Capítulo 89. La cena.
La mansión de los Cavendish era un complejo enorme ubicado en los límites de Seattle, que parecía una ciudad diminuta. Tan grande y equipada que bien se podía vivir dentro de sus muros sin ningún tipo de problemas.
Christian Cavendish era un hombre que amaba la tranquilidad y prefería estar dentro de su propiedad que fuera de ella, por eso se dedicó a hacerla lo más cómoda posible.
Allí tenía sus oficinas personales, gimnasio, piscinas climatizadas (una solo para su uso personal), amplios jardines y un lago artificial donde podía relajarse del trabajo, canchas de tenis, spa y una sala de cine con tecnología de vanguardia que ofrecía una experiencia inversiva mientras disfrutaba de una buena película.
Hasta había instalado su propio bar restaurante, con una terraza que daba a las montañas donde se reunía con clientes, socios y allegados.
Pero no fue allí donde Deborah organizó la cena, sino en el comedor de la casa principal, haciendo de aquel evento algo muy íntimo. Además de sus padres, se encontraba en casa su hermana menor Michelle, su tía abuela Anastasia, que vivía con ellos, y su amiga Samira.
Como últimos invitados, Deborah esperaba a su amiga Natasha que iría acompañada de su nueva conquista.
Cuando Adrián llegó, fue recibido por el mayordomo y dos empleados, quienes lo atendieron como si fuera parte de una familia real. Le ofrecieron puros, que rechazó con cortesía, y licor muy bien añejado.
Fue recibido por todas las mujeres de la casa, que lo agasajaron con alabanzas tanto por su presencia y personalidad, como por sus logros empresariales.
—Christian me dijo que de todos los presentes en la última fiesta de Miles Royce, fuiste el único por el que los asiáticos mostraron gran interés —comentó con voz interesada Sonia, la madre de Deborah.
—Supongo que los enamoraste con esa osadía de rescatar la mercancía que traías en barco desde Europa —expuso Anastasia, sentándose con expresión cansada en un sofá.
—Una de las cosas que ellos buscan cuando contratan un servicio de traslado, es la seguridad. Están por instalar sus bodegas y oficinas aquí, necesitan traer muchos de sus productos, por eso se interesaron en mí —expresó Adrián, al ubicarse frente a la tía abuela en un sofá individual.
Deborah enseguida se sentó a su lado, en uno de los reposabrazos, aunque sin atreverse a tocarlo al notar su rigidez. Eso la molestó, aunque supo disimularlo.
Como le había prometido a Elena, él se esforzó por evitar que aquella mujer cruzara límites no autorizados, dejándole desde el principio clara su postura.
—La mercancía que trasladarán esos empresarios no solo es especial por la cantidad, sino por la calidad. Moverán millones de dólares de un continente a otro. Por eso para ellos la seguridad es indispensable —comentó Anastasia.
—Tu empresa siempre ofrece un alto nivel de seguridad a los clientes —agregó Sonia, parada junto a él con su hija Michelle colgada del brazo—.
Christian solo confía en ti cuando hace grandes compras en el exterior, o debe realizar algún envío importante.
Y no deja de recomendarte con sus socios y allegados.
—Me alegra que confíe en mí. Cada contrato que cierro para mí es muy importante. Me esfuerzo al máximo por cumplirlo, sin importar el tipo de cliente. La reputación para mí no es opcional —expresó con orgullo.
No podía negar que se sentía satisfecho con el trabajo que hacía, daba todo de sí para ganarse esa confianza.
—Es admirable el esfuerzo que pones en tu empresa, deberías hacer eso con tu vida personal —aconsejó Sonia—.
Tienes que demostrar que eres capaz de tomar decisiones sabias no solo en los negocios, sino también en tu vida personal.
Eso es importante para demostrar estabilidad.
De esa manera agrandarías la confianza de los clientes.
—Mi vida personal está ahora muy estable —insistió él, dando un trago a su bebida, sabiendo el camino que aquella mujer buscaba tomar.
—No del todo, Adrián. Tus hijos, aunque están sanos y han crecido heredando tu presencia avasallante y atractiva, han estado muy solos.
Por eso han sucedido situaciones preocupantes con ellos como lo ocurrido el día de aquella tormenta.
Necesitas a alguien a tu lado que te ayude, alguien que además sea capaz de darte un mayor estatus y distinción del que ahora ya disfrutas.
Luego de decir eso, la mujer compartió una mirada cómplice y una sonrisa con su hija Deborah. Con eso demostraba que lo habían llevado allí para recibir un ataque coordinado de todas las Cavendish, hasta lograr envolverlo en un compromiso irrompible.
Adrián tuvo que soportar por largos minutos una charla sobre matrimonio y figuras femeninas adecuadas para sus hijos, hasta que Samira, la amiga de Deborah, que se había apartado a una terraza para atender una llamada telefónica, entró en la sala y se acercó a la mujer.
—Natasha ya llegó a la mansión —notificó en voz baja, pretendiendo hacer el anuncio privado, pero Adrián pudo escucharlo.
Deborah se puso de pie, no sin antes acariciarle la nuca al hombre en un gesto muy íntimo, como si estuviese tanteando el terreno. Aunque no sonrió porque recibió de él una mirada fría que resultó una clara advertencia.
En medio de un suspiro de frustración ella se dirigió con Samira a la puerta, para recibir a su amiga. Buscaba controlar su tensión porque aquel encuentro no estaba resultando como quería.
Adrián era un hueso duro de roer. En sus planes ella quería que a esa altura de la noche al menos estuviesen agarrados de las manos, compartiendo disimuladas caricias y miradas llenas de anhelos, pero él solo se enfrascaba en conversaciones básicas con su madre y su tía abuela, sin prestarle casi atención.
Cuando Deborah se retiró al vestíbulo, Christian Cavendish apareció en la sala caminando con lentitud por culpa de una cojera. Iba vestido con un traje casual, sin corbata, aunque de una marca distinguida que le aportaba gran sofisticación y comodidad.
Adrián enseguida se puso de pie para saludarlo con un abrazo.
—Qué gran honor tenerte en casa, muchacho.
—Para mí es un gran honor el que me haya invitado.
—Me encanta tenerte aquí, desde hace un tiempo he querido tener una charla particular contigo, pero nunca se presentaba la ocasión —expuso el hombre manteniendo una mano sobre su hombro.
—Solo tenías que avisarme y movía mi agenda para hacerte un espacio. Conversar contigo para mí es como una terapia necesaria.
Christian sonrió divertido y estuvo a punto de decirle algo, pero la entrada de su hija, junto a los últimos invitados, lo interrumpió.
Adrián perdió la sonrisa al ver aparecer en la sala a Jacob Pierce, sosteniendo del brazo con gesto íntimo a Natasha Douglas, la amiga de Deborah. El hombre le sonrió con complicidad, desatando su mal humor y demostrándole que aquella noche sería más incómoda de lo que había supuesto.