Capítulo 94. Sospechas
Habían quedado tan cansados, luego de la sesión de sexo, que terminaron quedándose dormidos lo que quedaba de noche.
La larga charla que Adrián había querido tener con Elena tuvo que esperar no solo a que se despertaran esa mañana, sino a que desayunaran y compartieran un rato con los trillizos, quienes cada vez se mostraban más agitados a medida que se acercaba el día en que harían su reunión social en la mansión.
Adrián escuchaba fascinado como debatían cada detalle del «evento» que pensaban realizar. En ocasiones discutían, pero en otras se mostraban abiertos a considerar las opiniones del otro volviéndose unas máquinas de tomar decisiones y aportar ideas.
Nunca los había visto de esa manera. Tan involucrados y emocionados por una tarea. Aquello resultaba una novedad, incluso para él, que por años se había mantenido aislado en esa casa solo recibiendo visitas de trabajo y en ocasiones muy esporádicas.
Al principio, aquel plan le produjo recelo. No estaba animado con dejar entrar a extraños a su hogar aunque fuesen niños, pero al ver la emoción que demostraban sus hijos entendió que debía permitir esas reuniones más a menudo.
Ellos lo necesitaban. No quería que siguieran viéndolos como unos chicos raros a los que podían molestar.
Una vez que los trillizos se marcharon a la primera planta para crear unas tarjetas de pistas para uno de los juegos que harían ese día, él se dirigió con Elena a una de las terrazas traseras buscando privacidad para hablar.
—Sigo molesto por lo que hiciste anoche —soltó él mientras ella se sentaba en una silla hamaca y él se ubicada a su lado.
Elena respiró hondo, con dramatismo.
—Tengo derecho a aplicar mis estrategias así como tú lo hiciste en el restaurante. Sabía que la zorra Cavendish no iba a controlarse y buscaría una forma de molestarte, por eso me valí de Jacob y su arrepentimiento.
Adrián sonrió de medio lado, sintiendo un calor recorrer su pecho ante las palabras de ella, que demostraban sus celos. A pesar de odiar que desconfiara de él, le encantaba verla pelear por lo que tenían, aunque tuviera que hacerlo a escondidas.
Tomó una de sus manos y entrelazó los dedos, dejándola apoyada en su regazo.
—No quiero que sigas confiando en Jacob. Todavía no puedo determinar si está de nuestra parte o no. Ahora él sabe que hay algo entre nosotros, al menos, que ambos tenemos sentimientos el uno por el otro. No debemos darle más información al enemigo para que nos ataque en un futuro.
Eso la puso seria. Había estado tan desesperada por buscar una manera para alejar a Deborah Cavendish de Adrián, que no pensó en que le estaba entregando a Jacob, quien ya la había traicionado en dos ocasiones, información importante.
—Perdón, no debí hacerlo —expuso cabizbaja.
Adrián apretó más su agarre.
—No te preocupes, esto al menos me servirá para acercarlo de nuevo a mí y así volver a manipularlo.
—¿Volver a manipularlo? —preguntó ella, confundida.
—Establecí convenios con él para tenerlo cerca y así poder obtener información sobre Jeremy Cohen y su círculo social. Donde está incluido Norman Roberson y otros empresarios que están ansiosos por ver mi caída para ocupar mi espacio, o conocer sobre mis clientes buscando robármelos.
—¿Jacob forma parte de ese grupo?
—Sí, pero no tiene gran presencia por tener una empresa pequeña. Sin embargo, me ha servido para conocer las pretensiones de ellos y enviarles con él información falsa o confusa que los haga actual mal. Es como una especie de juego.
La sonrisa que el hombre dibujó en su rostro se notaba perversa. Elena arqueó las cejas.
—¿Te diviertes jugando con tus rivales?
—Mucho —aceptó él con un brillo divertido en los ojos—.
El problema es que el día de tu almuerzo con Jacob me enfadó tanto lo que Jeremy te hizo y la forma en que te asustó que decidí alejarlo, perdiendo así ese contacto.
