La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 77. Suyo.
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Capítulo 77. Suyo.

Elena se fue a la habitación para darse un baño y prepararse para su salida de esa tarde.

Acordó con Jacob encontrarse en el restaurante, así ella podía asistir acompañada por un chofer especial que Adrián le asignaría.

Quien, además, cumpliría una función de guardaespaldas, dándole al hombre tranquilidad al saberla segura.

Por otro lado, ella no quería que Jacob fuera a la mansión. Su presencia irritaba a los niños, quienes ya estaban muy molestos por el hecho de verla salir de nuevo con ese sujeto, a pesar de todo lo sucedido.

Aunque ellos parecían aceptar con resignación su decisión, no quería arriesgarse y provocarlos al llevar a Jacob a la casa. No sabía qué les había dicho Adrián para calmarlos, pero al menos, eso sirvió.

Luego de ducharse, envolvió su cabello en una toalla que ató a su cabeza y se colocó una bata de baño corta antes de acercarse al mesón para aplicarse una crema hidratante en la cara, mientras se veía al espejo.

En ese momento Adrián entró y miró, con el ceño apretado, el vestido que ella se pondría para ir a ese encuentro y estaba colgado en un perchero cerca de la entrada. Era un traje amarillo sencillo de falda volada y el frente cruzado, que le dejaba un escote algo pronunciado.

—Irás muy sexy a ese almuerzo —opinó el con la mandíbula apretada.

Elena lo observó por el espejo sin dejar de aplicarse la crema.

—No seas exagerado, no es sexy, es cómodo y bonito. Es un vestido sin gracia que puede usarse incluso, en casa.

—Pero aquí no lo usas —se quejó con voz ronca por el deseo, mientras la repasaba de arriba abajo, deteniéndose detrás de ella, muy cerca. Rodeó su cintura con sus brazos y comenzó a desatar el lazo de la bata de baño.

Ella siguió cada uno de sus movimientos con la mirada, aún ocupada en su tarea.

—En esta casa estoy trabajando, recuerda que soy la niñera de los trillizos. No sería prudente que los visitantes me vieran con un vestido de tarde por la mansión, como si fuese la señora de esta casa —expresó con un tono algo despectivo, enfocando su mirada en lo que hacía, buscando ignorarlo.

Él comenzó a besar su cuello a medida que abría la bata y miraba con hambre por el espejo su cuerpo desnudo.

—Eres la señora de esta casa —dijo pasando sus manos con ternura por su vientre aún plano—.

Cuando estemos solo nosotros cinco, puedes vestirte cómo te dé la gana.

En caso de que alguien venga, pudiésemos disimular, pero eso será casi nunca.

Limitaré las visitas aún más para que estemos tranquilos —aseguró, ahora paseando sus manos por el cuerpo desnudo y apenas húmedo de ella, amasando sus senos y arrancándole algunos suspiros.

—¿Limitar más las visitas? Los trillizos no necesitan eso —expuso Elena entre gemidos.

—¿Por qué? —quiso saber Adrián, mordiendo, besando y lamiendo su cuello, así como el lóbulo de su oreja, hasta hacerla estremecer por completo.

—Ellos necesitan socializar. Pensamos organizar en la mansión una tarde de juegos con algunos de sus amigos, no me gusta verlos tan aislados.

—¿Y ellos aceptaron esa propuesta? —preguntó el hombre extrañado, aunque sin dejar de venerar el cuerpo de la mujer.

Ahora, poco a poco, le quitaba la bata para dejarla por completo desnuda frente a él. Elena le permitió que hiciera lo que quisiera. Su piel, sangre, músculos y huesos hervían por su toque.

—Sí… —exclamó la mujer en medio de un jadeo de placer cuando él metió una mano entre sus piernas y rozó con sus dedos los pliegues de su sexo.

Adrián sonrió con una expresión traviesa y divertida.

—No puedo creerlo. Estás transformando la voluntad de todos en esta casa —gimió sobre su oreja con una voz gruesa y vibrante, que a ella la sacudió entera.

Con su mano libre, Adrián tomó una de sus piernas por el muslo para alzarlo y apoyar su pie sobre una banqueta cercana, así la obligaba a abrirse ante él. De esa forma tuvo cómodo acceso a su sexo, que acarició con delicadeza excitándola por completo y mientras veía el espectáculo por el espejo.

Elena soltó la crema en el mesón y alzó los brazos para acariciar sus cabellos y nuca, recostándose sobre el hombre. Al estar así, el paño que tenía en la cabeza se desanudó y cayó al suelo, dejando en libertad sus cabellos húmedos.

