Capítulo 106. Miedos.
Esa noche, a Adrián le costó muchísimo que los niños se acostaran. Estaban tan alterados por la reunión que tendría al día siguiente, que poco lograban quedarse tranquilos.
Cuando al fin se durmieron, dio un repaso general a la casa revisando puertas y ventanas, a pesar de que el mayordomo ya lo había hecho y que tenía a todo un contingente de guardias de seguridad afuera. La seguridad de su familia no se la dejaría solo a otros.
Al terminar, se fue a su habitación dispuesto a tener una noche serena, necesitaba reponer energías. Los días que se le venían encima serían extremos.
Sin embargo, respiró hondo para llenarse de paciencia al ver a Elena en pijamas, descalza, caminando de un lado a otro mientras leía un documento y hablando con voz muy bajita, como para sí misma. Parecía analizar una y mil veces el problema que la rodeaba.
—¿Qué pasa? —le preguntó, aproximándose a ella para quitarle los papeles de las manos y meterlos dentro de una caja, llena de otros documentos, que tenía sobre una mesa.
—Dos de las personas que formaron parte del consejo directivo que quedó al mando de la empresa de mi padre, luego de la venta fraudulenta, aparecen en el listado de contactos de Miles Royce.
—Lo sé. Lo noté —expuso él mientras guardaba el resto de los documentos esparcidos por la habitación dentro de esa misma caja. Ella parecía obsesionarse de nuevo con aquel asunto.
—Eso podría decirnos que Dairus le robó a Miles sus contactos en todo el país, para crear su propia red.
Pero cuando no encontró quien lo ayudara a desviar de nuevo tu barco, asegurando su mercancía ilegal, fue a la oficina de Miles a sacar fotos de su lista y así buscar a otros que quisieran trabajar para él.
Es obvio que algunos comienzan a darle la espalda al ver que tú estás resolviendo los desastres que él pretende hacer.
—Eso también lo supuse —dijo cerrando la caja y luego llevándola al vestidor, donde pensaba esconderla bien al fondo.
—Charlie, por supuesto, es amigo de esos amigos de Miles, quien escuchó del negocio y no dudó en participar —dedujo Elena siguiéndolo a todos lados, mientras reflexionaba sobre todo la información que había estudiado ese día—.
Buscaron empresas de envío pequeñas pero eficientes, a las que pudieran comprar con estafas para ponerlas a distribuir esa mercancía.
Una que no puede pasar por los canales regulares y no puede dejar registros ni rastros.
—Eso es lo que yo también creo —aseguró el hombre, ahora poniendo en orden la habitación, que estaba llena de tazas de té, servilletas y accesorios de escritorio como lapiceras, grapadoras y pisapapeles.
Todo lo agrupaba en una mesa cerca de la puerta, para que las mujeres de servicio se lo llevaran en la mañana.
—Pero, ¿de qué tipo de mercancía estamos hablando, Adrián?
—siguió Elena, preocupada, sin dejar de seguirlo— ¿Qué mercancía amerita que lleven a la gente a la muerte, hagan amenazas tan aterradoras, te mientan y utilicen por más de cinco años, te persigan sin descanso y se esfuercen por hallar tu número de teléfono para mantenerte intimidada? ¡¿Qué importa tanto?!
La última pregunta la hizo deteniéndose en medio de la habitación, poniendo los brazos en cruz y mirando en todas direcciones como si en aquel dormitorio estuviesen escondidas las respuestas.
Esta vez, él no respondió, solo apretó la mandíbula con enfado mientras ordenaba la cama sacando la ropa desperdigada y apagando la computadora personal de ella y su móvil.
Elena apoyó los brazos en las caderas y estiró el rostro como si hubiese recordado algo importante.
—Drogas —soltó de golpe—. Tiene que ser drogas.
Traen drogas escondidas en esas medicinas y las hacen entrar al país como si fuesen medicamentos oncológicos prioritarios para así asegurarse de que les permitan los traslados.
Deben contar con contactos en hospitales y clínicas especializadas que los ayuden a justificar los pedidos. Es toda una red de contrabando, Adrián.
Él al fin terminó lo que hacía y la encaró, aproximándose a ella con lentitud.
—Deben mover muchísimo dinero con esas drogas —reflexionó Elena—, no solo para pagarle a toda esa gente que los apoya, sino para obtener grandes ganancias. Si ese es el negocio real, entonces… estamos tratando con narcotraficantes. Gente que es capaz de cualquier cosa por proteger lo que hacen.
Eso último lo dijo con expresión aterrada. Adrián se llegó hasta donde la mujer se encontraba y le tomó el rostro con ambas manos, con ternura, acariciándole con suavidad las mejillas y la mandíbula para infundirle calma.
—Estaremos bien, te lo prometo.
Elena negó con la cabeza.
—No lo estaremos hasta que esa gente no esté tras las rejas… o muerta.
Él la abrazó, apretándola entre sus brazos, y sintiendo como ella se anclaba a su cintura como si temiera caer de un momento a otro.
—Estaremos bien, ya lo verás. Solo… confía en mí —le costó decir por la rabia que lo embargaba.
Le había dado demasiadas largas a ese asunto, pensando que así tendría a los suyos seguros. Si Elena no hubiese aparecido en su puerta, haciéndose pasar por una falsa niñera, todavía estaría en su oficina, ocupándose de sus negocios e ignorando lo que sucedía a su alrededor.
Ella había sacudido por completo su mundo al invadirlo sin permiso, apoderándose de su calma, de sus rutinas y de su orden, para hacer con él lo que se le venía en gana.
—No te me doblegues por el miedo, Elena. Necesito esa fuerza ciclónica que tienes para desarmarlo todo, solo eso me ha ayudado a actuar —le pidió al oído, sin dejar de abrazarla.
Ella se apretó más al hombre, dándole de esa manera, el sí que necesitaba.
—No dejaré que lleguen a ustedes y no nos esconderemos para se sientan ganadores. Eso es lo que buscan, silenciarnos. Vamos a seguir adelante, te lo juro. Saldremos de esta.
Adrián se incorporó para mirarla a la cara, con el deseo y la determinación brillando en sus pupilas.
—Me hago fuerte contigo, así que no desesperes. Lo lograremos —prometió, antes de besarla con arrebato mientras la llevaba a la cama.
La haría suya todas las veces que fuese necesario, hasta dejarle en claro sus sentimientos y su decisión de no volver a dejarse amedrentar como sucedió en el pasado, cuando le arrancaron una parte importante de su ser.