La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 108. Revelaciones.
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Capítulo 108. Revelaciones.

Elena fue al salón de juegos donde se hallaba Irene, la niñera de Melany, que se encontraba sentada con expresión de alivio en un sillón mientras tomaba una bebida fría que le había entregado el mayordomo.

Daniela, la bebé de once meses, dormía con placidez en su carrito, muy cerca de ella, y Lucy jugaba con la cocinita tan entretenida que hasta hablaba sola mientras preparaba una receta imaginaria.

En un costado se hallaba Leo, explicándole a Melany el complejo funcionamiento de su nueva pista de autitos. La niña veía todo fascinada, ya con un autito en la mano para lanzarlo por la rampa cuando él se lo indicara.

—Te ves muy relajada —bromeó Elena al sentarse junto a Irene en el sofá.

La mujer emitió un suspiro algo dramático y luego sonrió divertida.

—Es que este paseo es como un descanso para mí, aunque no lo creas.

—¿Por qué, si igual debes estar pendiente de las niñas?

Irene alzó los hombros con indiferencia.

—En la mansión Ferguson no solo debo estar atenta de las niñas, sino también, del funcionamiento de la casa. Es muy agotador, por eso aquí estoy como descansando —reveló con cierta diversión.

—¿Por qué debes estar pendiente de la casa? ¿El señor Ferguson no tiene mayordomo o ama de llaves?

La niñera negó con la cabeza.

—Tuvo que prescindir de algunos empleados reduciendo las contrataciones a los más imprescindibles.

Entre los que quedamos, hemos tenido que compartirnos las responsabilidades para que todo funcione.

Esa casa es muy grande y necesita de muchos cuidados.

Un día que te descuides genera un pequeño caos.

Elena apretó el ceño, confundida. Si Eugene Ferguson hizo eso, era porque de seguro tenía problemas financieros. Pero, si en teoría él trabaja para Adrián y también mantenía contratos con Jeremy Cohen, en acuerdo por pasarle información, entonces, ¿cómo podría estar tan ajustado con su dinero?

Jacob le había comentado que ese hombre poseía un estilo de vida algo exclusivo, le encantaban los lujos y la comodidad, por eso siempre estaba en busca de nuevas inversiones. Sin embargo, parecía estar al borde de la quiebra.

—Es muy difícil para ti ocuparte de las niñas y de la casa al mismo tiempo.

No solo son tres, sino que tienen diferentes edades.

Cada una posee necesidades distintas. Daniela, por ejemplo, requiere de atención particular, es delicado cuidar de una bebé las veinticuatro horas.

No deberían ocuparte en otras cosas que no sean ellas.

—Sí, lo sé, pero… ya no puedo negarme a este trabajo. Cuido a Melany desde que tiene dos años y a Lucy desde que nació, estoy muy encariñada con ellas. Y a Daniela, ya la siento como mi hija. La niña, desde que llegó al mundo, no conoce a nadie más que a mí.

Elena apretó más el ceño.

—¿Y su madre?

Irene alzó los hombros con indiferencia.

—Dicen que sufrió depresión post parto luego de tenerla, así que se marchó a la casa de su familia para recuperarse, pero nunca más ha regresado, ni siquiera las llama para saber de ellas, solo se comunica con el señor.

A mí me pareció extraño su comportamiento porque ella amaba mucho a sus hijas, hacía todo por ellas, y estaba muy ilusionada con Daniela, pero, desde que sacaron a la niña del quirófano luego del parto y la pusieron en mis manos, allí ha estado estos once meses.

Ambas estamos muy acostumbradas la una a la otra, no sé cómo viviríamos si nos separaran —expresó, mirando a la bebé con ternura mientras acomodaba su mantita.

Elena sintió un retorcijón en el pecho por esas niñas, debía ser muy duro ser abandonadas de manera repentina por su madre y sin una explicación convincente.

Ya entendía por qué Melany en ocasiones actuaba de forma imprudente, como la vez en que sacó un collar de oro y esmeraldas de su casa para mostrárselo a Leo. Buscaba formas de llamar la atención y no sentirse tan sola.

—¿Y su padre? ¿Está poco con ellas?

—Muy poco —reveló la niñera asumiendo una expresión de enojo—.

Siempre está afuera, trabajando, creo que por eso la señora se fue.

No aguantó tanta soledad, se pasaban los días discutiendo por eso.

Se cansó, aunque él las tuviera viviendo en medio de lujos.

Desde que ella se fue, él casi ni ve a sus hijas, menos estos meses en que ha estado tan agobiado por las exigencias del señor Jeremy Cohen, que no lo deja en paz ni durante la madrugada.

—¿Siempre lo visita? —consultó, interesada.

—O lo llama para verse en algún lugar. A mí él no me gusta para nada, desde hace unos meses hasta tiene una habitación en la casa porque se queda muy a menudo y usa el despacho del señor como si fuera el suyo, quejándose por los gritos y llantos de las niñas.

Cuando él está en casa, debo mantenerlas alejadas para que no lo molesten.

Por eso estar aquí es como un descanso, no solo de la mitad de mis responsabilidades, sino de los reclamos de ese hombre.

—¿Ahora está en la mansión Ferguson?

—Sí, iba a aprovechar que nosotras no estaríamos en casa para verse allí con unas personas. Como ves, hasta hace reuniones cada vez que quiere sin consultarle al señor.

Daniela se movió dentro de su carrito y la niñera se inclinó hacia ella para atenderla y volverla a dormir.

Elena aprovechó la distracción para reflexionar sobre lo que la mujer le había revelado, que le parecía demasiado desconcertante.

¿Por qué Jeremy Cohen viviría en la casa de esa familia?

¿Con quiénes se reuniría a espaldas del dueño de la casa?

¿Qué habría pasado en realidad con la madre de Melany?

Todas esas interrogantes, y muchas más, se agolpaban en su cabeza volviéndola inquieta. Allí debía suceder algo fuera de lo normal. Si Jeremy presionaba tanto a Eugene y usaba su casa como centro de control, debía tener un motivo de peso.

Se puso de pie, dispuesta a buscar a Adrián para contarle esa situación, pero lo vio aparecer en el cuarto de juegos. El problema era que no iba solo, sino mal acompañado por una mujer desagradable que caminaba aferrada de su brazo como si quisiese reclamarlo como suyo.

—¡Hola, chicos! —saludó Deborah Cavendish como si fuese la atracción principal de la fiesta. Su saludo gritón despertó a Daniela y la hizo llorar.

Elena se enfadó tanto que apretó los puños para controlar sus emociones, compartiendo con Adrián una mirada endurecida.

Él no pudo hacer nada, solo respirar hondo llenándose de paciencia. Lo que pensó sería un día agradable de esparcimiento, de pronto se convirtió en una guerra sin cuartel.