Capítulo 107. Día de fiesta.
A la mañana siguiente, la mansión McGraht hervía de actividad. El personal iba de un lado a otro, guiados por los trillizos, que querían que todo estuviese perfecto.
Theo había elegido un salón donde tendría en exhibición toda su colección de historietas, que eran muchas. Así como sus libros con historias de detectives y policías y sus juegos de mesa, algunos inventados por él. Además de sus muchos muñecos alegóricos a las historias que leía.
Max había instalado en el patio todo un gimnasio.
Tenía pelotas, material deportivo, colchonetas y hasta cuerdas colgadas de los árboles para trepar.
Por supuesto, sus espadas y cascos de esgrimas ocupaban un lugar preferencias, así como sus espadas de madera y el enorme oso, casi sin relleno, que servía de víctima para sus ataques.
Leo era el más práctico. En el salón de juego dejó a la mano todos los juguetes que poseía, pistas de autitos, castillos armables, laberintos de bolitas, artículos electrónicos y hasta una cocinita equipada de cuando tenía la idea de participar en Master Chef.
Sabía que a Melany le gustaba ese tipo de juguetes, porque ella también había tenido ese sueño, y tanto ella como su hermanita la disfrutarían en grande.
Elena estaba nerviosa, aunque no tanto por la actividad de los chicos. Sabía que ellos la pasarían muy bien de una forma u otra. Su miedo se centraba en lo que sucedía en el exterior, con Charlie y la posibilidad de que apareciera de un momento a otro, para llevársela.
En ocasiones se asomaba por las ventanas viendo al personal de seguridad moverse por los alrededores de la mansión. Físicamente, estaban protegidos, pero a nivel emocional se sentía vulnerable.
—¡Isabella! ¡Isabella! —gritó Leo con desesperación mientras se apresuraba por llegar a ella con ayuda de sus muletas.
Habían acordado ese día que la llamarían de esa forma, para mantener su mentira frente a los demás.
—¿Qué sucede?
—Melany y su hermana ya están camino. ¡Ya vienen! —exclamó el chico emocionado.
Ella sonrió.
—Bien, entonces, vayamos abajo para recibirlas. ¡Y no corras al bajar las escaleras! —le advirtió con firmeza, al ver que el niño se giraba con intención de correr con sus muletas hacia la puerta de la casa.
Llamó a Theo y a Max, para que fuesen todos juntos, encontrándose a Adrián en la sala hablando en susurros con el encargado de la seguridad.
Ella los vio tan serios que no pudo evitar inquietarse.
—¿Todo está bien? —le preguntó a Adrián con precaución, temiendo que hubiesen malas noticias.
Los niños, ansiosos, se dirigieron a la puerta.
—Claro que todo está bien —respondió él acariciándole los hombros, para calmarla—. Solo les pido a los guardias que se mantengan a una distancia discreta, para no molestar a los invitados —mintió. No pensaba contarle que habían visto la camioneta de Charlie rondar los alrededores.
La mujer pareció respirar de nuevo. Estaba tan nerviosa que esperaba que sucediera algo de un momento a otro. Tenía un mal presentimiento.
—Están por llegar las niñas Ferguson. Los trillizos ya deben estar afuera.
Adrián asintió.
—Bien, vayamos nosotros también a recibirlas —expuso Adrián y la tomó de la cintura para guiarla a la puerta, no sin antes compartir una mirada seria con el jefe de seguridad, quien asintió y se dirigió al patio para hablar con los hombres apostados en esa área de la casa.
A los pocos minutos, Melany bajó del auto, vestida como una muñeca, con un precioso vestida rosa y un lazo en la cabeza. La niña le sonrió a Leo como si él fuese un idol coreano y hasta le llevó un regalo.
Max puso los ojos en blanco, molesto, y Theo decidió ignorarla mientras barajaba unas cartas de un juego de rol.
Aunque ambos debieron mostrar sonrisas agradables por insistencia de Elena, que los miró con advertencia recordándoles las reglas que habían establecido antes, de ser educados con todos.
Lucy, su hermanita de tres años, bajó acompañada de Irene, su niñera, quien además cargaba a Daniela, la bebé de once meses. Ellas fueron recibidas por el mayordomo que las llevó al interior de la casa, para que se pusieran cómodas.
—Esto es para ustedes —dijo Melany de pronto entregándoles a Max y a Theo también unos regalos.
Ellos la miraron con sorpresa, no esperaron ese detalle de su parte. Tomaron la cajita que ella les daba como si fuera una bomba a punto de estallar.
—¿No van a agradecerle el gesto? —les preguntó Elena al verlos mudos.
—Gracias —dijeron ambos, algo incómodos, por lo desconcertados que habían quedado.
Ella sonrió divertida y enseguida se enfocó en Leo para saber qué opinaba de su obsequio. Se trataba de un reloj inteligente que tenía calendario de tareas, alarmas, música y algunos jueguitos divertidos.
Por supuesto, para Leo aquello era como si le hubiese dado una de las tecnologías más modernas del planeta. Estaba feliz.
Los otros dos también se veían interesados en el regalo, aunque a la vez ansiosos porque sus invitados les avisaron que estaban por llegar.
—¡Ahí están mis invitados! —exclamó Theo, viendo con los ojos agrandados el taxi que se estacionaba frente a la mansión. De él salieron dos chicos, uno regordete que poseía su misma altura, y uno alto y delgado que tenía el cabello largo hasta los hombros y lleno de rulos.
