Capítulo 78. Almuerzo.
Elena llegó al restaurante donde se había citado con Jacob y enseguida el Maître la llevó a la mesa donde él la esperaba. Se trataba de un lugar de ambiente caribeño, ubicado en la terraza de un hotel cinco estrellas de la ciudad, cercano a la bahía.
Él había elegido una mesa junto a un balcón, donde la brisa suave los envolvía. Elena agradeció que estuvieran en un espacio abierto, los aromas fuertes y mezclados de las comidas parecían sofocarla.
Al otro lado de la baranda se extendía un jardín acogedor, en su parte dominado por grama. Allí podían verse a algunas personas sentadas sobre mantas charlando, o haciendo picnic.
Como telón de fondo, a varios cientos de metros de distancia se hallaba la bahía, tranquila y radiante.
—Isabella, siempre preciosa —saludó Jacob poniéndose de pie cuando ella apareció. El hombre no dudó en repasarla de pies a cabeza con genuino interés, deteniéndose en el escote discreto que le dejaba el vestido.
—Y tú tan galante —bromeó ella mirando como él besaba los nudillos de una de sus manos como si fuese un caballero antiguo.
—No hay que perder el estilo. Siéntate —la invitó, acomodándole la silla para que estuviese cómoda—. ¿Sigues mal del estómago? —preguntó.
Elena recordó que con esa excusa había logrado que Jacob la sacara de la mansión de Miles Royce. Por instinto se frotó el vientre, como dando cobijo al niño que se formaba en su interior, uno que debía ocultar a sus enemigos.
—Un poco. Es que por culpa de los trillizos McGraht la semana pasada abusé de los dulces. Me hacen probar todo lo que comen. Era obvio que mi estómago se quejara en algún momento.
El hombre sonrió divertido.
—Los niños son un peligro, por eso trato de mantenerme muy lejos de ellos.
Ella ensanchó una sonrisa más por diplomacia que por apoyar su chanza, pero no pudieron seguir hablando porque la comida llegó a la mesa. Jacob se había arriesgado a pedir con anticipación eligiendo salmón a la plancha y un mix de verduras y vegetales. No quería enfermarla de nuevo.
Mientras comían, él no paraba de hablar. Su ego había crecido un poco más luego de aquella fiesta. Al parecer, logró captar la atención de algunos empresarios que no dudaron en comunicarse con él para invitarlo a sus círculos de reuniones.
—¿Y qué otros beneficios alcanzaste en la celebración de Miles Royce? —preguntó la mujer antes de llevarse un trozo de brócoli a la boca.
—Por ahora, esos nuevos contactos, que para mí fueron un gran logro.
—¿Fue un triunfo solo a nivel de trabajo? —insistió ella con picardía. Él la observó con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque te vi muy animado hablando con las amigas de la heredera Cavendish cuando regresé del baño, ¿recuerdas?
Los ojos de Jacob brillaron por la diversión.
—Sí, bueno… en realidad, es muy pronto para determinar si eso fue positivo o no. No me he animado a llamar a Natasha aún, espero hacerlo en los próximos días.
—¿Natasha?
—Sí, Natasha Douglas, la morena alta. Era la más expresiva de las tres amigas.
—Elena se esforzó por recordar el rostro de esa mujer, de ojos almendrados y labios rellenos de botox, a pesar de no haberle prestado mucha atención—.
Es la hija de Enmanuel Douglas, un antiguo beisbolista de las grandes ligas que ahora está metido en el desarrollo de negocios con IA.
Participa con Miles en un programa de capacitación para ejecutivos que buscan integrar la IA a sus negocios para mejorar su efectividad. Están ganando mucha notoriedad.
—Vaya, pareces conocer más del padre que de la hija.
Jacob soltó una carcajada.
—En esta vida tienes que conocer muy bien el terreno que pisas, para no hundirte. Natasha es una chica adorable y divertida, pero sin el respaldo de la fama y la fortuna de su padre no es nada. Es de esas chicas que están cómodas con lo que papi les da y no hacen nada por su cuenta.
Elena lo miró con atención. Jacob le había parecido un tipo algo disperso y oportunista, que solo se anclaba de quien lo sostuviera, pero ahora se mostraba como un sujeto calculador.
Daba la impresión de saber muy bien qué quería y cómo debía alcanzarlo.
—Entonces, si logras algo con Natasha, eso… ¿te beneficiaría?
La diversión brilló de nuevo en los ojos del hombre.
