La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 85. Inquietudes.
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Capítulo 85. Inquietudes.

Al día siguiente, luego de que Adrián se marchara al trabajo, Elena quería continuar con la revisión de los documentos que él había guardado y hablaban de lo sucedido en el pasado, al tiempo que conversaba con los niños sobre la actividad que pronto llevarían a cabo en la mansión.

—¿Para qué vamos a realizar tres juegos de mesa? Una batalla con espadas también es divertida —se quejó Max, sin dejar de lanzar la pelota que tenía en sus manos contra la pared.

El ruido constante que producía tenía los nervios de Elena de punta.

—Yo no puedo luchar —rebatió Leo, y alzó las muletas para que entendiera su punto—. Y a Melany no le gustan las peleas.

—Melany es competitiva. Cuando estamos en el colegio siempre se apuntaba a las carreras y a los juegos de futbol.

—¡Pero eso es diferente a las batallas con espadas!

—¡Es igual, solo que…!

—¡Ya basta!

El grito de Elena los sobresaltó a los tres. Los niños la miraron con asombro. Max dejó de rebotar la pelota agachándose con ella en el suelo.

Theo, que había estado sentado con la mujer en la mesa del jardín ayudándola con la revisión de los documentos, arqueó las cejas con asombro. Nunca había visto a su niñera tan alterada.

—¿Por qué no se van a discutir a otro lado? —regañó a sus hermanos. Tanto Leo como Max pusieron caras avergonzadas.

—Perdón —dijo Leo, cabizbajo.

Elena respiró hondo para calmarse. La discusión entre los niños y el rebote con la pelota la irritaban, pero su verdadera molestia no radicaba en lo que ellos hacían, sino en todas las preocupaciones e intrigas que tenía en la cabeza.

Se acarició con una mano la panza, sintiendo una incomodidad, mientras apoyaba el codo de su brazo libre en la mesa y se frotaba la frente hasta dejarla apoyada en su mano.

—¿Te sientes bien, Isabella? —le preguntó Theo, preocupado.

—Sí, es solo… Disculpen, chicos, tengo la cabeza llena de cosas —dijo, incorporándose y mirando a cada uno con rostro apenado—. La verdad es que no escuchaba lo que decían, pero sus constantes palabras y el repiqueteo de la pelota me inquietó.

—Podemos hablar de la actividad luego —propuso Max, levantándose con la pelota en la mano—. Si quieres te dejamos sola.

—No, por favor —pidió ella en medio de un suspiro—. Me gusta escucharlos cerca, eso me tranquiliza, pero no cuando discuten. Dejemos el tema de la reunión para más tarde y hagan cualquier otra actividad menos conflictiva mientras termino de revisar estos papeles.

Max y Leo asintieron. Max dejó la pelota y se puso a revisar las cuerdas que había atado a un árbol, con intención de hacer una escalera. Leo se distrajo con sus autitos y su pista mientras Theo seguía ayudándola en la mesa.

Ella vio que él había resaltado de forma correcta los nombres, fechas y montos de unas facturas que revisaba.

—Lo hiciste bien, gracias por adelantarme ese trabajo —le dijo, logrando que Theo mostrara una sonrisa.

—Te vi haciéndolo ayer y quería ayudarte para que tuvieras menos trabajo.

—Eres muy observador e inteligente. Vas a ser un gran hombre cuando seas grande.

—¿Cómo mi papá? —preguntó ilusionado.

Elena sonrió, sintiéndose más relajada. Le encanta que los niños siempre buscaran las maneras de imitar las acciones buenas de Adrián.

—Yo creo que vas a ser mejor que tu papá. Ya veo por qué él se siente tan orgulloso de ti.

Esa última aseveración hizo que al niño se le iluminara la cara con una alegría súbita y se irguiera henchido por la felicidad. Sin borrar la sonrisa de sus labios siguió revisando los documentos.

Ella le acarició los cabellos a modo de felicitación, pero la llegada repentina de Charles la distrajo.

—Disculpe, señora. Quería avisarle que el señor Miles Royce se dirige a la mansión. El señor McGrath me pidió que no dejara entrar a visitas a la casa cuando él no estaba, pero que antes lo consultara con usted por si deseaba recibirla.

La noticia la impactó. La visita de Miles la confundía, si él quisiera hablar con Adrián iría a la empresa, debía saber que no estaría en casa porque era su horario de trabajo. Si iba a la mansión, era para encontrarse con ella.

—Por favor, déjalo pasar. Me gustaría hablar con él —pidió, interesada.

Conversar con ese hombre, en privado y en un terreno que a él no le perteneciera, podría ser positivo. Algo lograría sacarle. Necesitaba comenzar a tener pistas más sólidas, no solo simples conjeturas que le generaran más dudas.

—Está bien, señora. Pero sepa que debo avisarle al señor McGrath de la presencia del señor Royce en la mansión.

—Lo entiendo. Puede hacerlo.

Charles se retiró para recibir al visitante mientras Elena reflexionaba sobre los posibles motivos de la aparición de Miles en esa casa. Había estado tan concentrada en sus pensamientos que no notó que Theo la miraba con curiosidad.

Cuando lo hizo, se sobresaltó un poco. No quería que él descubriera que Miles Royce era parte del problema que enfrentaba con Adrián.

—¿De verdad vas a recibirlo? ¿Él no es amigo de Jacob Pierce y viene a molestarte? —consultó el niño.

Elena sonrió para mostrarse menos inquieta.

—Miles Royce es un socio muy importante con quien tu padre acaba de hacer negocios. No creo que sea prudente no recibirlo.

—Pero… ¿y si te hace molestar?

—Entonces le diré a Charles que lo saque a patadas de aquí —dijo a modo de broma, pero eso no arrancó ninguna sonrisa en el niño.

—¿Puedo acompañarte? Si estoy presente, él no se atreverá a decirte nada malo.

Ella besó su cabeza, conmovida por su preocupación.

—No hace falta, te prometo que estaré bien. ¿Podrías mejor ayudarme a cuidar de tus hermanos para que no vuelvan a discutir por la reunión que realizaremos pronto?

Theo suspiró con algo de frustración.

—Está bien. Me quedaré aquí y estaré pendiente de ellos.

Elena lo abrazó con fuerzas y volvió a besar su cabeza.

—Te quiero mucho. A ti, a tus hermanos y a tu papá.

Aquella confesión sorprendió al niño, pero además, lo llenó de nuevo de una enorme alegría que le iluminó el rostro. Elena, sin darse cuenta, le estaba obsequiando más de lo que ella podía imaginar. Un amor sin medidas, uno que todos ellos tanto necesitaban y habían ansiado.

Después de otro abrazo apretado, ella se puso de pie para ir al salón principal. Mientras caminaba, la seriedad, y hasta la rabia, la dominó de nuevo.

No iba a desaprovechar ese encuentro con Miles Royce. Aunque fuese a la fuerza, tenía que sacarle algo útil a ese hombre.