Ambos chicos miraron con asombro la enorme mansión, como si fuese Disney World.
—Amigo, ¿esta es tu casa? —preguntó Phillip, el regordete, cuando Theo se acercó a saludarlos.
—Es grandiosa —respondió Levy, el de los rulos, con una voz ronca.
Los tres chocaron sus manos haciendo decenas de movimientos con los dedos, que, según ellos, eran códigos de bienvenida de la «logia» a la que pertenecían en internet.
A Elena todo eso le pareció extraño, pero ellos se mostraban tan divertidos que decidió no decir nada.
—¿Eso que tiene el niño grande en la mandíbula son pelos de barba? —le preguntó Adrián en secreto con desconfianza.
Según Theo, su amigo «mayor», Levy, tenía trece años, pero parecía de dieciséis.
—Ahora los chicos se desarrollan muy rápido —justificó ella disimulando con una sonrisa su confusión.
No pensaba hacerle ningún comentario a Theo al respecto. El niño se mostraba tan feliz, que sonreía con una amplitud poco habitual.
Casi enseguida de que se marchara el taxi, llegó un Fiat negro que parecía de los años 90’. El tubo de escape hasta botaba un poco de humo oscuro.
Una niña salió de él. Era alta, de cuerpo atlético, altiva y con el cabello largo y negro atado en una soberbia cola de caballo.
Tanto Adrián como Elena arquearon las cejas al verla.
—¡Ella es mi invitada! ¡Harper! —exclamó Max con orgullo y fue a saludar a la chica.
Elena y Adrián compartieron una mirada. Siempre pensaron que el tal Harper era un niño, pero resultó ser una niña. Jamás imaginaron que Max tuviera una chica como «mejor amigo», sobre todo, al ver lo mal que reaccionaba con la pobre Melany.
Luego de Harper, bajó una mujer vestida como maestra de escuela. La niña, al ver que se dirigía hacia Elena y Adrián, se irritó y dejó de hablar con Max para intentar detenerla.
—¡Mamá! —la reprendió, pero a la mujer parecía que nada la detenía. Se llegó hasta la pareja anfitriona y se presentó con formalidad.
—Hola, soy Melissa Clerigan, mamá de Harper —dijo, y estiró la mano hacia ellos. Ambos se la estrecharon—. Mi hija me dijo que la actividad era hasta las seis y que iban a almorzar aquí. ¿Es así?
—Sí, señora Clerigan. No se preocupe, la cuidaremos muy bien. No saldremos de la mansión —aseguró Elena.
—Si no lo veo necesario —expresó con expresión graciosa y mirando los alrededores—. Tienen más espacio y áreas verdes que su escuela, estoy segura que aquí se divertirá. Gracias por invitarla, esto le hará mucho bien. Harper es antisocial, no habla con nadie y odia a todo el mundo.
—¡Mamá! —la regañó de nuevo Harper, viéndola con los brazos cruzados.
Pero la mujer la ignoró.
—Es una niña muy buena y educada, aunque de carácter difícil.
—Mi hijo es igual, quizás por eso se llevan tan bien —agregó Adrián.
—¡Papá! —reclamó el chico molesto, arrancándole al hombre una sonrisa.
—Gracias por traer a Harper —dijo Adrián hacia Melissa—. Le prometemos que estaremos muy pendientes de ella.
—Ay, muchas gracias. Me pone contenta que Harper haga amigos y se relacione con gente agradable como ustedes.
—Sacó una tarjeta del bolsillo de su chaqueta—.
Aquí está mi número de teléfono, para que me llamen por cualquier emergencia.
También les dejo el de mi trabajo y el de una vecina que siempre está atenta a Harper.
Nosotras vivimos solas, mi esposo se marchó hace mucho, pero entre ambas nos cuidamos como si fuésemos fieras salvajes.
La mujer de pronto comenzó a gruñir y hacer movimientos con las manos como si estas fuesen garras. Tanto Elena como Adrián la observaron con disimulado asombro mientras que Harper se tapaba la cara con una mano, avergonzada.
—Bueno, ya saben, si me necesitan me llaman y estaré aquí antes de que parpadeen.
—Tenga la seguridad de que lo haremos, señora Clerigan —expresó Elena—. Cuidaremos muy bien de Harper… como fieras salvajes.
Elena emitió un gruñido e hizo un arañazo con la mano tratando de imitar a la mujer, pero en ella el gesto parecía más el de una gatita juguetona que el de una fiera. Adrián la observó con las cejas arqueadas.
Melissa, en cambio, estalló por la risa y rápido se despidió de ellos porque debía irse ya al trabajo.
Al final, todos entraron a la mansión para iniciar aquel encuentro, siendo escoltados por el mayordomo. Adrián se quedó un instante para hablar con el jefe de seguridad, que en ese momento apareció a su lado.
—Señor, tengo a todos los efectivos en sus puestos. El auto alquilado del tal Charles Silver no ha vuelto a aparecer. Quizás, se percató de que lo vigilamos.
—Igual manténganse atentos. No quiero que ocurra ningún error —respondió él, muy serio.
Aunque quedó de piedra al lanzar una mirada hacia la entrada de la mansión y ver que otro auto se acercaba al portón de entrada.
—Maldición. ¿Qué hace ella aquí? —preguntó molesto, con sus ojos fijos en el vehículo de Deborah Cavendish.