Capítulo 99. Exigencias.
Theo dejó a Elena parada en la salita y entró a la habitación de su hermano Leo, donde ya se encontraba Max.
Ella dudó antes de reunirse con ellos, el niño había dejado la puerta abierta, como una clara y silenciosa orden.
Le exigía que les diera la cara y les explicara la verdad, que fuese sincera. Ellos ya le habían entregado su corazón, no querían que lo destruyera.
La mujer respiró hondo y pasó a la habitación. Theo la miró con el ceño fruncido, parado en un rincón con los brazos cruzados. Los otros los veían a ambos, desconcertados.
Leo estaba sentado en la cama, con su pierna herida sobre el colchón y la otra en el suelo. Max se encontraba de pie al otro lado, inquieto por la intriga.
—¿Qué sucede? —preguntó el niño—. ¿Por qué mi hermano está tan molesto contigo?
Elena apretó los labios. Era evidente que Theo no había dicho nada, esperando que ella se revelara.
—Yo… —inició, algo nerviosa.
Se suponía que esa conversación la realizaría con Adrián presente, con él manejando aquella situación. Pero el hombre no estaba allí y no podía darle más largas a ese asunto porque eso lastimaría aún más a los trillizos.
Además, ese problema fue su culpa. Ella se metió en esa casa, los engañó y manipuló todo ese tiempo, debía contar sus motivos y pedir perdón.
—Yo entré en esta casa con una falsa identidad.
Los tres niños se impactaron por sus palabras.
—Lo siento, de verdad. Mi intención nunca fue hacerles daño. Estaba enfadada, enfurecida y algo desesperada. Tuve que mentir para lograr que su padre me dejara entrar.
—¿Engañaste a papá y él nunca lo supo? —quiso saber Theo, confuso.
Siempre creyó que su papá lo sabía todo, que era imposible engañarlo. Por eso la confesión de ella le afectó tanto. Sus ojitos se llenaron de lágrimas que no permitió que se derramaran.
—Solo pude engañarlo un par de días. Adrián pronto descubrió mi mentira, pero no dijo nada porque quería vigilarme y saber hasta dónde era capaz de llegar.
Los niños compartieron una mirada alarmada entre sí. ¿Su padre había permitido que ella se mantuviera en esa casa, a pesar de haberles mentido desde el principio?
—¿Quién eres? —exigió Leo con un toque de desesperación en la voz.
Elena se abrazó a sí misma, soportando las ganas que sentía por acercarse a ellos y calmarlos. La decepción y la rabia que podía ver en sus ojos le dolieron más que todos los conflictos, traiciones y pérdidas que enfrentaba.
—Mi nombre es Elena Whitman. Soy hija de un antiguo socio de su padre que murió por culpa de una estafa sufrió de manos de personas muy allegadas a Northstar Distribution.
Mi madre murió meses antes, por culpa de una medicina que esa empresa retuvo.
Solo quería saber qué tan implicado estaba Adrián en ese asunto y si había participado en la estafa que le quitó la empresa a mi padre, que iba a ser mi única herencia.
La cara de los trillizos demostró el asombro que los embargaba.
—¿Papá hizo eso? ¿Tuvo algo que ver con la muerte de tus padres? —preguntó Leo, asustado.
—No —respondió Elena enseguida—. Pronto descubrí que él no tiene nada que ver con ninguno de esos crímenes.
Es más, él es tan víctima como yo. La retención de las medicinas no solo acabó con la vida de mi madre, sino también…
con la vida de la madre de ustedes —dijo eso último con cuidado, viendo cómo cada uno de los chicos se mostraba afectado por esa noticia.
La cara de Max, incluso, perdió todos sus colores.
—¿Tu mamá murió al mismo tiempo que la nuestra? —consultó el niño, con voz baja.
Elena asintió, mostrándose ahora con gruesas lágrimas aglomeradas en los ojos.
—Yo solo busco saber quién lo hizo y exigir justicia.
Adrián me descubrió y no dijo nada porque él también necesita esa información.
Alguien está saboteando su empresa, usándola para fines egoístas, que afectan la vida de muchos.
