La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 80. Amenaza.
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Capítulo 80. Amenaza.

Elena no supo qué hacer ni decir, el pánico se extendió a través de sus venas.

—¿Qué significa esto? —preguntó, enfocándose más en Jacob, que se notaba tan contrariado e incómodo como ella.

—Solo busqué un punto neutral para conversar contigo con tranquilidad —justificó Jeremy, ahora mirándola con seriedad.

—¿Neutral? Esto es una emboscada —se quejó.

—Vamos, Elena. No seas dramática.

Ella apretó la mandíbula ante esa provocación.

—¿Qué quieres? ¿Por qué de pronto te importa quién soy?

Jeremy guardó silencio un instante, mientras la observaba con atención, como si estuviese midiendo las palabras que diría.

—Solo busco ser tu amigo, pero eso será imposible si no hay sinceridad. Tú sabes mucho de mí, es justo que yo conozca, al menos, lo más importante de ti, como tu verdadera identidad.

—No quiero ser tu amiga, no lo necesito.

—¿No? Pues… deberías.

Elena resopló y respiró hondo buscando serenar sus emociones para poner hablar con frialdad, como él lo hacía.

—¿Qué quieres de mí? Si me trajiste aquí para encontrar una forma de manipular a Adrián, te advierto que…

—¿Yo quiero manipular a Adrián? —preguntó el hombre con exagerado impacto y tono de burla—.

La que se ha metido con engaños en su mansión has sido tú, lo sedujiste y supongo que te metiste en su cama, porque no encuentro otra justificación al hecho de que él te trate de forma tan protectora, te compre vestidos caros y te lleve a fiestas exclusivas.

El rostro de la mujer se coloró por la indignación.

—¿Qué tratas de decirme?

—Solo te demuestro que aquí la única manipuladora eres tú. Supiste jugar con él, consiguiendo rápido tu objetivo, pero… ¿con qué intención?

Elena apretó los puños para soportar el enfado.

—Lo que haga o deje de hacer con mi vida no es tu problema.

—Lo es cuando comienzas a interponerte en algo que me interesa.

—¿Sí? ¿Cómo qué? ¿La empresa de Adrián? ¿Sus contactos o negocios?

—soltó furiosa, esforzándose por controlar su tono de voz para no terminar haciendo un escándalo en ese restaurante, convirtiendo esa discusión en un tema público—.

Eso es lo que buscas. ¿No es así? Destruirlo para quitarle lo que ha logrado.

Jeremy resopló divertido y compartió una sonrisa con Jacob, pero este seguía serio y algo nervioso y esquivó su mirada. Esa reacción pareció molestar Jeremy, aunque no dijo nada, solo regresó su atención hacia Elena.

—Yo no quiero nada de Adrián. O quizás sí —expresó, repasándola de pies a cabeza como si valorara cada centímetro de su cuerpo—. Sé quién eres, Elena Whitman, y qué has venido a buscar a Seattle. Más específicamente, a la casa de Adrián McGrath.

Ella se mordió los labios para no explotar y poder responderle con calma.

—Si lo sabes, entonces, ¿para qué demonios planeas todo un espectáculo, utilizando a… —miró a Jacob con decepción, prefiriendo no nombrarlo— y me sacas de la mansión trayéndome hasta aquí?

Jeremy clavó sus ojos en ella, que brillaban con irritación.

—¿Qué pretendes al destapar lo sucedido con tu padre? Ya han pasado cinco años, él está muerto y enterrado y esa situación ha sido olvidada.

La sangre de la mujer hirvió.

—Nada está olvidado. Se cometió un delito, hubo una extorsión y una estafa. Mucha gente sufrió por lo ocurrido, quedando sin nada, y aún hay quien sufre por esa situación. Es necesario hacer justicia.

Jeremy pareció dibujar una sonrisa en sus labios, aunque pronto retomó su semblante endurecido.

—Justicia —dijo, como si no comprendiera del todo esa palabra—.

Y decidiste buscarla justo dentro de la cueva del lobo —expresó, esta vez, mostrando su diversión—.

