La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 110. Venganza.
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Capítulo 110. Venganza.

Con su carisma habitual, Jacob se presentó adueñándose del ambiente. Se acercó a las mujeres y las saludó con besos y abrazos. Ambas se mostraron inquietas.

Deborah bajó el rostro para ocultar su vergüenza. Elena, en cambio, observó a la mujer extrañada y luego a Adrián.

Él le mostró una pequeña sonrisa pícara, eso le hizo entender que había sido su idea llevar a Jacob allí. ¿Por qué?

—Díganme que no se han aburrido sin mí. Lo lamento, pero no pude llegar antes —expresó el hombre uniendo sus manos frente a su cara en un gesto de súplica.

—No sabía que también vendrías —expresó Deborah con el rostro pálido.

—No podía faltar a una tarde de juegos tan divertida con mis casi sobrinos.

Adrián lo observó con el ceño apretado. Jacob se excedía con su espectáculo, así que decidió tomar las riendas.

—Mejor vayamos al jardín. Hay una mesa preparada para que podamos compartir cerca de los chicos.

Sin pedir permiso, Jacob tomó la mano de Deborah y la enlazó a su brazo, así la escoltaba al jardín lo quisiera ella o no. La mujer lo observó con desconcierto, pero igual lo siguió mientras él le preguntaba cómo había estado su día.

Al quedar solos, Elena enfrentó a Adrián.

—¿Qué es esto? ¿Desde cuándo Jacob es tan íntimo de la familia que llama a los trillizos «casi sobrinos»? ¿No se suponía que era un peligro y debíamos mantenerlo lejos de nosotros?

Adrián la tomó de la mano enlazándola a su brazo y caminó con ella detrás de la pareja.

—Luego de la cena en la casa de los Cavendish, Deborah ha estado comunicándose con Jacob para saber de mí, buscando enterarse de formas para abordarme en el trabajo —le reveló, en voz baja—.

Él aprovechó la ocasión para tener más… cercanía con ella y, a espaldas de Natasha, han logrado cierta… intimidad.

Elena abrió los ojos en toda su extensión.

—¿Qué tipo de intimidad? —susurró, impactada.

—Solo besos y algunas caricias. Me lo dijo hace unos días, por eso, cuando ella apareció aquí con ganas de molestar, se me ocurrió hacer una excepción y traerlo, así me ayudaba a controlarla.

La mujer no podía creerse esa historia. Con expresión de sorpresa miró a la pareja, notando lo feliz que se veía Jacob y lo incómoda que se mostraba Deborah.

Lo bueno era que la presencia del hombre rebajó toda la altanería de la mujer, neutralizando sus pretensiones por acaparar a Adrián y seducirlo.

Al llegar al patio, se sorprendieron al ver a todos los niños allí, menos a Lucy, que se había quedado en el cuarto de juegos con una de las empleadas de la mansión. Hablaban como en secreto, parecían planear alguna travesura.

Sin embargo, los trillizos, al ver a Jacob, enseguida se pusieron en alerta.

—Hola, chicos —saludó el hombre—. Aquí tienen a un participante más para los juegos.

Los trillizos lanzaron una mirada a su padre, con una mezcla de desconcierto y rabia, pero este pareció comunicarles con los ojos los motivos por los que aquel hombre estaba allí, logrando que ahora ellos vieran a Jacob con caras divertidas.

Pero no solo los trillizos, sino todos los niños. Era evidente que ya tenían un complot armado para hacer de aquella jornada una ocasión para cobrarse todas las amarguras que él les había ocasionado, así como Deborah.

—Creo que nos tocará disfrutar del espectáculo —dijo Adrián a Elena al oído, inquietándola aún más.

Y es que la jornada de verdad resultó memorable. Los niños evitaron que su padre y Elena se incluyeran en las competencias, porque a Adrián lo pusieron de árbitro y a ella de encargada de la pizarra de puntajes.

Pero Jacob y Deborah no se salvaron y formaron parte de los equipos.

—¡Atención, soldado Levy! —dijo Theo a su amigo de trece años, señalando el circuito de obstáculos que debían atravesar—. La operación «Barro Mortal» exige infiltración aérea mediante la cuerda táctica.