Adrián seguía besando su cuello mientras con una mano amasaba sus senos y pellizcaba sus pezones, y con la otra atendía su sexo empapado. Introdujo dos dedos en su interior y comenzó a penetrarla con lentitud escuchando sus gemidos.

Le encantó sentir cómo toda la piel de ella se erizaba y cómo buscaba contorsionarse para así obtener más de él, moviendo las caderas sobre sus dedos.

—Hazme acabar, Adrián… por favor… —exigió Elena con voz embriagada por el deseo.

No sabía si era por el embarazo o por la forma en que él la había abordado, pero estaba tan sensible que cada caricia la sentía por triplicado, anhelando obtener más.

Él le dio todo lo que le pedía. No se detuvo ni cuando la vio llorar por el placer, apretando sus brazos con fiereza para soportar los fuertes oleajes que se generaban en su interior.

Cuando aumentó las embestidas, incluyendo otro dedo en la jugada, el cuerpo de Elena se tensó hasta casi romperse.

Sin darse cuenta estaba de puntillas, inclinada de espaldas sobre él mientras Adrián miraba complacido por el espejo como ella se volvía fuego hasta derretirse sobre su mano, callando sus gritos al morderse el labio inferior.

Su orgasmo fue largo y doloroso. Su sexo palpitó como si tuviese allí un segundo corazón. El hombre disfrutó como un niño ver a su mujer hacerse pedazos por su culpa, al tiempo que le susurraba decenas de «te amo» que hacían arder su sangre.

A pesar de haber quedado tan duro como una barra de hierro, se sentía satisfecho. No solo le regaló a su pareja un momento de gran intimidad y alivio, sino que le dejaba una marca que se mantendría perenne toda esa tarde, tanto en su cuerpo como en su mente.

Quería asegurarse que ella solo pensara en él mientras estaba reunida con el idiota de Jacob Pierce, recordando lo que le había hecho sentir en ese baño.

—Eres malo —jadeó Elena sintiéndose débil.

Buscó recostarse más en él, porque sentía que las piernas le fallaban.

Adrián bajó el pie de la mujer de la banqueta y se sentó en ella, ubicando a Elena sobre su regazo.

—Me parece que te gusta mucho la horrenda maldad que alberga mi corazón —bromeó el hombre, tomando una toalla pequeña y húmeda que estaba sobre el mesón para quitar los restos de su esencia que goteaban de su sexo.

Lo hacía con tanta delicadeza que ella no pudo evitar estremecerse. Se acurrucó como una niña indefensa contra su pecho cálido, cerrando los ojos y aspirando a profundidad su delicioso aroma, uno que la relajaba por completo.

—Adrián… —gimió ella, con voz adormilada.

—¿Qué?

—De verdad te amo. Más de lo que puedo explicar.

Él mostró una sonrisa triunfal antes de buscar su mirada.

Elena abrió un poco los ojos. Le costaba alzar los párpados por culpa de intenso placer que había experimentado, que la dejó sin nada de energías.

—Y yo te amo igual. Por eso haré lo que sea necesario para mantenerte segura y a mi lado, sin importarme si debo ser tramposo o autoritario. Eres mía, me perteneces y quiero que los demás comiencen a notarlo aunque no lo revelemos con palabras.

Ella lo observó, fascinada, como si él fuese un dios inmortal bañado por una luz celestial e hipnótica. Se había percatado que Adrián la abordó para «marcar su territorio» antes de dejarla ir a ese restaurante.

Aunque aceptó su propuesta, él imponía sus condiciones, y ella las aceptó con gusto.

Quería tenerlo tatuado sobre su piel y gritar a los cuatros vientos que era suyo, para que ninguna flacucha oportunista pretendiera quitárselo ni manosearlo.

Adrián dejó el paño sobre el mesón y la besó en los labios, mordiendo y chupando cada uno.

—Vamos a prepararte para ese almuerzo, pero quiero que sepas que este será el último al que irás sola con Jacob, o con cualquier otro. ¿Entendido? —dijo muy serio y con mirada inflexible. Una que no admitiría un no por respuesta.

Un velo de furia había impregnado sus palabras. Estaba celoso, eso para Elena era más que evidente, pero en vez de molestarse por su reacción, se sintió excitada de nuevo.

Le encantaba ese Adrián mandón y posesivo, incapaz de ceder el control a nadie. Amaba doblegarlo y amoldarlo a sus deseos, haciéndolo tan suyo, como ella era de él.