La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 82. Algo bueno para su causa.
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Capítulo 82. Algo bueno para su causa.

Elena se dirigió enseguida a la habitación que compartía con Adrián para encerrarse y así tener algo de espacio para pensar.

El almuerzo que había tenido con Jacob solo reveló otra pieza en el tablero, una de la que aún no podían asegurar el bando al que pertenecía.

Por simple deducción, podría decirse que Jeremy Cohen apoyaba a Dairus y a Ángelo, por eso quiso acorralarla y hacerle llegar sus advertencias.

Al ser hijo de Dairus, era fácil imaginar que él se encontraba allí como soporte de su padre, pero Elena, como abogada, sabía que nada podía sostenerse por suposiciones.

Lo único que hacía irrefutable una teoría eran las pruebas. Y en ese caso, las pruebas serían una confesión de Jeremy, o de alguien muy allegado a él, como Jacob.

—No tuviste tiempo para hacer un interrogatorio, tonta. Todo pasó muy rápido.

Elena se reprochó por el resultado de aquel encuentro, aunque no podía echarle la culpa de lo sucedido a Adrián.

Era cierto que él la había engañado al asegurarle que confiaría en ella y la dejaría sola en esa reunión, acudiendo a escondidas para vigilarla, pero debía aceptar que su repentina, y oportuna, aparición fue un gran alivio.

Se había aterrado por la actitud agresiva de Jeremy.

Si Adrián no hubiese llegado de pronto, ella igual habría salido a las carreras de ese lugar.

No se hubiese arriesgado a quedarse y ser víctima de algún ataque o amenaza, era posible que esa situación la pusiese mal de salud, revelando su embarazo.

Algo que debía esconder ahora más que nunca.

«…comienzas a interponerte en algo que me interesa», había dicho Jeremy.

¿Qué era lo que tanto le interesaba? ¿Sería acaso Adrián y sus negocios? ¿O la situación de la empresa de su padre?

¿O quizás, lo referente a la mercancía que tanto buscaban robarle a Adrián?

«…tenía un fuerte presentimiento con el último barco que contraté. No solo por la mercancía que traía en él y el hecho de que era muy costosa, sino porque trasportaba medicinas oncológicas en grandes cantidades», le comentó Adrián.

¿Sería eso lo que a Jeremy le interesaba, o había algo más?

—Maldición. Debo hallar una forma de averiguar qué busca ese hombre. Él podría ser clave en este problema —se dijo, sentándose en el borde de la cama con una postura pensativa.

Jeremy podría estar relacionado con los intereses de Dairus y Ángelo, pero también, con los de Miles Royce. Recordó además, que lo había encontrado en una ocasión en la casa de Eugene Ferguson, empleado de confianza de Adrián.

¿Acaso usaba a Ferguson para obtener información confidencial de Adrián, como lo hacía con Jacob para manipularla?

Le urgía aclarar sus dudas, estaba cansada de las intrigas. Más ahora que la vida se le volvía más complicada.

Un toqueteo en la puerta la sacó de sus pensamientos.

—¿Quién?

—Somos nosotros, Isabella.

El corazón le dio un vuelco al oír la voz de Theo. Los trillizos estaban afuera.

—Pasen —autorizó. No quería hacerlos a un lado. No podía olvidar que ellos necesitaban de atención. Se sentían muy solos y aislados.

Los niños pasaron a la habitación. Max llevaba en sus manos una bandeja con una taza de té caliente.

—Trajimos esto para ti —dijo el chico, llegándose a la mesita de noche junto a ella para dejar la bandeja con cuidado—. Lo preparamos como te gusta, con una sola cucharada de azúcar.

Elena lo ayudó.

—Gracias, chicos, es un gran gesto —expuso la mujer con una sonrisa.

Theo se sentó en una silla ubicada frente a ella, Máx se quedó de pie y Leo se acercó con sus muletas para sentarse a su lado en la cama.

—¿Cómo te fue en el almuerzo? —preguntó Leo con rostro serio. Sus hermanos asumieron el mismo semblante.

—Bien —respondió Elena sin verlos, dándole un trago a su té.

—Si te fue bien, ¿por qué papá se fue enfadado?

La pregunta directa de Theo la inquietó. Más aún, su mirada evaluativa. Ella siempre creyó que aquel niño sabía más de la cuenta, era como su padre. Demasiado inteligente y persuasivo.

—¿Adrián se fue de nuevo? —se hizo la inocente, dándole otro trago a su bebida.

—Sí, apenas entró a la casa recibió una llamada que lo hizo enfurecer más y salir otra vez —expuso Max, con el ceño apretado y cruzado de brazos—. Antes de irse nos pidió que te obligáramos a descansar y te trajéramos un té.

Elena respiró hondo. La mirada autoritaria que el niño le dedicaba era la misma de su padre. Una que dejaba en claro que estaba dispuesto a hacerla cumplir con esas disposiciones aunque ella se negara.

Pero la noticia de la incómoda llamada que Adrián recibió le preocupó. ¿Quién lo habría llamado? ¿Sería Jeremy, provocándolo? ¿O era algo referente al barco recuperado?

—¿Pasó algo en ese almuerzo, por eso papá estaba tan molesto? —preguntó Theo, desgranándola con la mirada.