—¡Entendido, comandante! —respondió Levy llevándose la mano a la frente—. ¿Y si algún enemigo intenta capturarme?

—Mantén velocidad de extracción, con balanceo, salto y aterrizaje controlado.

Deborah, que formaba parte de su equipo, los observó completamente confundida.

—Perdón, chicos, ¿están hablando de cómo atravesar el charco de barro?

—Negativo, civil —contestó Theo, muy serio—. Hablamos del pantano hostil.

Ella miró la pequeña charca con el ceño fruncido.

—Después viene el corredor neumático —añadió Levy—. Hay que ejecutar saltos de precisión dentro de las llantas o sufriremos una descalificación estratégica.

La mujer parpadeó.

—¿No pueden simplemente decir que debemos «saltar dentro de los neumáticos»?

—Eso comprometería la misión —explicó Theo.

—Y luego están los péndulos de destrucción masiva —continuó Levy.

—Es decir, ¿las bolsas colgadas de las sogas que tenemos que esquivar? —consultó Deborah con arrogancia.

—Exacto, civil. Debemos zigzaguear con maniobras evasivas para no tocarlas —explicó Theo, compartiendo una sonrisa cómplice con su amigo, a quien le costaba controlar la risa.

Ella suspiró.

—Bien, entonces, hay que cruzar el barro, saltar las llantas y esquivar las bolsas. Parece fácil. Voy primero —dijo decidida y se puso en posición esperando que Adrián hiciera sonar el silbato para correr y superar los obstáculos. El equipo que lo hiciera en menos tiempo ganaba.

Los dos niños intercambiaron una mirada al verla tan decidida.

—Comandante, ¿la civil habrá descifrado nuestros códigos secretos? —preguntó Levy.

—No lo creo, soldado. La veo muy confiada —expuso, antes de que ambos estallaran en risas.

Y es que en verdad Deborah no sospechaba que los niños habían impregnado la soga de que la que debía sostenerse para atravesar el barro con un poco de grasa, volviéndola resbalosa; que los neumáticos estaban cortados en ciertas partes, haciéndolos inestables; y que las bolsas que colgaban de sogas estaban tan llenas de harina, que un simple choque las rompería.

Sin embargo, quiso pasar primero, para así demostrar su destreza en los juegos deportivos y quedar como una reina. Sus muchas horas de gimnasio debían servir para algo.

Pero fue poco lo que duró colgada antes de caer de culo sobre el barro, y Jacob, mientras la ayudaba a ponerse de pie, resbaló también quedando ambos empantanados hasta el cabello.

Con los neumáticos tampoco logro irle bien. En una ocasión rodó por el pasto llenándose de restos vegetales. Y con las bolsas, terminó rompiendo unas tres, quedando tan manchada que parecía un pastel de chocolate y crema.

Los niños no paraban de reír. La escena fue tan divertida para todos que no pudieron disimularlo.

Adrián tuvo que sacrificarse para ayudar a Deborah y a Jacob a salir de aquel aprieto, ensuciándose un poco, para luego enviarlos con los empleados a habitaciones de invitados y así tomaran un baño y se cambiaran de ropa.

Elena tuvo que prestarle algo de vestir a la heredera y Adrián a Jacob, así no estaban mucho tiempo empapados y terminaban enfermos.

Los niños, mientras se ocupaban de arreglar de nuevo el patio con elementos no alterados para así continuar con los juegos, conversaban entre ellos.

—Esta casa es muy divertida. Me gusta que tenga espacio para hacer muchas cosas —comentó Harper, ayudando a Max a colgar otra soga de un árbol para atravesar el barro, que no estuviese embadurnada de grasa.

—Sí y sus papás son muy divertidos —comentó Phillip, el otro amigo de Theo—. Dejan que organicen todos estos juegos sin preocuparse por nada e invitan a gente que nos hace reír mucho.

—Isabella no es la mamá de los trillizos, sino la niñera —reveló Melany—, pero es muy divertida. Ojalá se quede para siempre con ustedes.

Los trillizos no hicieron ningún comentario, solo compartieron miradas de satisfacción. Aquel día estaba resultando mucho mejor de lo imaginado. Y los momentos más divertidos los lograban estando juntos, no en grupos separados.

Eso les resultaba una agradable novedad.