La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 109. Invitados incómodos.
87%

Capítulo 109. Invitados incómodos.

Deborah recibió abrazos de Melany y de Lucy apenas llegó. Leo solo se puso de pie, sostenido de su muleta, y miró con extrañeza tanto a su padre como a Elena.

No solo por no saber qué hacía aquella mujer allí o el motivo por el que había ido de visita justo ese día, sino porque tanto él como sus hermanos habían notado que ella estaba interesada en su padre y no disimulaba su coqueteo delante de nadie.

—Niñas, me alegra verlas. Cómo les prometí, vine para disfrutar del día con ustedes.

Elena arqueó las cejas, confusa. ¿Melany le había revelado a Deborah sobre aquella reunión?

Se giró hacia Irene, que ahora intentaba dormir de nuevo a Daniela acunándola entre sus brazos y caminando de un lado a otro.

—Nos topamos con ella ayer en el centro comercial, cuando fuimos a comprar los relojes —reveló la niñera en susurros, solo para ella—. Y las niñas le contaron lo emocionadas que estaban por esta reunión. La señorita Cavendish se autoinvitó asegurando que vendría para hacerla más divertida.

Elena apretó la mandíbula con enfado. No iba a dejar que esa tonta rubia dañara el día de juegos que los niños con tanta dedicación habían preparado.

Volvió a encarar a la heredera y se cruzó de brazos.

—Vaya, le prometes a los invitados aparecerte en una reunión privada sin siquiera avisarle a los anfitriones.

Deborah se irguió con soberbia.

—Yo no necesito invitación para venir a esta casa. Adrián tiene las puertas abiertas para mí siempre —aseguró con altanería, luego se giró hacia el hombre—. ¿No es así, Adrián?

Él agrandó los ojos y lanzó una mirada hacia Elena. No podía rechazarla con brusquedad, eso revelaría en segundos lo que sucedía entre ellos, pero tampoco podía quedarse callado. No quería seguir humillando a Elena.

—Quienes organizaron esta reunión con un listado específico de invitados fueron mis hijos. Han pasado toda esta semana trabajando en eso, es injusto que les cambies la programación a última hora.

Deborah disimuló lo ofendida que se había sentido por sus palabras.

—Amor, no vengo a cambiar la programación de los niños, solo… los ayudaré a que sea inolvidable. —Luego se giró hacia Leo—. Pueden incluirme en sus juegos. ¿No es así?

Leo miró nervioso a su padre. Adrián hizo un asentimiento de cabeza para ayudarlo a salir del aprieto.

—Ehhh, sí —fue su única respuesta.

—¿Te das cuenta que no hay ningún problema? —soltó Deborah con tono de burla hacia Elena.

Ella resopló con enfado y salió enseguida de la habitación. Adrián fue tras ella y la detuvo antes de que bajara las escaleras al tomarla de la mano.

—Elena, espera, recuerda que…

—Lo sé —lo detuvo, con el cuerpo tenso y los ojos brillándole por la frustración—. Hay que mantener la mentira. No te preocupes, cumpliré con mi papel.

Quiso irse, pero él volvió a retenerla.

—No te enfades, podemos manejar esta situación.

—Claro que lo haremos, no le dañaremos el día a los niños. Me mantendré al margen para evitar comentarios. Tú atiende a la exclusiva invitada, eres el dueño de la casa y el único motivo por el que ella está aquí.

Se soltó de su agarre y se marchó enseguida dejándolo con las palabras en la boca.

Adrián maldijo por lo bajo y enseguida sacó su móvil para realizar una llamada.

Iba a resolver ese problema sin causarle más incomodidades a Elena.

Se había prometido darle una vida tranquila para que su embarazo no se viera afectado, pero la presencia de Deborah en la mansión no lo ayudaría de ninguna manera.

A los pocos minutos, cuando los otros dos trillizos descubrieron a la intrusa en la casa, hicieron una rápida reunión entre ellos para discutir aquella situación.

Dijeron a sus invitados que iban un momento al baño para justificar su desaparición y verse los tres escondidos en un pasillo.

