Capítulo 91. La tormenta.
En vista de la delicadeza del tema, Christian decidió llevarse a Adrián hacia una terraza privada para continuar la conversación. Sin otros oídos que los escucharan.
—Aquí estaremos tranquilos, sin interrupciones de ningún tipo.
—¿Tan complejo es lo que piensas decirme?
Christian sonrió mientras encendía un puro y estiraba la espalda de cara al hermoso cielo estrellado que se mostraba ante ellos.
—Voy a serte sincero, Adrián, y directo, porque eso me ha ayudado mucho en los negocios.
—Igual en los míos —respondió él, dando un trago a su bebida y mirando también el amplio horizonte.
—Deborah está muy interesada en ti y de todos los caprichos que ha tenido estos últimos años, este es el único que me parece útil —dijo el viejo, en referencia a todas las relaciones sentimentales, efímeras y algo duraderas, que su hija había tenido.
—No soy un hombre de caprichos —habló Adrián con determinación, dejando en claro que no iba a aceptar que lo incluyeran en ningún tipo de juego casamentero.
—Lo sé, pero tengo la esperanza de que en algún momento su deseo se convierta en algo serio. Tenerte como yerno sería un gran honor.
Adrián observó un instante el perfil del hombre, mientras este continuaba con su atención perdida en el firmamento sin dejar de fumar.
—Lamento decepcionarte, Christian, pero eso no podrá ser. Mis prioridades ya están marcadas.
El viejo apretó el ceño, algo sorprendido.
—Entonces, ¿los chismes son ciertos? ¿De verdad tienes algo con la niñera de tus hijos?
—De verdad tengo una vida privada que a nadie importa y que no permitiré afecten de ninguna manera —dijo muy serio, enfatizando cada palabra.
Christian solo sonrió, con orgullo.
—Lamento que sea así, aunque me gusta la forma en que actúas.
Tu firmeza habla muy bien de ti. No te preocupan los rumores, ni el qué dirán, haces tu vida a tu manera, solo velando por tu felicidad y la de tus hijos, sin dejar que nada se interponga en tu camino.
Eres igual en los negocios. Tan firme, seguro y determinado que terminas dominando el terreno sin que nadie lo note. Pero ya no pasas desapercibido.
—¿Por qué lo dices?
—Porque estás llegando muy lejos, muchacho. Tienes a los ojos de todo Seattle y de medio Estados Unidos sobre ti. Más ahora que lograste esa alianza con los asiáticos.
Adrián sonrió con poca gracia.
—Aún no he firmado ni un solo contrato con esa gente y ya me creen el dueño de esa sociedad. Los asiáticos podrían recular en cualquier momento y buscarse a otro.
—¿A quién? —preguntó Christian divertido—. Ni aunque se desate un gran escándalo alrededor de ti, si llega a descubrirse tu romance con esa niñera, los chinos cortarán lazos contigo. No existe nadie en todo el continente que les garantice la seguridad y la eficiencia que tú brindas.
Adrián se irguió y respiró hondo, pensando en Elena y en todos los conflictos que podrían arrastrar el descubrimiento de la relación que mantenían, así como su embarazo. Debía protegerla del tsunami social que esa noticia iba a ocasionar, y a sus hijos.
—Escucha, Adrián. Northstar Distribution Corp está ahora en la cima, no solo por los buenos contratos que estás por cerrar, sino por haber demostrado lo segura y confiable que es al rescatar ese enorme barco lleno de mercancía.
Creo que la lista de empresarios que llaman a tus oficinas para contratar tus servicios ha crecido de forma exponencial, ¿no es así?
Él mostró una media sonrisa.
—Bastante.
—Y se duplicarán una vez que firmes con los asiáticos, lo sabes. Los contratos correrán como río revuelto y eso para muchos es una oportunidad de oro.
Adrián apretó el ceño, ahora confundido.
—¿Es una oportunidad de oro el hecho de que se me duplique el trabajo?
Christian lo miró con cierto asombro. Sorprendido de que él no comprendiera el camino que tomaban sus comentarios.
—No existe nada más atractivo que una empresa capaz de mover grandes toneladas de mercancía de un punto a otro del planeta, sin que nada la detenga ni amenace. Ni siquiera, los organismos gubernamentales de los países que atraviesa.
Adrián se giró un poco hacia él, para así observarlo con fijeza con expresión interesada.
—¿Es esa posibilidad de movimiento lo que muchos buscan?
—¿Qué otra mierda podría ser? —consultó Christian con cierta burla—.
La confianza que ahora rodea a Northstar Distribution Corp es algo que respetan mucho no solo en este país, sino en todos con los que debes negociar para moverte.
Cuando saben que eres tú el que solicita permisos, te los ceden sin muchos trámites porque eres una persona honesta, preocupada y bastante obsesiva con los controles.
Además de solidaria, porque no solo trabajas con grandes corporaciones, sino con pequeñas fundaciones, sobre todo, médicas, y hasta con clientes de mediano nivel que apenas están iniciando sus negocios.
Eres algo así, como la Madre Teresa de Calcuta de la logística mundial.
Adrián resopló, negando con la cabeza y volvió a quedar frente al cielo estrellado.
—Uno de los motivos por los que quería hablar contigo era para ofrecerte un negocio muy rentable —reveló Christian logrando que Adrián lo mirara con las cejas arqueadas, aunque con una expresión dura en el rostro—.
Necesito movilizar equipos de alta gama desde Asia, tengo clientes dispuestos a pagar lo que sea por ellos, pero necesito evadir algunos controles para que los impuestos no sean exorbitantes.
Sé que contigo puedo lograrlo, porque si te enganchas con los chinos tendrás una llave de acceso en Asia muy beneficiosa.
Si aceptas mi trato, estaba dispuesto a negociar contigo con mi propia hija, con tal de lograr un contrato a largo plazo.
Pero ahora que sé que no quieres, prefiero serte directo, porque entiendo que así son seguras las negociaciones contigo.
Adrián no podría borrarse del rostro el shock que esas palabras le produjeron. Eso no se lo esperaba.
—Y te advierto, Adrián, no soy el único que está dispuesto a actuar de esa manera contigo. Muchos me han hablado de sus intenciones de citarte no solo para ofrecerte a sus hijas, sino a sus propias esposas si así lo deseas. Por engancharse a esa oportunidad darán lo que sea.
—Oh, mierda —exclamó él impactado.
—Otros son más violentos, y, en vez de llegar a un acuerdo contigo, prefieren afectarte y desequilibrarte buscando manipularte, dándote justo donde más te duele. Son esos los que están haciendo correr esos chismes de tu relación extraña con la niñera de tus hijos.
El rostro de Adrián se volvió más severo.
—¿Otros? ¿Qué otros?
—Gente muy allegada a ti y a tu empresa. Que desde adentro buscan hacerte implosionar, y que tengo la extraña sospecha de que no es la primera vez que hacen esto. Ya debieron joderte una vez.
Adrián quedó pensativo, mientras una tormenta de recuerdos y pensamientos se agitaba en su cabeza acelerándole el pulso.