Capítulo 101. No somos los mismos.
Adrián no quería seguir presionando a sus hijos luego de que se enteraran de todo el conflicto que envolvía a la muerte de su madre y el peligro que rondaba a Elena, pero le urgía que comprendieran la complejidad de la situación. Sin eso, sería imposible protegerlos.
Respiró hondo y se apretó el puente de la nariz antes de hablar.
—Escuchen, necesito que sepan que estoy poniendo todo lo que está a mi alcance para que estén seguros, pero para eso requiero de un poco de ayuda de su parte.
Los tres niños se miraron a la cara, luego a Elena. El temor brillaba en cada una de sus pupilas.
—Todo fue mi culpa —expuso Leo, cabizbajo—.
Melany tomó sin permiso de su casa un collar muy costoso que perteneció a su madre y me lo enseñó en aquella fiesta.
Cuando se acercaron los Roberson para discutir, yo lo tenía en mis manos y lo guardé en mi bolsillo porque ella no quería que nadie más lo viera.
Luego… pasó todo lo que pasó y yo llegué aquí con ese collar conmigo.
Sabía que Melany estaba angustiada y debía devolverlo sin que tú o el señor Ferguson se enteraran.
Adrián apretó el ceño. Jacob le había contado algo sobre una carta romántica y todo un drama infantil, pero por lo visto, él también había sido engañado y utilizado.
Miró con fijeza a sus hijos y a Elena sintiendo una mezcla de preocupación y orgullo. No sabía si angustiarse por la temeridad que tenían, o alegrarse al descubrir que sabían cómo cubrirse las espaldas ante una situación crítica.
—Sea cual sea el motivo, eso me revela que ustedes no me conocen del todo y no confían en mí.
—Sí confiamos en ti, papá —aclaró Theo enseguida.
—Si así fuera, hubieran sabido que yo jamás los habría acusado ante Eugene por ese collar, sino que los hubiese ayudado a regresarlo sin crear algún inconveniente. Como Elena intentó hacerlo.
Ella no dijo nada, ni siquiera podía mantenerle la mirada. Se sentía avergonzada por haberle fallado. En esa ocasión no habían tenido tanta cercanía como ahora y ella igual rompió su palabra de cumplir con sus reglas, ocultándole una delicada verdad que involucraba a sus hijos.
—Pensé que te molestarías conmigo —alegó Leo, de nuevo cabizbajo—. Ese día te causé muchos problemas.
Adrián estiró una mano hacia él, invitándolo a acercarse. Leo lo hizo con un poco de dificultad por culpa de su escayola y se sentó en el brazo del sillón.
—Ese día lo que me causaste fue un gran susto. No quiero que cada vez que pienses que estás en peligro te sientas solo y actúes sin consultarme, sino que sepas que cuentas conmigo. No tienes que esconderte en ninguna montaña o buscar a otros por ayuda, sino venir a mí. ¿Me lo prometes?
—Sí, papá —dijo el chico, inclinándose hacia él para abrazarlo por el cuello.
Max aprovechó y de nuevo se acurrucó en el pecho de Adrián y Theo no se quedó apartado, sino que se ubicó en el otro brazo del sillón para también unirse al abrazo entre sus hermanos y su padre.
Elena los miró con el corazón apretado en su pecho, los ojos llenos de lágrimas y las emociones a flor de piel. La escena le resultó tan tierna y conmovedora que se erizó por completo.
Cuando llegó a esa casa, los encontró tan alejados y desconocidos entre ellos que sintió pesar. Casi no se hablaban, teniendo una nula interacción. Ahora se prometían confianza en medio de un fuerte abrazo, abrigados por un sentimiento que cada vez se volvía más irrompible.
Adrián McGrath no solo era un hombre perfecto, inteligente, protector y decidido, sino también, un gran padre, a pesar de sus errores del pasado.
Se acarició con las manos su vientre, sintiéndose feliz de que su hijo fuese a tener un padre como él.
—Faltas tú —dijo Adrián, mirándola con fijeza e invitándola a acercarse también.