—¿Qué hace la Cavendish aquí? —preguntó Max molesto.

—Se enteró por Melany de nuestra reunión y decidió venir sin avisar —se quejó Theo, lanzando una mirada acusadora hacia Leo.

Este puso los ojos en blanco.

—Melany no tiene la culpa, no imaginó que esa mujer de verdad viniera. Papá dijo que se iba a ocupar de ella.

—Papá intenta distraerla charlando con Deborah en la sala, pero eso tiene furiosa a Elena. Se fue a la cocina para ayudar a las cocineras y no quiere salir de allí para no verla —reveló Theo.

Max emitió un gruñido de desagrado.

—No es justo, Elena nos ayudó a planificar esto. Es ella quien tiene que estar con nosotros, no esa mujer molesta —expuso Max cruzándose de brazos.

—Debemos buscar una forma de sacar a Elena de la cocina y de incomodar a Deborah hasta que decida marcharse y dejarnos en paz —dictó Theo.

—¿Y si adelantamos los juegos en el patio? —propuso Leo.

Para que todos los invitados pudieran compartir las actividades preferidas de cada trillizo, planearon desafíos variados que tuvieran que ver con la búsqueda de pistas diseñadas por Theo, competencias de autitos organizadas por Leo y juegos deportivos elegidos por Max.

Estos últimos, al ser los más activos, los iban a dejar para la tarde, pero el inconveniente que se les presentó ameritaba un cambio.

—Podemos volverlos un poco más agresivos de lo normal —opinó Max, con una sonrisa traviesa en los labios—. Así además, le damos una lección a esa mujer para que deje de acosar a nuestro padre y molestar a Elena.

Los tres mostraron la misma sonrisa, volviendo sus rostros tan parecidos que eliminaban por completo las diferencias.

Fueron con rapidez a sus diversos salones para avisar a sus amigos del pronto inicio de las primeras actividades del día, mientras su padre se encontraba en la sala, tratando de distraer a Deborah para que no interrumpiera los juegos de los niños.

—Adrián, no entiendo por qué sigues trabajando con esa niñera tan impertinente. Esa mujer comienza a creerse la dueña de esta casa y trata muy mal a tus invitados más distinguidos —dijo, acercándose a él para acariciarle un brazo con actitud provocativa.

El hombre procuraba apartarse de ella, pero la mujer lo perseguía a donde fuera.

—Esta actividad la programaron los niños con Isabella, el plan era que no hubiese ningún adulto incluido.

—Yo no soy ningún estorbo para los niños. Solo… busco que se vayan acostumbrando a mi presencia. ¿No lo crees necesario? —preguntó con coquetería, demostrando lo decidida que estaba por entrar en esa familia como futura esposa de Adrián y madre de los trillizos.

Elena apareció en ese momento bajando las escaleras. Había acompañado a Irene a una habitación de invitados donde podía dormir con calma a Daniela y aprovechar para ella misma tomar un descanso mientras el personal vigilaba a las niñas Ferguson.

Al ver las directas insinuaciones de la rubia Cavendish hacia Adrián se enfadó aún más. Decidió dejar de esconderse en la cocina e incluirse en aquella batalla por la atención del hombre. Su hombre.

—¿Ya te vas, que decidiste venir a la sala? —preguntó hacia la heredera con pedantería y se ubicó junto a Adrián para acariciarle el otro brazo.

En ese punto le importaba muy poco los secretos y planes. Solo quería luchar por lo que le pertenecía.

El rostro de Deborah se encendió por la provocación de la otra.

—¿Irme? Ni lo sueñes. De aquí nadie me va a…

—¡Saludos, amigos! ¡He llegado!

Todos giraron el rostro hacia la entrada de la casa. Habían tocado el timbre minutos antes y Charles, el mayordomo, dejó entrar al nuevo invitado.

—¿Jacob? —preguntó Elena, confundida.

—¿Qué hace él aquí? —consultó Deborah nerviosa y con la cara tan pálida como un papel.

Adrián respiró con alivio. Al fin la caballería había llegado.