Ahora, con esta excusa de lo sucedido en la mansión de los Cavendish, podría acercarlo de nuevo y así asegurarme de que no diga nada sobre nosotros.
Además, que me ayude a conocer sobre las intenciones de Jeremy y todo lo que pueda saber de su padre.
Ella no podía salir de su asombro. Adrián era mucho más calculador y estratega de lo que había imaginado.
—¿Sospechas que sea Jeremy quien esté saboteando tus negocios?
—No —expuso él con firmeza—. Luego de la conversación que tuve con Christian Cavendish anoche en la cena, puedo asegurar que el único que tiene sus manos metidas en todo esto es Dairus Cohen.
Y no hablo solo de lo sucedido ahora, sino de lo que pasó cinco años atrás.
Dairus se asoció conmigo para utilizar a mi empresa para algún negocio turbio, que debo comenzar a investigar.
Se aprovecha de mis contactos y de la confianza que posee mi empresa para mover mercancía evadiendo controles e impuestos.
Debo detenerlo antes de iniciar la sociedad con los asiáticos.
A Elena le costaba asimilar todo lo que decía, pero entendía que había mucha verdad en sus palabras.
—En los documentos que he estado revisando he encontrado inconsistencia con los registros de la mercancía que movilizas. Alguna se pierde sin dejar rastros, otra tiene datos no muy claros, que no cuadran con los pedidos o con los inventarios de carga.
Él asintió con el semblante endurecido.
—Comenzamos a encontrar pistas. Ahora debo saber qué tipo de mercancía es la que está moviendo y a quien se la distribuye.
—¿Y qué tiene que ver la empresa de mi padre y otras empresas pequeñas que él ha comprado con estafas? —quiso saber la mujer.
—Son empresas de traslado nacionales, que podrían distribuir por tierra lo que sea que él trae de otro continente en mis barcos.
Al dejar de ser responsabilidad de Northstar Distribution Corp, puede hacer con ella lo que le da la gana y si la empresa de traslado nacional es suya, esquiva controles siendo más fácil desaparecerla.
Elena sintió rabia por lo que escuchaba. Se recostó en el sillón y fijó su mirada enfurecida en el jardín. Aquel hombre era un contrabandista, que desde hacía más de cinco años fortalecía su empresa ilegal. Debía esforzarse por hallar pruebas que lo incriminaran.
—Si Dairus es quien hace todo eso, ¿cuáles son las pretensiones de Jeremy? —consultó, desconcertada.
—Jeremy odia a Dairus, creo que desde que nació.
Entre ellos hay un drama familiar que incluye abandono, malos tratos y quién sabe qué otras cosas.
He escuchado rumores de que Dairus tiene algo que ver con la muerte de la madre de Jeremy, pero nunca he querido conocer a fondo ese asunto.
Supongo que Jeremy está como nosotros, buscando pistas para hundir a su padre.
Él debe saber qué hace y cómo utiliza a mi empresa, por eso me vigila.
—Y por eso busca alejarme —expuso Elena con un brillo de entendimiento en el rostro—. Dice que yo me interpongo en sus intereses, que posiblemente sean descubrir los negocios turbios de su padre y la forma como dañó al mío.
—No quiere que descubras a Dairus. Al menos, no ahora —dedujo Adrián.
—¿Por qué?
Elena y él se miraron a los ojos, ambos reflexionando toda la información que manejaban.
—Quizás, porque todavía no tiene las pruebas suficientes para inculparlo —propuso el hombre—. Si tú lo señalas sin tener las suficientes pruebas, Dairus se librará con facilidad de ese asunto, debe tener un plan en caso de ser descubierto. Pero si esperas un poco más…
Las ideas corrían de un lado a otro en la cabeza de Elena, como si fuesen un manojo de cucarachas a las que se les roció veneno. Le costaba conectarlas entre sí para establecer conclusiones.
Aunque una se agitaba más que el resto.
—Los chinos. Eso podría estar esperando Jeremy, el inicio de tus contratos con ellos. La cantidad de mercancía que moverás con esa gente será mayor y podría ser más fácil de rastrear —se atrevió a decir, nerviosa por sus propias deducciones.