Capítulo 90. ¿Ser sincero?
Los Cavendish se mostraron en extremo amables con cada uno de sus invitados, aunque derrochaban mayor simpatía con Adrián.
Sin embargo, Jacob fue capaz de acaparar la atención en varias ocasiones gracias a su personalidad aduladora y alegre. Hacía reír a carcajadas a Anastasia y a Sonia, que eso ya era mucho. Aquellas mujeres eran difíciles de impresionar.
También parecía tener en sus manos a la hermana menor de las Cavendish, Michelle, y a las amigas Samira y Natasha. A esta última, sobre todo. Ninguna parecía tener ojos para alguien más.
Solo Deborah intentaba enfocarse en Adrián, a pesar de sus constantes rechazos.
Logró atraer un poco su atención al incluirse en una conversación que él mantenía con su padre durante la cena, sobre el mercado financiero de la actualidad y la realidad de algunas empresas que creían dominar la industria.
Quienes, en realidad, poco a poco iban perdiendo relevancia.
La mujer estaba empapada de esos temas, gracias a las muchas conversaciones en las que participaba con empresarios y banqueros en busca de contactos e influencia.
—Algunas empresas crecieron creyendo que el prestigio bastaba para sostenerlas —comentó Christian haciendo girar en su mano el vaso de whiskey, al tiempo que observaba los hielos moverse dentro del licor—, pero mira lo que está pasando con varias tiendas departamentales tradicionales: enormes estructuras, con costos imposibles y clientes jóvenes que ya no sienten ninguna lealtad por las marcas históricas.
Solo acuden a ellas para dar paseos y distraerse, como si estuviesen en un museo.
Deborah sonrió apenas, acomodándose el cabello detrás de la oreja.
—En una cena en Manhattan, escuché algo parecido sobre una firma de medios muy famosa. Los bancos todavía la respaldan públicamente, pero en privado comentan que lleva años sobreviviendo gracias al peso de su nombre. Los ejecutivos veteranos no entienden cómo conectar con las nuevas audiencias.
—Ese es el problema de las compañías gigantes —dijo Adrián—. Cuando una empresa domina el mercado durante décadas, deja de adaptarse. Se vuelven lentos y burocráticos. Mientras ellos discuten estrategias en salas de juntas, aparece una startup pequeña y les roba una parte del negocio en meses.
Christian soltó una risa seca.
—Y después compran esa startup por miles de millones para fingir que siguen innovando.
Deborah apoyó el codo en la mesa.
—También está ocurriendo con algunas automotrices tradicionales. Siguen siendo enormes, sí, pero perdieron esa imagen de «futuro». Los inversionistas quieren tecnología, automatización, inteligencia artificial, no solo fábricas grandes y modelos repetidos.
—Lo mismo pasa en mi ramo, la logística —admitió Adrián, esta vez más serio—.
Las empresas de distribución que no modernicen sus sistemas van a desaparecer.
Ya no basta con mover mercancía de un lado a otro.
Los clientes quieren velocidad absurda, seguimiento en tiempo real, costos bajos y, por supuesto, seguridad.
Quieren que un paquete cruce el país casi tan rápido como un mensaje de texto y sin perder su privacidad.
Christian lo observó con una media sonrisa.
—Por eso tu compañía está creciendo tanto. Ese es tu foco.
Adrián alzó los hombros con indiferencia.
—Las empresas antiguas creen que compiten entre ellas, pero en realidad, lo hacen contra la impaciencia y las inseguridades de la gente.
Eso busco ofrecer: rapidez y seguridad. En eso se fijaron los asiáticos, no en el peso de mi nombre ni en mi rango social, solo en el hecho de que pude traer una mercancía en tiempo record desde el otro lado del mundo superando incluso, adversidades de la naturaleza.
Christian lo miró con gran admiración y Deborah con una devoción que rallaba lo obsesivo, pero Adrián no estaba muy pendiente de ellos dos, sino en Jacob, a quien veía demasiado coqueto frente al resto de las mujeres que formaban parte de la cena.
Entrecerraba los ojos hacia él, buscando entender los motivos por los que se hallaba en ese lugar. ¿Acaso buscaba contactos luego de haber perdido las negociaciones hechas con él por lo sucedido con Elena en el restaurante?
