoco me gusta tener a Jacob aquí —confesó, antes de besarla buscando que se relajara y perdiera la tensión en su cuerpo.
—Odio a esa mujer. No quiero que venga más a esta casa —expuso Elena cuando Adrián detuvo el beso.
—Ten un poco de paciencia. En algún momento ella se dará cuenta que de mi parte solo obtendrá rechazos, así dejará de insistir.
—¿Y si no lo hace?
—Lo hará, Elena. Esto no le durará por siempre porque sus sentimientos no son sinceros.
Ella solo está detrás de mí por lo sucedido en la última fiesta de Miles, cuando los asiáticos se interesaron por mí y por los servicios que ofrece mi empresa.
Deborah vive de la proyección de su imagen, si se apega a quien ahora tiene mayor exposición se hará más visible, pero sabe que conmigo no obtendrá nada de eso, porque yo no pienso convertirme en un espectáculo para ella.
Elena respiró hondo, tratando de sacarse de la cabeza y del corazón los terribles celos que sentía por esa mujer.
Ya no quería pensar más en ella, pero el simple hecho de saber que aún la tenía bajo ese techo la ponía de mal humor.
Debía hallar una forma de sacarla de allí. Y mejor si era para siempre.
Luego de compartir más besos y abrazos apretados, ambos salieron de la habitación. Adrián decidió bajar al patio para saber qué hacían los niños, esperando encontrar a Jacob en el jardín y así hablar con él y exigirle que acelerara su plan de sacar a la Cavendish de allí.
Elena, en cambio, se dirigió de mala gana a la habitación que le habían asignado a Deborah para que se cambiara. Aunque no le gustara, debía actuar como buena anfitriona y ver si la invitada necesitaba algo más.
Minutos antes, cuando fue a llevarle la ropa, la rubia la recibió con actitud soberbia, tratándola como si ella fuese una empleada más.
Elena tuvo que apretar los dientes y aguantar con estoicismo su mala actitud ya que aún no tenía la autoridad para echarla a patadas, por más estatus social que aquella mujer tuviera.
Tocó la puerta al llegar, pero al no recibir respuesta decidió entrar. La Cavendish evitaba lo más que pudiera hablarle y ella no estaba de ánimo para perder el tiempo con esa caprichosa. Quería ir con los niños para ayudarlos con su actividad como les había prometido.
Sin embargo, cuando abrió la puerta quedó paralizada y con las palpitaciones detenidas en su pecho.
Deborah y Jacod estaban sentados en la cama. Ella se encontraba a horcajadas sobre él y desnuda de la cintura para arriba. Se movía como una Amazonas frotando sus partes íntimas contra las del hombre mientras él se devoraba sus senos con la boca.
Las caras de ambos estaban enrojecidas por el deseo y la pasión. La mujer tenía la cabeza dirigida hacia el techo, gimiendo por el placer que el Jacob le proporcionaba.
Pero cuando sintieron que un intruso aparecía en la habitación, quedaron también paralizados y miraron con espanto a Elena.
Por un momento ninguno de los tres supo qué hacer. La vergüenza, el miedo y la incomodidad corrieron entre ellos como si fuesen una brisa fresca.
Hasta que Deborah pegó un grito y se lanzó a la cama buscando tomar una almohada para así taparse y Jacob trataba de ponerse de pie con torpeza mientras se acomodaba el pantalón, que se había bajado un poco para liberar a su miembro erguido.
En medio de un desagradable estremecimiento, Elena dio media vuelta y salió de la habitación, cerrando con un portazo.
No se detuvo allí. Bajó casi a las carreras en busca de Adrián, con el rostro pálido como si hubiese visto un fantasma.
Lo encontró en la sala, hablando con el nuevo jefe de seguridad en susurros. Parecían comentar algo muy serio por las facciones irritadas que ambos tenían, pero cuando él la vio, se apartó enseguida del hombre para acercarse a ella.
—¿Qué pasó? —preguntó, preocupado por su apariencia asustada.
—Deborah y Jacob… —dijo de manera atropellada—. En la habitación. Deborah y Jacob…
Él por un momento la miró con el ceño fruncido, sin entender a qué se refería. Luego sus facciones se estiraron por la sorpresa, al comprender lo que pasaba.
En ese momento Jacob apareció en la parte alta de las escaleras, avergonzado y urgido, y con el cabello húmedo revuelto. Le hacía señas a Adrián buscando llamar su atención.
Él de nuevo puso cara severa y se aproximó a las escaleras, aunque no subió. Elena se quedó tras él cubriendo su boca con ambas manos.
—¿Qué hiciste? —le preguntó con la mandíbula apretada.
—Nada. Elena entró…
—¡Isabella! —reclamó Adrián con enfado, interrumpiendo al hombre.
No podía llamarla Elena en la casa con Deborah cerca e invitados que no eran de la familia.
Él se mordió los labios y apretó las manos en puños para calmarse. Había cometido ese error por la desesperación.
—Perdón —dijo con voz muy baja, aunque articulando bien para que él lo entendiera. Luego habló con tono normal—. Deborah quiere que la lleve a su casa, pero no desea despedirse de ustedes. ¿Pueden… irse a otro lado para que podamos salir?
A Adrián le extrañó la petición, pero la aceptó por la delicadeza de la situación. De seguro Deborah estaba tan avergonzada que no deseaba darles la cara a ninguno de los dos.
Les dio instrucciones a los guardias de que los dejaran marcharse de la mansión y luego se dirigió con Elena al patio. Ella seguía alterada.
—Ey, tranquila. ¿Qué fue lo que sucedió? —quiso saber, cuando estaban a solas en una de las terrazas.
—No sabía que Jacob estaba con ella y abrí la puerta sin esperar autorización. Y los vi en la cama, semidesnudos y… en medio de…
Elena no pudo contar más, la imagen íntima de esos dos le resultó perturbadora. De nuevo sintió un desagradable estremecimiento, que la sacudió entera, y se abrazó a sí misma haciendo una mueca de asco.
Adrián se carcajeó. Aquello no se lo había esperado, pero le resultaba muy útil. Con eso se quitaba un problema muy pesado de los hombros, porque dudaba que Deborah quisiera insistir con él luego de haber sido pillada en semejante acto.
Elena le dio un golpe en el pecho, molesta, para reclamarse por burlarse de un momento tan inquietante, aunque pronto se contagió de su diversión. Más aún, cuando él la abrazó para así tratar de detener las risas.