—No chicos, tranquilos —buscó serenarlos, dejando la taza en la bandeja—. Todo estuvo bien y calmado. Lo que pasa… es que su papá ha estado muy preocupado por el embarazo y bueno... tuvimos una pequeña discusión de camino a casa.

—Tiene sus razones —aseguró Theo—. Leí en internet que cuando la madre tiene debilidades físicas se puede correr muchos riesgos durante el embarazo, que si no son atendidos a tiempo, podrían ocasionar la pérdida del bebé.

Elena arqueó sus cejas, sorprendida por lo que el niño le decía.

—No quiero que pierdas el bebé —confesó Leo con los ojos empapados por lágrimas.

La enorme preocupación que el niño mostró a Elena le hizo recordar a Adrián, quien, a pesar de la dura coraza que siempre mostraba, en el fondo era muy sensible y vivía preocupado por cada detalle. Por eso era tan sobreprotector.

—Eso no va a pasar, corazón —aseguró ella acariciándole los cabellos y abrazándolo, luego miró a cada chico con una expresión un poco severa—.

Escuchen, no quiero que se pongan a leer solos nada sobre embarazos, ¿sí?

Y menos si son cosas graves. Mi embarazo está perfecto, el bebé crece muy bien y yo no tengo debilidades físicas, lo que pasó ayer fue producto del desconocimiento.

No sabía que estaba embarazada y no me cuidé como era debido. Ahora es diferente.

Los niños compartieron una mirada entre ellos. La ansiedad seguía marcada en sus rostros.

—Si tienen alguna duda sobre el embarazo lo hablan conmigo y lo investigamos juntos —propuso Elena—. No quiero que se aflijan porque todo está bien, y saldrá bien. Se los prometo. Pronto tendrán a su hermanito atormentándolos día y noche —bromeó, arrancándoles una sonrisa.

La seguridad que ella imprimió a sus palabras relajó los semblantes de los niños. Elena entendió que los trillizos necesitaban mucha guía. Al no tener quien les explicara o los escuchara, eran capaces de pensar y actuar de maneras poco apropiadas.

Aunque luego de esa conversación se notaban más tranquilos, seguía habiendo cierta tensión en sus hombros. No quería que ellos se llenaran de angustias, así que prefirió cambiar la conversación desviándolos de temas preocupantes.

—¿Qué han pensado sobre la tarde de juegos que pronto realizaremos?

Los ojos de los tres chicos brillaron llenos de expectativas. Eso le gustó mucho más. Eran niños, y debían vivir en medio de la ilusión y la alegría, no entre inquietudes.

—Ya hablé con mis amigos del club de lectura —informó Theo—. Aceptaron venir.

Elena sonrió, complacida.

—Son dos, ¿cierto? —quiso confirmar, para luego no llevarse una sorpresa.

—Sí. Carlos y Néstor, así se llaman. Ya están eligiendo las historietas que traerán para que las revisemos juntos. Tienen ediciones que yo no tengo —expuso con gran interés.

—De mi parte solo viene una persona —dijo Max, descruzándose de brazos y caminando hacia la ventana con indiferencia—. Y también me confirmó que vendría.

—Bien. Ya tenemos a tres invitados. Vamos bien —expuso Elena.

—Pero de mi parte son muchos más —comentó Leo, cabizbajo.

Ella lo miró confusa.

—¿No solo invitaste a Melany?

—Sí, pero no puede venir sola —reveló el chico con expresión de angustia.

—Es que Melany no puede venir sin su niñera —explicó Theo.

—Y sin sus otras molestas hermanitas —agregó Max. Leo lo fulminó con la mirada.

—¡No son molestas! —reclamó—. Dani ni siguiera habla o camina.

Elena recordó a la niñera de Melany, a la que vio junto a la niña en la primera fiesta a la que asistió de Miles Royce y cuando fue a la casa de los Ferguson a llevar el collar de esmeraldas.

—Es obvio que deba venir acompañada —justificó ella—. Y eso no representa ningún problema. Podemos recibir a esas otras invitadas.

Leo la observó con los ojos rebosando de alegrías.

—¿De verdad pueden venir?

—Claro. Podemos tener disponibles algunos juguetes para niñas más pequeñas para distraer a la hermanita menor de Melany y con respecto a la bebé, habrán muchas manos para cuidarla. No te preocupes por eso.

El niño se emocionó por la noticia, al igual que sus hermanos. Eso hacía más real aquella aventura.

Los tres ya estaban muy ilusionados con la actividad, tanto, que hasta habían diseñado un juego de búsqueda y resolución de acertijos como el que Elena les había preparado en una ocasión, que los obligara a buscar por toda la casa.

Ella los escuchaba con una sonrisa mientras terminaba su té, animada también por una posibilidad que se le había venido a la mente durante su conversación con los trillizos.

El hecho de que la niñera de Melany tuviese que ir con la niña a la mansión era muy conveniente.

Tal vez, mientras los niños jugaban y se distraían, ella pudiese interrogar de alguna forma a esa mujer para sacarle información sobre Eugene y las visitas que recibía en su casa, como la de Jeremy Cohen.

Aquella actividad, además de ser beneficiosa para los niños, lo sería para ella y su causa.