Ella sonrió y se puso de pie, aproximándose a ellos. Se paró detrás del sillón y lo abrazó por detrás, besando su cuello y mejilla. Él frotó su rostro contra el de ella y cerró los ojos disfrutando de la paz y el calor que solo sus hijos y su mujer podían darle.
Los niños estiraron una mano hacia la mujer, aferrándose a sus brazos mientras ella les acariciaba los cabellos. Aquella parecía una postal hermosa y familiar. Llena de reconciliación y de juramentos.
Se venía la etapa más turbia de la familia, todos los secretos debían salir a la luz, las verdades tenían que ser reveladas y los enemigos enfrentados cara a cara, pero ellos estarían unidos.
Esa era la única forma de mantenerse a salvo a pesar del peligro. Eso, al menos, comenzaban a entenderlo.
Una vez que los niños se calmaron, dejaron de llorar y de mostrarse asustados, Adrián y Elena se retiraron a su habitación. Él se sentó abatido en el borde de la cama, con los brazos apoyados en sus rodillas, las manos entrelazadas y la mirada endurecida clavada en el suelo.
Ella se ubicó a su lado y le acarició la espalda.
—¿Estás bien?
—Es duro verlos llorar de esa manera al enterarse que su madre murió antes de tiempo, por la crueldad de otro.
—Lo lamento. Estuve tan concentrada en la conversación que tuve con mi tía que no me percaté que Theo podía escucharme y descubrirme. Él es tan sigiloso…
Adrián respiró hondo y se incorporó para mirarla a los ojos.
—Hablaré luego con él. Debe dejar esa costumbre de estar escuchando en los rincones. Nos hace sentir inseguros.
—Es su forma de protegerse.
—Lo sé, pero es una acción imprudente y peligrosa. Más adelante podría meterse en un serio problema por eso.
—No seas duro con ellos ahora —pidió, algo entristecida—. Todo lo que supieron hoy ha sido muy doloroso.
Adrián apretó la mandíbula con enfado.
—Supuse que algo así pasaría, por eso alargaba demasiado esa conversación.
Elena envolvió las manos del hombre entre las suyas, para infundirle calma. Lo notaba inquieto.
—Y perdona por lo sucedido en esa oportunidad, cuando me aparecí en la casa de los Ferguson llevando ese collar —siguió la mujer—.
Fue imprudente y una falta terrible a la confianza que habías puesto en mí, pero de verdad quería ayudarlos.
Los trillizos se sentían tan solo y asustados que no pude negarme.
Solo evité que se inmiscuyeran, porque querían ir conmigo.
—Sé que tengo parte de culpa en ese hecho y también pido perdón por eso. En esa ocasión estaba muy encerrado en mis asuntos que les prestaba poca atención a mis hijos y a ti misma. Por eso tuvieron que llegar a esa situación, pero eso no volverá a suceder, te lo prometo.
Ella le acarició el rostro con una mano, siendo absorbida por su mirada profunda y decidida.
—Nada será igual, Adrián. Lo sé. Todos hemos cambiado. Tú, yo y los niños. Ese tipo de errores nunca más se va a repetir.
—Eso espero, porque aunque los veamos como algo simple y momentáneo, esos hechos que han empeorado nuestra situación.
—¿De qué hablas? —quiso saber ella, confundida.
—Que fue por esa salida tuya a la casa de los Ferguson lo que hizo que Jeremy dudara de ti y se obsesionara con perseguirte porque pensó que tú estabas allí persiguiendo a su padre, no ayudando a los niños. Si no hubieras ido allí, él jamás se habría enfocado tanto en ti.
Elena apretó los labios para controlar la rabia. Eso ya lo había sospechado, pero que Adrián se lo dijera le resultaba incómodo.
Había sido tan imprudente que no midió sus acciones, solo actuó movida por un arrebato. Por culpa de eso, todo el plan que había trazado para conseguir la información que necesitaba se destruyó por completo, viéndose envuelta en un conflicto complejo del que ahora le costaba salir.
No podía volver a ser tan impulsiva.