Capítulo 88. Tener el control.
Llegó el día de la cena especial que Deborah Cavendish había organizado para Adrián. Elena estaba tan enfadada que si le pinchaban una vena, de seguro no le saldría sangre.
—Sabes que no debes preocuparte por nada —insistió el hombre mientras terminaba de ponerse el traje elegante que había elegido para usar en esa ocasión.
Ella lo miraba sentada en la cama, con una mezcla de furia y admiración. Adrián era un hombre muy atractivo, sobre todo, cuando estaba vestido con trajes a la medida. Ellos no solo le daban un aire elegante y distinguido, sino que lo envolvían en un poder absoluto.
Lo hacían parecer dueño del mundo y poseedor de una fuerza que nada ni nadie podía superar. Su porte altivo y determinado ayudaba a mostrarlo intimidante, por eso muchos enmudecían cuando él llegaba a algún lugar, sin poder apartar la mirada.
Sabían que él no solo era un hombre que lo tenía todo, sino que contaba además con la fiereza necesaria para hacer crecer y proteger lo que tuviese en sus manos.
Ella se sentía dichosa de ser quien lo esperaba en casa, en su cama, aunque no era su dueña. Adrián McGrath no le pertenecía del todo y quizás jamás lo hiciera.
Él ahora la mantenía a su lado por el niño que llevaba en su vientre y por esa sensación de deuda y culpabilidad que sentía por su padre, a quien no pudo socorrer en sus últimos días de vida. Pero creía que no era indispensable. Si algo mejor llegaba, él quizás no lo dudaría.
Para evitar que la rabia y los temores siguieran corroyéndola por dentro, apartó la vista de él y la afincó en el suelo, cruzándose de brazos. Se mantuvo en silencio porque si abría la boca para mencionar otra queja, de las muchas que había emitido ese día, terminaría gritando y lanzando ofensas.
A medida que se acercaba la hora en que él debía irse a la mansión de los Cavendish, peor se sentía.
Adrián evaluó en el espejo que todo en su vestimenta estuviese en su lugar. A pesar de prepararse con esmero para causar una buena impresión y ganarse la confianza de Christian Cavendish, se sentía incómodo.
Era consiente que estaba jugando con fuego, no solo con Deborah sino con Elena. Ambas mujeres tenían un límite. Un mínimo error de él y podría perderlo todo en vez de encontrar las piezas que necesitaba para solventar su difícil situación.
Por el espejo miró a Elena, su cuerpo tenso por la rabia y su postura derrotada. Por supuesto, ella no aprobaba aquella estrategia, de la misma manera en que él nunca aprobó el almuerzo que ella había tenido con Jacob Pierce.
Cada vez que recordaba aquel momento y la imagen de su mujer sonriéndole a un imbécil traidor, la sangre se le encendía en las venas. Estaba seguro que ella ahora se sentía igual.
Se apartó del espejo para sentarse junto a la mujer, apoyando su mano en su muslo.
—Por favor, Elena. Sabes que esa actitud puede afectar tu embarazo.
—Estoy bien —expuso ella, sin verlo, aún con sus ojos perdidos en la nada y algo brillantes por culpa de las lágrimas de furia que se acumulaban en sus ojos.
Adrián, en medio de un suspiró, se giró un poco más hacia la mujer y la obligó a descruzarse de brazos para así tomarla de las manos.
Ella emitió un quejido, pero igual le permitió que modificara su postura aunque dirigiéndole una mirada inconforme.
—Te juro que no va a suceder nada entre Deborah y yo, no le permitiré que cruce ningún límite, ni se haga ningún tipo de ilusión.
—Ella es la heredera de una de las familias más importantes y poderosas del país. Necesitas su respaldo para seguir creciendo.
—He crecido sin el respaldo de nadie. Si ahora busco a los Cavendish, es solo por información que me ayude a revelar la identidad de mis enemigos y así pueda apartarlos de nuestro lado. Quiero construir una vida contigo sin que ninguna sombra de peligro nos aceche.