—Ella es como una especie de tarjeta VIP.
Al tener a un padre que es una leyenda del deporte y ser muy amiga de Deborah Cavendish, goza de acceso exclusivo en todos los eventos de lujo e importancia que se organicen en la ciudad.
No solo sociales, sino también de negocios.
A su lado, yo también tendría esa exclusividad.
Nunca imaginé que pudiese relacionarme con mujeres de ese calibre, al menos, no todavía, que aún no soy tan conocido.
Pero tú lo hiciste posible en la pasada fiesta —dijo, guiñándole un ojo.
Elena sonrió con pocas ganas, sin contradecirlo. Ella en realidad no había hecho nada, todo fue obra de Adrián y eso Jacob lo sabía, solo que no quería admitirlo.
El ambiente de intriga que había a su alrededor era por ese exquisito rumor que se corría entre la alta sociedad de que Adrián McGrath posiblemente tenía un romance con la niñera de sus hijos.
Chisme que nació a raíz de la primera fiesta de Miles a la que ella acudió vistiendo un costoso vestido de Mónica y llevando a cabo su osadía de salvar a los hijos del hombre, perdidos en el bosque en medio de una tormenta.
La ociosa alta sociedad no hacía otra cosa que hablar de ella y Jacob buscó aprovecharse de eso para llamar la atención. La usó como una tarjeta VIP para atrapar el interés de otros.
Al igual que Natasha, Elena sin Adrián no sería resaltante en ese mundo, pero eso Jacob jamás aceptaría para no ofenderla.
Lo que no entendía, era por qué seguía fortaleciendo la relación con ella pudiendo hacerlo con la hija de la estrella del beisbol, que era mucho más resaltante. No comprendía sus motivos.
—¿Y ya has podido cerrar buenos negocios con esos nuevos contactos que lograste en la fiesta?
—Si fuese tan fácil, ahora estaría en las estrellas —expresó sonriente—. Apenas comienzo a entablar relaciones con ellos, esperando que a mediano plazo el esfuerzo genere sus primeros frutos. Al menos, ya inicié conversaciones.
—Quizás haga falta asistir a un par más de fiestas para asegurar esos nexos.
—De seguro —bromeó él—. En esos ambientes es que se generan las verdaderas alianzas, no en las salas de reuniones.
—¿Y qué otras fiestas tienes a la vista con Miles? —quiso saber, para descubrir qué tan implicado estaba con ese hombre y saber si era para él que trabajaba.
Jacob se mostró optimista, irguiéndose en la silla.
—Sé que Miles sigue planeando eventos profondos, pero la verdad, comienzo a interesarme por reuniones más pequeñas, que requieran menos gastos y permitan una mejor interacción.
Es posible que Natasha me ayude con eso, por eso pienso contactarla esta semana y no sé…
invitarla a tomar algo. ¿Qué me aconsejas?
A Elena se le alumbraron varios focos en la cabeza. Quizás Natasha Douglas también pudiese ser útil para ella.
—Supe que Deborah Cavendish está organizando una cena en la mansión de sus padres.
Invitó a Adrián. Supongo que su mejor amiga irá, o al menos, la ayudará a preparar el evento.
Imagina que pudieras colarte en esa reunión —dijo, como si fuese el diablito malo que estaba posado sobre el hombro de Jacob—.
Adrián me dijo que el padre de Deborah era un hombre muy influyente, quizás, mucho más que Miles Royce.
El semblante de Jacob reveló un gran interés.
La miró con fijeza un instante. Aunque, en realidad, no la veía a ella, sino el escenario fantástico que se dibujaba en su cabeza donde él entraba en la elegante mansión de los Cavendish llevando del brazo a Natasha.
Eso lo llevaría a sentarse en la mesa de uno de los empresarios más acaudalados e influyentes del país, pudiendo compartir con él una amena y muy productiva charla.
—Qué. Interesante —dijo, pausando cada palabra mientras las masticaba en su memoria.
Elena sonrió con satisfacción terminando su comida. Aquel almuerzo estaba resultando todo un éxito.
Nunca imaginó que sería tan fácil manipular a Jacob, quien ahora pondría todos sus esfuerzos en acción para lograr entrar en la casa de los Cavendish el día en que la flacucha oportunista pretendía conquistar a Adrián.
Con eso se aseguraba que esa cena no fuese tan «íntima» como aquella rubia aspiraba, sino una abierta competencia de intenciones.
Un punto para Elena, cero para Deborah.