Al terminar la cena, pasaron a un salón para continuar con la charla. Deborah pretendió sentarse junto a Adrián y continuar la charla que tuvieron durante la comida, pero Jacob, con excusas magistrales, logró atraerla.
Con las mujeres se había enfrascado en una conversación sobre la vida social actual y requerían sus opiniones acertadas. A Deborah le apasionaba ese tema, así que decidió apartarse un poco para entrar en materia por un rato antes de volver a su cacería.
Aunque Adrián se sintió aliviado por no tener la presión de la mujer encima, que cada vez se hacía más insoportable y él no quería hacerle un claro desplante frente a su familia, veía sospechoso su actuar.
Le parecía que el hombre comprendía lo que pasaba con él y la heredera Cavendish y buscaba evitar que se mantuvieran cerca. ¿Por qué hacía tal cosa? ¿Será que Elena…?
No quiso sacar conclusiones apresuradas, le había pedido a Elena que se alejara de él por seguridad y esperaba que ella estuviese cumpliendo su palabra.
—Adrián, quería conversar contigo por el gran interés que se ha levantado alrededor de tu nombre este último tiempo —confesó Christian cuando ambos se ubicaron en sillones apartados.
—¿De qué hablas?
—De que no hay círculo social donde no se hable de ti. Ya sea por asuntos de trabajo o personales.
—¿Personales? —preguntó intrigado.
—Sí. Se dicen muchas cosas de ti. No es que eso afecte tu prestigio empresarial, pero sabes lo que dicen: un hombre que tiene control sobre su vida personal y su familia, lo tiene en su empresa.
Todavía hay gente con dinero y poder que piensa de esa manera y tú eres un joven que aún busca crecer.
Necesitas de ellos tanto de las nuevas generaciones.
—¿Y acaso esas conversaciones sobre mi vida personal podrían afectar mi imagen empresarial?
—Es posible, más si dejas que se haga pública la problemática que enfrentas.
—La cuál es… —soltó al aire, esperando que el hombre le confesara eso que tanto se hablaba se decía.
—Tu romance a escondidas con la niñera de tus hijos —soltó sin preámbulos—, y el hecho de que ella, al parecer, tiene algún tipo de relación con este jovencito —mencionó, señalando con la quijada a Jacob.
Adrián apretó la mandíbula con enfado, aunque disimuló su estado con una sonrisa de suficiencia.
—Además se dice que ella no es quien dice ser. —Eso le borró la sonrisa de los labios—. Hay comentarios por ahí, muy pocos y bastante discretos, que aseguran que ella apareció con ganas de meterse en la vida de algún empresario importante, indagando hasta sus secretos más ocultos para sobornarlo.
—¿Y por qué fuentes has escuchados esas historias?
Christian torció el rostro en una mueca incómoda.
—Sabes que se dice el pecado, pero no el pecador.
—Eso lo hacen las viejas chismosas y tú no eres una de ellas que yo sepa.
El hombre miró a Adrián con los ojos muy abiertos, algo indignado, pero también, avergonzado.
—Esto no te lo digo para discutir chismes, sino porque me preocupa tu reputación. Más ahora que estás escalando cimas muy altas.
—Lo que quiero es que tomemos este tema como una discusión de negocios y no como un asunto sin importancia.
Soy un hombre libre, sin compromisos, muy celoso de mi vida íntima y cuidadoso con mi círculo más estrecho, donde están mis hijos.
Tú mejor que nadie me conoce y sabes, que si tengo o no algo con la niñera de mis hijos, ese es un tema muy personal donde nadie meterá nunca sus narices y que hago con total conocimiento de causa…
y de consecuencias —finalizó, usando una voz firme y que no admitía discusiones.
Christian lo miró sorprendido.
—Solo quiero conocer en qué círculos se maneja esa información, para saber a quienes debo cerrarle las puertas. Porque para mí, alguien que habla tras la espalda de otro, es una persona poco confiable y honesta. Con gente así no quiero trabajar nunca.
El hombre se inquietó por sus palabras, que debía reconocer, eran muy sinceras. Él tampoco se sentiría a gusto trabajando con alguien que quisiese ventilar sus asuntos personales en medio de mesas de trabajo, buscando manchar su reputación.
Entonces, ¿lo mejor sería serle sincero?