Elena apartó la mirada, inconforme. Los celos se la consumían por dentro a gran velocidad.
Él la tomó por la barbilla para obligarla a que lo viera a la cara.
—Confía en mí y quédate tranquila en casa.
—Será imposible que esté tranquila, no puedo dejar de ver en mi mente a esa rubia aprovechada colgada de ti, abrazándote, acariciándote y llenándote de su perfume.
—Entiendo cómo te sientes, Elena, pero no puedes olvidar que en mi corazón y en mi mente la única que siempre está presente eres tú. Este es solo un sacrificio que hago para asegurar nuestra tranquilidad, igual al que tú hiciste con Jacob en el restaurante.
—No es igual. Él jamás me puso un dedo encima, no me veía de la misma forma en que Deborah te ve a ti.
—¿No te veía igual? Lo hacía peor, Elena, solo que tú no lo notabas.
Ella le torció los ojos y quiso apartarse de su lado, pero él no lo permitió.
—Te amo, Elena. ¿Lo dudas? —preguntó con tono íntimo y manteniendo su rostro muy cerca del de ella, bañándola con el calor de su aliento—.
Haré lo que sea necesario para librarnos de todo lo que pretenda separarnos, sin faltarte al respeto.
Necesito que confíes en mí y estés tranquila.
Sé que es difícil, porque ya me ha tocado pasar por esta situación contigo cada vez que le aceptabas una invitación a Jacob, pero es importante que te esfuerces.
Si tú no estás calmada y segura, yo no podré hacer nada.
Solo estaré preocupado por ti y por mis hijos —dijo eso último acariciándole el vientre.
Sentir el calor de su mano sobre su panza a ella la hizo estremecer y le generó un oleaje de alivio.
Adrián aprovechó la ocasión para abrazarla y besarla, serenando aún más sus emociones. No quería irse dejándola tan afectada, no podría concentrarse en tener una charla reveladora con Christian sabiendo que ella había quedado tan nerviosa.
Su prioridad era Elena y sus hijos, si algo les sucedía a alguno de ellos, él dejaría enseguida todo lo que hacía para correr a su lado y protegerlos de lo que fuera que les afectara. Sin importar si de esa manera perdería su oportunidad de conseguir la información que tanto necesitaba.
Al quedar la mujer más tranquila, Adrián al fin logró marcharse de la mansión en dirección a la de los Cavendish. Dejó claras instrucciones a Charles para que estuviera muy pendiente de todos ellos y le avisara enseguida cualquier novedad.
Elena no quiso salir a despedirlo. Se quedó en la habitación acostada boca arriba en la cama, hundida en sus rabias y preocupaciones. Odiaba al mundo por siempre darle a ella todo a medias.
—Maldición, me siento tan impotente —se quejó.
En ese momento sonó su teléfono móvil con la llegada de un mensaje de texto. Rápido se incorporó para revisarlo, pensando que sería Adrián, pero bajó los hombros con derrota al ver que se trataba de Jacob Pierce.
—Ahora qué quiere este imbécil —mascó, abriendo el mensaje para leerlo.
«Hola, estoy de camino a la mansión Cavendish, con Natasha. Intentaré hablar con Adrián para pedirle disculpas. Lamento que no estés allí para disculparme contigo también».
Ella apretó el ceño. Jacob entendió muy rápido el grave error que había cometido y no desistía en corregir su falla y recuperar su amistad. De verdad se notaba muy arrepentido.
Sonrió con malicia cuando una idea le cruzó por la mente.
Tal vez no podía estar en persona en esa cena cuidando de que la zorra de Deborah Cavendish intentara algo con Adrián, como él había hecho con ella al ir escondido al restaurante donde se había citado con Jacob, pero quizás podía hacer algo desde la distancia a través del suplicante Jacob.
Él se había aprovechado de ella para conseguir sus fines, era hora de que se cobrara aquel favor. No podía seguir siendo la muñequita a la que otras manipulaban para obtener beneficios, ahora sería ella quien agarraría al toro por los cachos, llevándolo a su terreno.