La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 105. Un peligroso desafío.
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Capítulo 105. Un peligroso desafío.

Adrián llevó a Elena a la habitación para calmarla y hablar en privado. No quería que los niños se percataran que algo sucedía. La sentó en un sofá y se ubicó a su lado.

—Ey, ¿qué sucede? —quiso saber, detallando su rostro pálido.

Le acarició los cabellos con ternura con una mano mientras la otra le sostenía las manos, infundiéndoles calor. Sentía su piel helada.

—Charlie me llamó.

Él apretó el ceño.

—¿Cómo encontró tu número?

—No me dijo, pero… está en Seattle. Estuvo cerca de la casa cuando Nicole vino, la vigilaba a ella.

Eso lo mosqueó. Si la siguió hasta la mansión, también debió hacerlo hasta su empresa.

—¿Solo te dijo eso?

Elena negó con la cabeza.

—Quiere hablar conmigo sobre los documentos que ella me entregó. Me dijo que Nicole se los robó y pronto la hará pagar por eso, pero antes quiere hablar conmigo y explicarme la verdad.

—Lo que quiere es quitarte esos papeles para evitar que los uses en su contra.

—Me dijo que por mi bien, el de mi tía Margaret y el de los trillizos… debía reunirme con él.

Adrián endureció el rostro. Sus ojos se oscurecieron con una sombra de amenaza que a ella estremeció.

—Entonces, así quiere jugar —dijo para sí mismo, aunque sin quitarle la mirada de encima a la mujer.

—¿Qué voy a hacer, Adrián? Él nunca ha actuado de forma violenta, pero no sé qué tan desesperado pueda estar.

—Está muy desesperado —aclaró él—. Tu amiga estuvo hoy en la oficina.

—¿Nicole? —consultó ella, desconcertada.

—Sí, fue a advertirme que te cuidara, porque Charlie había venido, supuestamente, para recuperarte y llevarte con él.

Elena se mostró impactada.

—¿Llevarme? ¿A dónde?

—No sé ni me importa, pero de aquí no va a sacarte ni acabando conmigo —aseguró, ahora cubriendo sus manos con las de él, buscando trasmitirle calma—.

Contraté a un equipo de seguridad con el que antes ya había trabajado.

Están aquí, llegaron conmigo. Cuidarán la mansión las veinticuatro horas, nadie podrá entrar a la casa ni hacerles daño.

—¿Y mi tía?

—Margaret también tiene seguridad, no te preocupes. Se la puse cuando comenzaron a amenazar a los empleados de la empresa de tu padre, metiéndose a sus casas y asesinándoles a sus mascotas.

—¿Habrá sido Charlie quién hizo eso? —consultó, escandalizada.

—No creo que lo haya hecho él, pero pudo haber pagado a alguien. Ya averiguaremos ese tema. Por ahora, quiero que estés tranquila, que te sientas segura dentro de la mansión. Habrá vigilancia todo el día, tú y los trillizos estarán bien mientras se mantengan dentro. ¿Es posible?

Ella asintió, procurando serenar a su corazón desbocado.

—Mañana vienen los amigos de los niños, Adrián —recordó, asustada— Y ese hombre está cerca.

—Todo estará bien. Luego hablaré con los trillizos para organizar los traslados de sus amigos y así controlar quién entra a la casa. No suspenderemos esa actividad, ellos la necesitan y no vamos a condicionar más nuestras vidas por culpa de esos miserables.

Elena bajó el rostro, pensativa, pero Adrián la tomó por la barbilla y lo alzó de nuevo.

—Tranquila, ¿sí? Saldré un momento para reunirme con los guardias y reforzar las instrucciones. Luego iré con los trillizos. Necesito que estés calmada y confíes en mí. ¿Es posible?

Ella se inclinó para abrazarlo por el cuello, hundiendo su cara en su piel. El calor y el aroma de Adrián la serenaban.

Enfrentar las consecuencias de aquella situación era una cosa, pero involucrar a los niños o a su tía en eso, sabiendo todas las malas acciones que esa gente ya venía realizando, era otra.

Comenzaba a percatarse del nivel de peligro que corrían.

Adrián buscó sus labios y la besó con suavidad, otorgándole el consuelo que necesitaba para terminar de calmarla, luego salió al exterior para reunirse con el equipo de seguridad.

Al quedar sola, Elena recibió un mensaje de texto de un número desconocido. Era el mismo por el que había hablado con Charlie.

«¿Tomaste una decisión? Luego podría ser muy tarde», alegó él, presionándola.

Afuera, Adrián bajó las escaleras para ir al exterior en busca de los guardias, pero antes de salir sacó su teléfono móvil y llamó a Colton, el detective que lo ayudaba con la investigación.

—Señor —saludó el hombre al atenderlo.

—Escucha, con respecto a lo que te pedí esta mañana, tengo nueva información.

—Señor, estoy cerca de su casa.

Adrián quedó paralizado.

—¿Cerca de mi casa?

—El hombre que me pidió que investigara esta mañana, el tal Charlie Silver, está aquí, casi frente a su casa. Viaja en una camioneta alquilada Mercedes-Benz GLC 300, color gris grafito metalizado.

Corrió hacia una ventana y observó con disimulo el exterior. Podía ver el auto a una distancia discreta, desde donde podía mirar hacia la mansión aparentando no estar interesado en ella.

—No le quites la mirada de encima —exigió Adrián—. Aunque dudo que ahora intente hacer algo. Debe estar solo, solo vigilando.

—No está solo, señor. Está con Jeremy Cohen.

Adrián apretó el puño para soportar el enfado.

—Voy a salir a hablar con los vigilantes. Quiero ver de qué son capaces esos dos.

—Bien, señor. Si veo que intentan algo, intervengo.

Adrián guardó el móvil y enseguida abrió la puerta de la mansión. Simuló no interesarse por lo que sucedía afuera mientras bajaba las escalinatas hacia la casilla de vigilancia.

El jefe del equipo, al verlo, salió para hablar con él afuera. Dos guardias más salieron también para pasearse por los jardines con sus armas a la vista.

—¿Ves esa camioneta Mercedes-Benz gris parada a unos metros? —dijo hacia el guardia con disimulo, cubriéndose con el hombre por si Charlie o Jeremy eran capaces de leerle los labios. No podía confiarse.

—Sí, señor. Está ahí desde antes de que llegáramos a esta casa. Hay dos personas dentro —respondió el hombre, demostrándole que la han estado vigilando también.

—En unos minutos te enviaré fotografías de esos dos hombres por…

No pudo continuar, porque vio que el vehículo se movía para continuar su camino. Por instinto, el vigilante lo cubrió más para protegerlo con su cuerpo, en caso de que se les ocurriera sacar un arma.

Pero nada de eso pasó. La Mercedes-Benz siguió de largo mientras una Ford F-150 azul la seguía. Desaparecieron casi enseguida.

—En la Ford azul va un aliado —notificó Adrián a sus hombres—, que justo está vigilando a los hombres que se trasladan en la Mercedes-Benz.

En unos minutos te pasaré la información y fotografías de todos ellos para que estén alertas.

Los de la camioneta gris han lanzado amenazas a mi familia, si intentan entrar a la casa, no duden en dispararles. ¿Entendido?

—Entendido, señor.

Adrián regresó a la mansión con el cuerpo tan tenso como las cuerdas de una guitarra y la rabia fluyéndole como lava líquida en las venas.

Aquella situación se convirtió en un peligroso desafío.