La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 92. ¿Qué haces aquí?
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Capítulo 92. ¿Qué haces aquí?

Adrián culminó la charla con Christian y se dirigieron al salón, donde se encontraba el resto. El mayordomo les informó que Deborah los buscaba y pronto llegaría a esa terraza.

Cuando entraron en la sala, la mujer enseguida lo abordó aferrándose a su brazo, como si temiera que desapareciera de nuevo.

—Adrián, te estuve buscando, quería mostrarte algo.

Lo llevó casi arrastras a una mesa ubicada en un lateral, donde Samira y Natasha revisaban con gran interés una caja llena de joyas, probándose collares de piedras preciosas y perlas y admirándose en un espejo de tocador.

—Mira lo que me regaló Iván Kashirsky, uno de los socios comerciales de mi padre, cuando regresó de Rusia hace unos días.

Deborah alzó una caja de terciopelo que al abrirla, mostró la gargantilla de oro blanco con diamantes diminutos incrustados de mucho valor.

Adrián admiró la joya sin darle mucha importancia.

—Es hermosa, ¿ya la estrenaste?

—Aún no. Espero que alguien me invite a algún lugar especial donde pueda lucirla como es debido.

Aquello lo dijo con intención y mirándolo directo a los ojos, como si lo empujara a que le hiciera alguna propuesta. Pero él parecía inmune a sus encantos, así que ella insistió.

—En dos semanas será la gala de las rosas organizada por la fundación Cornelia Griffin, que busca recaudar fondos para el estudio sobre la leucemia. Tal vez podríamos ir juntos.

La mujer parpadeó con coquetería hacia él, ignorando su mirada endurecida.

Adrián era un asistente habitual a ese evento y uno de los mayores aportantes. Desde la muerte de Mónica, su esposa, que había fallecido por esa enfermedad, él nunca había faltado y siempre los apoyaba. Ella lo sabía.

—Hace días confirmé mi asistencia. No puedo cambiar el registro, lo sabes. Esa gente es muy estricta con la organización —justificó el hombre.

—¿Irás? ¿Con quién? —preguntó la mujer con un toque de irritación en la voz, parecía hacerle llegar reclamos.

Sus amigas quedaron paralizadas en la mesa, tratando de disimular su incomodidad.

—¿Irás con el grupo de los Halcones? —consultó Jacob, aproximándose con un vaso de whiskey en las manos—. Escuché que te habías unido a ellos —dijo mirando a Adrián con una sonrisa brillante, aunque este le regresó una mirada severa.

—¿Los Halcones? —exclamó Christian, impactado—. ¿Ese es el grupo de exestudiantes de Princeton que ahora domina el mercado tecnológico en el país, con sus famosas startup y sus ideas empresariales revolucionarias?

—Adrián es un exestudiante de Princeton, por eso lo admitieron en sus reuniones. ¿No es así, amigo? —agregó Jacob, aumentando su sonrisa ante la cara amargada del otro.

Gracias a su intervención, Christian se enfrascó con Adrián en una charla sobre empresas tecnológicas y amistades inteligentes, evitando que Deborah siguiera hurgando en el tema de la asistencia a la gala y se enterara con quien en realidad él pensaba acudir.

La mujer tuvo que tragarse su furia y simular revisar con sus amigas la caja de joyas mientras su padre, Jacob y Adrián se concentraban en su charla.

Esa no fue la única ocasión en toda la noche en que Jacob lo liberó de dar explicaciones y quitarse de encima el acoso de la heredera Cavendish.

Por eso, en una oportunidad en que las mujeres subieron al tocador de la primera planta, Sonia y su hija fueron a acostar a la tía Anastasia y Christian entró en la cocina con su mayordomo para tomar una medicina, Adrián aprovechó la oportunidad para abordar al hombre.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le preguntó con enfado, aunque manteniendo las manos en los bolsillos de su pantalón para disimular su estado en caso de que alguien de la familia apareciera de improviso.

—Natasha me invitó. Nos vemos de vez en cuando. No tenemos una relación oficial, pero…

—Sabes que eso no me interesa —lo interrumpió con la mandíbula apretada—. ¿Por qué carajos me estás ayudando?