Eres bastante arriesgada. Te metes en la casa de Adrián con mentiras, aunque sin disfraz, arriesgándote a ser descubierta.

De la misma forma en que entraste en la casa de Ferguson por la puerta de servicio, usando a Jacob de cómplice y la excusa del romance infantil de los trillizos con la hija de Eugene.

Todavía no entiendo si lo tuyo es bondad honesta o en realidad eres muy perversa.

Aquello fue suficiente para Elena. Enseguida tomó su cartera y buscó ponerse de pie para marcharse, pero Jeremy se inclinó hacia ella posando sus manos en sus piernas, impidiendo que se moviera.

Al tenerlo tan cerca, casi encima, Elena se asustó. Pensó que la golpearía o la trataría con rudeza. Quedó paralizada, con el corazón latiéndole a mil por horas y la piel pálida.

—No es hora de irse, Elena —expuso el hombre, afincando unos ojos amenazantes en la mujer, buscando dejar en claro su postura. Jacob se inquietó, irguiéndose en su silla, aunque sin atreverse a intervenir—. Aún necesitamos…

—Apártate de ella.

Jeremy quedó congelado, como un témpano de hielo, al escuchar la voz de Adrián a su lado. Giró el rostro para verlo parado muy cerca, con las manos cerradas en apretados puños y el rostro enrojecido y tenso por la furia.

Por instinto retrocedió, acomodándose en la silla mientras Elena se levantaba y salía de allí para ubicarse junto a Adrián, en busca de protección.

—¿Estás bien? —preguntó él a la mujer, cubriendo su cintura con un brazo y pegándola a su costado. Ella asintió con dificultad, con la mirada velada por los nervios.

—No le hice nada —se quejó Jeremy con tono fastidiado.

Adrián se enfocó en él sin soltar a Elena.

—Ni tendrás de nuevo otra oportunidad para molestarla. Tú tampoco —sentenció hacia Jacob, que permanecía paralizado en su silla observándolo con una mezcla de asombro y temor.

—Solo manteníamos una sana conversación, nada más —expresó Jeremy sin verlo, con voz casual, como si desestimara lo ocurrido.

Adrián soltó a Elena para aproximarse más al hombre, con postura desafiante, logrando captar toda su atención.

—Vuelves a utilizar a alguien más para llegar a ella y te juro que te destruiré en todos los sentidos. Sabes muy bien que puedo hacerlo.

Jeremy no dijo nada, solo le mantuvo la mirada. Estaba muy serio, comprendiendo que si cometía un error, Adrián no iba a tener compasión con él. Tenía los medios para hacerlo pedazos.

Sin embargo, no podía dejar de rebelarse de alguna manera, al menos, evitando demostrarle miedo o debilidad. Mantenía su postura firme, porque sus intenciones así lo eran.

Antes de marcharse, Adrián dirigió la tormenta que se desataba en sus ojos hacia Jacob, señalándolo con un dedo lleno de advertencias.

—Si la llamas o le envías mensajes de nuevo te haré perder más que tu credibilidad. Y olvídate de los acuerdos a los que llegamos hace unos días, no te quiero rondando mi empresa ni mi casa —expuso, y dio media vuelta tomando a Elena por la cintura para sacarla de allí, sin despedirse.

—¡Maldición, Jeremy! —bramó Jacob al quedar solos en el reservado.

—Tranquilo, ¿sí? —aconsejó el otro, mirándolo con dureza.

—¿Tranquilo? Te dije que esto no iba a salir nada bien.

—Salió bien. Cálmate —lo amonestó—. Dejamos claro nuestro punto, ahora esperemos a que ellos lo asimilen y lo entiendan.

Jacob hizo un chasquido con la lengua, inconforme con el resultado de aquel plan. Le había costado meses convencer a Adrián McGraht de confiar en su desempeño e incluir a sus bodegas en parte de su inventario.

Con eso tendría contratos seguros y constantes, que le inyectarían un buen flujo de dinero.

No esperó que ese encuentro terminara de forma tan agresiva, rompiendo con su convenio. Aquella conversación no debió culminar así, Jeremy se sobrepasó, complicando su situación. Ahora debía evaluar cómo resolvía ese terrible problema.