Él está investigando también, pero quería saber cuánto sabía yo y qué pistas manejaba.
Hubo silencio por un buen rato, mientras los niños asimilaban todo lo que ella les había revelado.
—Por eso estás en peligro —dijo Theo como una conclusión, no como una pregunta—. Estás más cerca de los culpables que él.
Ella asintió.
—Eso parece. Aún no estamos seguros.
—¿Jacob Pierce está metido en eso? —reclamó Max, con los puños cerrados y el rostro ahora enrojecido por la rabia.
—No —se apresuró por responder Elena—, pero está siendo manipulado para mantener una vigilancia en Adrián. Ahora trabaja para nosotros para descubrir a esa gente. Su padre logró ponerlo de nuestra parte.
—¡Él es un traidor! —dictó Max con enfado.
Elena alzó un poco las manos, en señal de rendición.
—Por favor, niños, no se enfaden ni saquen teorías sin conocer todos los detalles. Esperemos a que venga Adrián para que les cuente bien la información. Él no ha querido decirles la verdad para que no se asusten, ni se inmiscuyan en este asunto, que es muy peligroso.
—¡Esa gente asesinó a mi mamá! —soltó Max, sin poder detener las lágrimas y logrando que sus hermanos lo miraran con sorpresa y dolor.
Aunque ellos también se habían percatado de eso, decirlo en voz alta resultaba un shock muy fuerte.
—Max, por favor, tranquilo. Tu papá está realizando una investigación meticulosa. Tiene a detectives, abogados y a personas de gran confianza detrás de esa gente.
Poco a poco, ella se acercó a él hasta lograr abrazarlo. El niño se aferró a su cintura y hundió su carita llorosa en su panza. Su cuerpito temblaba por la rabia y el miedo.
—Entonces, ¿todo lo que nos has dicho es mentira? —preguntó Theo, con decepción—. ¿Siempre nos has mentido?
Ella negó con la cabeza.
—No. A pesar de que les oculté mi verdadera identidad, siempre he sido sincera con ustedes en cuanto a mis sentimientos.
Los quiero muchísimo y todo lo que he hecho por ustedes ha sido de corazón.
Incluso, lo que siento por su padre. Amo a Adrián y él lo sabe.
Por eso no ha permitido que me vaya de esta casa a pesar de que en varias oportunidades he querido hacerlo, sobre todo, después de que él me confesó que conocía mi verdad.
El silencio volvió a envolverlos. Solo se oían los sollozos suaves de Max, ahogados por el vientre de ella.
—Y no lo harás nunca —sentenció Leo con firmeza, cabizbajo y con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Jamás saldrás de esta casa. Te quedarás con nosotros para siempre.
Elena sintió un gran pesar, entendió que él estaba furioso y lo que decía era producto de esa rabia que lo embargaba. Se sentía engañado y usado.
—Leo…
—¡Te quedarás con nosotros! —la interrumpió, a los gritos—. ¡No te irás nunca!
Tanto Max como Theo lo observaron confundidos. Su hermano nunca había reaccionado de esa forma, siempre fue dulce y respetuoso. Tanto, que solían verlo como el punto más débil de la familia. El que debían proteger.
—A esa resolución llegué hace días, cuando descubrí mi embarazo y lo mucho que los amaba —respondió Elena con determinación, para que él le creyera.
Leo se calmó un poco, pero el dolor hacía mella dentro de él. Tomó su muleta y se levantó de la cama para salir de la habitación. Necesitaba estar solo para llorar, mantenerse cerca de ella lo desgarraba.
—Iré con él —comunicó Theo antes de seguirlo, con la mandíbula prieta y las lágrimas al borde de sus ojos, bien atrapadas para que no delataran lo resquebrajadas que tenía sus emociones.
Max, en cambio, volvió a encerrar su cara en la panza de Elena, reiniciando su llanto. Haber descubierto que su madre había sido asesinada y no falleció por culpa de su enfermedad lo llenó de una ira y un sufrimiento abrasador, que lo quemaba por dentro.
Elena no pudo hacer otra cosa que mantenerse allí, abrazándolo con firmeza. Lloraba también en silencio por sus propias tragedias. Cansada de tanto dolor.