Capítulo 93. Un castigo.
Cuando Adrián llegó a la mansión, halló la casa sumida en un extraño silencio.
—¿Dónde están los niños y Elena? —preguntó a Charles cuando el mayordomo lo recibió en la entrada.
—Los trillizos ya duermen, señor, y la señora estaba en la salita del piso principal, trabajando en los documentos de su empresa —respondió, mientras tomaba el abrigo de su jefe y lo colgaba en el ropero.
Adrián emitió un gruñido de molestia y subió enseguida al primer piso para retar a Elena por quedarse hasta tarde trabajando, sin atender las recomendaciones médicas de descansar.
Pero no la halló en ese lugar. Allí las luces estaban apagadas y todo en una calma misteriosa.
Él apretó el ceño, seguro de que Elena se había enterado de su llegada y enseguida dejó todo para ir a la habitación y simular que ya dormía, así que se dirigió con paso apresurado a su dormitorio sin disimular su molestia.
Al entrar, la encontró como lo había sospechado: acostada en la cama, dormida. O al menos, haciéndole creer eso hacía.
Arqueó las cejas al hallar su ropa desperdigada en el suelo, incluso su ropa interior. Eso le demostraba que ella estaba bajo las sábanas desnuda, pretendiendo provocarlo.
«Maldita mujer», pensó, haciendo dibujar en su rostro una sonrisa perversa.
Elena se hacía la dormida para evitar que él le reclamara por haberse quedado despierta hasta tarde, pero lo hacía de aquella manera provocativa, porque sabía que mentirle era imposible.
Y si no podía librarse de su castigo simulando dormir, lo haría seduciéndolo de forma directa.
Comenzó a quitarse su ropa junto a la cama, sin quitarle la mirada de encima. Él sabía que ella no iba a soportar mucho hacerse la difícil sabiendo que estaba dispuesto a seguirle el juego.
Como supuso, no pasaron muchos minutos antes de que ella abriera los ojos y lo observara a través de la penumbra.
Adrián no le dijo nada, solo seguía desnudándose sin modificar su expresión severa. Una que encendía aún más la excitación en Elena.
—Veo que no te fue bien en la cena. Pareces a punto de encenderte por una combustión espontánea.
—Así me pongo cuando no tengo a mi mujer cerca —dijo, bajándose los bóxer y dejando a la vista su pene erguido e intimidante. Uno que a ella le arrancó un suspiro de ansiedad.
—Pero tenías a la heredera Cavendish cerca. Tal vez, dispuesta a complacerte en todo lo que querías —expuso con evidentes celos.
Él jaló las sábanas para descubrir su cuerpo desnudo, disfrutando con satisfacción de las hermosas vistas.
—En la única en que puedo encontrar verdadero placer es en ti, a pesar de tu empeño por desafiarme con tus provocaciones —alegó, y subió a la cama colocándose sobre ella con una rodilla a cada lado de su cadera, manteniéndola acorralada.
Elena no podía dejar de admirar su cuerpo perfecto y seductor, con su pene apuntando directo a ella, como si la desafiara. Aquella posición del hombre la intimidó y aceleró las pulsaciones de su corazón.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó algo nerviosa. Creyó que tenía el control de la situación, buscando distraerlo para así no ganarse un regaño de su parte.
Se concentró tanto en el trabajo con los documentos que no estuvo pendiente de la hora. Solo se percató del tiempo que había pasado despierta cuando escuchó la puerta de la mansión abrirse.
—Voy a castigarte por no obedecerme nunca ni atender las sugerencias del doctor —respondió él, inclinándose hacia ella para dejar besos regados en su vientre y subir hasta sus pechos, que saboreó sin prisas mordiendo con suavidad sus pezones endurecidos.
—¿Obedecerte? —rebatió entre gemidos, procurando sonar severa. Aunque igual cerró los ojos para disfrutar de las atenciones que él le daba, hundiendo los dedos en sus cabellos sedosos, despeinándolo—. ¿No comiste nada en esa cena, que llegaste tan famélico?
—De ti siempre tendré hambre —respondió el hombre, e introdujo una mano entre sus piernas para acariciar su clítoris y penetrarla con dos dedos.
Elena se arqueó jadeando con sonoridad. Estaba tan sensible que un simple roce de Adrián la encendía como si fuera fuegos artificiales.
—Así que incumpliste tu palabra y contactaste a Jacob para fastidiar a Deborah.
Ella quiso sonreír de forma traviesa, pero él aceleró sus acometidas con sus dedos generándole una tormenta de sensaciones.
—No sé… de qué… hablas… —respondió con la voz entrecortada por aquellas penetraciones. Apretó los puños en el cabello de él para soportar el oleaje de placer mientras Adrián jalaba con su boca sus pezones produciéndole un exquisito dolor.
—No te podías quedar tranquila y simplemente confiar en mí.
—Confío… en ti… —expuso entre sollozos—. Pero… esa perra…
No pudo continuar. Su cuerpo se contorsionó por la tensión del poderoso orgasmo que él le produjo y la hizo emitir un grito ahogado mientras se derramaba sobre su mano.
Adrián le permitió unos minutos para que recuperara el aliento y la cordura, luego gateó un poco en la cama hasta que su pene, que parecía a punto de romperse por lo duro y erecto que estaba, quedó a la altura de la cara de la mujer.
—Primero voy a castigarte por tu impertinencia. Luego, tú y yo tendremos una larga charla aprovechando que estás muy despierta —expuso y la tomó por la nuca con una mano, apresándola por los cabellos, mientras la otra tomaba su pene para introducirlo dentro de la boca de ella.
Elena lo miró con una mezcla de sorpresa y deseo a través de sus ojos empapados por la satisfacción. No solo lo aceptó dentro de su boca con gusto, sino que se concentró en darle una buena mamada como castigo por pretender castigarla.
No se detuvo hasta no verlo rugir de placer y estremecerse como un chiquillo. Entre jadeos ahogados gritó su nombre y casi se derrumbó sobre ella cuando al fin el orgasmo lo hizo estallar, derramándose sobre la mujer. Le llenó el cuello y los pechos con su esencia.
Una vez recuperado, se fueron al baño para darse juntos una ducha, sin dejar de besarse y consentirse con caricias. Cambiaron las sábanas y cayeron sobre el colchón jugando de nuevo a quererse.
Hasta que se quedaron dormidos abrazados, olvidando, de momento, el vendaval de conflictos que estaba a punto de caerles encima.