—Porque es evidente que tú estás aquí por un plan de Deborah, que está dispuesta a atraparte en un compromiso a la fuerza. Hasta su padre lo ha notado, por eso me sigue la corriente siempre.

Adrián emitió un gruñido bajo.

—¿Te comunicaste con Isabella? —preguntó con tono amenazante.

Jacob intentó enfocar su mirada en cualquier otro punto del salón, para no darle la cara, aunque en ocasiones, y con nerviosismo, dirigía su atención a él.

—¿Hablas de Elena Whitman?

Adrián dio un paso hacia él con actitud pendenciera. Jacob enseguida retrocedió la misma distancia mirándolo con precaución.

—Estoy aquí como un amigo. Solo busco su perdón.

—Te dije que la dejaras en paz.

—Y eso he hecho, no la he empujado a otro encuentro fuera de la mansión y lejos de ti a pesar de que Jeremy me obliga.

—¿Por qué Jeremy te obliga a manipularla?

—Porque me consiguió algunos buenos contratos y busca cobrarse el favor exigiéndome que lo ayude a llegar a Elena.

—¿Qué demonios quiere de ella?

El hombre alzó los hombros con desconcierto.

—Creo que Elena se está metiendo en algo que a él le interesa y quiere buscar las maneras de detenerla. Te juro que no sé mucho del asunto, solo que él está algo desesperado y…

No pudo seguir con su confesión porque en ese momento apareció Sonia con sus hijas y las amigas, riendo por alguna anécdota que la mujer había dicho. La única que estaba seria era Deborah, que desde hacía un buen rato tenía una actitud malcriada que ya no se molestaba en disimular.

—¡Adrián! Hace unos meses estuve en Austria y aprendí a hacer una torta Sacher con un toque especial que estoy segura te encantará —comentó Sonia—. Me queda un buen trozo, si te animas podríamos comer un poco con brandy.

—Muchísimas gracias, pero la verdad, ya debo irme —se disculpó con una sonrisa diplomática.

—¿Te irás? —preguntó Deborah, sorprendida, y algo enfadada.

—Sí, no quiero dejar mucho tiempo a mis hijos solos. A veces he llegado a altas horas de la madrugada y los encuentro despiertos.

Deborah endureció más las facciones, sabiendo muy bien que no era a los trillizos a quien él quería ver con tanta premura.

—Oh, ¡esos pobres niños! —exclamó Sonia poniéndose una mano en el pecho como si estuviese sufriendo de un paro cardiaco—. Están siempre tan solos y desamparados…

—Nunca están solos ni desamparados —aclaró Adrián, con firmeza—. Siempre tienen quien los cuide, solo que están en la edad de las travesuras.

—Es evidente que quien los vigila no lo hace bien —soltó Deborah con ironía—. Tal vez deberías cambiar a esos cuidadores.

Ambos compartieron una mirada endurecida, pero ninguno agregó algo más.

—Tengo un sobrino que espera que mi hermana y mi cuñado se duerman para vagar por la casa y hacer todo lo que no le permiten en el día. Es un pilluelo, capaz de eludir cualquier vigilancia —bromeó Jacob buscando suavizar el momento.

En eso llegó Christian cambiando por completo el tema y dándole la oportunidad a Adrián de despedirse para marcharse sin que nadie más le hiciera algún comentario respecto a sus hijos. No quería terminar esa velada siendo un grosero.

—Mañana te quiero en mi oficina sin falta —ordenó en susurros hacia Jacob antes de irse, buscando que nadie más se percatara de su intercambio—. Si no lo haces, te buscaré hasta en el fondo del mar. Tienes mucho que aclararme —exigió, terminando las despedidas y tomando su abrigo para salir.

Jacob se puso algo nervioso por esa petición, pensando desde ya en las excusas que podría utilizar para justificar la visita a Northstar Distribution Corp sin que Jeremy sospechara de él.

No quería meterse más hondo en aquel problema, pero su relación con Elena y con Adrián le convenía más.