La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 76. Familia.
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Capítulo 76. Familia.

Luego de conversar con los trillizos, Elena bajó al despacho en busca de Adrián. Quería comentarle sobre esa posible reunión en la mansión con algunos amigos de los niños, que los ayudara poco a poco a salir del aislamiento al que ellos mismos se sometían.

Pero al llegar a la oficina, encontró la puerta un poco abierta, escuchando la voz del hombre algo alterada mientras hablaba por teléfono.

—Debemos tener seguridad, Colton. Hacer ese tipo de señalamientos es un asunto delicado y no tratamos con un hombre cualquiera, sino con un sujeto que posee un pasado militar intachable.

Está acostumbrado a operar bajo órdenes que nunca se cuestionan, por eso debemos ser precavidos e informarnos bien antes de realizar cualquier movimiento.

Adrián calló un momento, pero no dejó de moverse por el despacho. Parecía un león enjaulado, nervioso y con ganas de descargar todas sus emociones antes de que estas se lo devoraran por dentro.

—Eso es mejor, Colton, estoy de acuerdo contigo. Hagamos eso. Yo dentro de unas horas iré de nuevo al puerto y me reuniré con el capitán. Él quiere colaborar, solo… necesita también tener el panorama más despejado para atreverse a tomar decisiones. Sé que nosotros podemos ayudar con eso.

Elena entendía que hablaba sobre el tema del barco que hacía poco había recuperado. Estaba decidido a hallar al culpable de aquel hecho, pero era evidente que tenía algunas complicaciones.

—Te llamaré apenas esté en el puerto, así nos encontramos luego de que hable con el capitán.

Después de decir aquello, se despidió con rapidez del tal Colton y terminó la llamada. Se detuvo, apoyando las manos en el escritorio y bajando la cabeza al suelo en modo pensativo. Parecía, además, cansado. Aquella situación lo agotaba.

—¿Problemas de nuevo? —preguntó Elena entrando al fin en la oficina y haciéndose notar.

Adrián enseguida se incorporó y, al verla, su semblante se suavizó un poco y sus ojos brillaron con lo que parecía alivio.

—¿Qué haces aquí? Pensé que estarías en cama.

—No estoy en estado crítico —dijo con tono divertido y se aproximó mucho a él para acariciarle el pecho, el cuello y la nuca.

Él cerró los ojos, fascinado por las caricias. Su respiración se volvió más pesada.

Dejó su frente apoyada en la de ella mientras la tomaba con firmeza de la cintura, pegándola a su cuerpo, como si hubiese conseguido una base de la cual sostenerse y evitar caer.

—Esto podría ser mucho más largo de lo que imaginé —reveló Adrián, aún con los ojos cerrados, buscando hallar calma en el calor que ella emanaba.

—Dime qué pasa. Si no puedo solucionarlo, al menos, te ayudaré a llevar esa carga.

Él sonrió, apretándola entre sus brazos. Desde hacía mucho no había tenido quien quisiera navegar en medio de una difícil tormenta junto a él. Había olvidado lo que se sentía contar con alguien en quien sostenerte.

Siempre fue el protector, el que resolvía y ordenaba lo que se había desarreglado. Tener a un «segundo al mando», resultaba reconfortante.

—Creemos haber descubierto a la persona que facilitó todo dentro del barco para que se diera a cabo la desviación de la ruta, pero las pruebas que hallamos no tienen la suficiente fuerza como para encararlo. Sin eso será difícil pedir explicaciones y revelar a quienes movieron esos hilos.

—Y ese tal Colton, ¿quién es?

—El hombre que incluí a bordo para que viajara con el cargamento. Es quien me entregó las pocas pruebas que ahora tengo.

—¿Y te vas a reunir con el capitán del barco porque sospechas de él, o intentas buscar más pruebas?

—Intento buscar más pruebas, aunque… es posible que él también esté implicado y lo que termine haciendo es delatarme. Si el capitán trabaja para los culpables, les dirá de mis averiguaciones.

Guardaron silencio un instante mientras ambos se mantenían sumergidos en sus pensamientos.

—Hay algo que no te he dicho —reveló Elena, separándose apenas para verlo a los ojos—. No hemos parado de tener inconvenientes desde que llegamos de la fiesta de Miles Royce, por eso no he podido contarte lo que escuché en el primer piso, cuando fui detrás de Dairus.

Él apretó el ceño al recordar aquella acción imprudente de ella. Una que por poco la puso en evidencia y que él logró evitar casi por casualidad.

—¿Qué escuchaste? —quiso saber, sin soltarla.

—Dairus llamaba a alguien, necesitaba con urgencia saber a qué puerto llegaría un barco.

No sé de qué barco hablaba, pero es fácil suponer cuál —dijo mirándolo con fijeza.

Adrián endureció el rostro—. La persona con la que hablaba parecía no tener información y eso lo enfadó, así que tomó un libro de registro del escritorio de Miles y tomó fotografías de algunas páginas antes de salir.

Cuando dejó el despacho, yo entré y tomé fotografías del mismo libro. Es un registro de contactos.

Adrián se apartó más de ella, sorprendido por aquella confesión.

—¿Tomaste fotografías? —preguntó con las cejas arqueadas, aunque con una mirada fría.

Elena sacó su móvil, que había llevado guardado en el bolsillo de su pantalón deportivo, y le mostró las fotografías.

—Supongo que son los contactos habituales de Miles, que Dairus usa con algún fin. Quizás allí esté la gente que logró que tu barco cambiara su rumbo —expuso ella mientras él leía los nombres de las personas allí registradas.

—No solo aparecen los datos del capitán, sino también, del primer oficial de mi barco —reveló él con la mandíbula prieta.

Elena agrandó los ojos por esa noticia.

—Entonces… ¿es posible que ambos estén implicados?

Adrián gruñó, dejando de revisar el móvil para volver a caminar de un lado a otro con ansiedad.

—Esto no asegura que Dairus haya hablado con alguno de ellos, o con ambos.

Podría no haberlos contactado, pero sí a otros.

Debo comparar este listado con el manifiesto que Colton obtuvo de los miembros de la tripulación del barco.

Si hay otros empleados en esta lista, podrían ser también sospechosos.

La actitud del hombre, a ella la inquietaba. Quería ayudarlo a que conservara la calma para que pensara con frialdad.

—Pero al menos, eso es un avance. ¿No es así? —insistió Elena.

Adrián se detuvo y miró el teléfono como si se percatara de algo importante. Luego se giró hacia ella, para fulminarla con una mirada severa.

—El hecho de que hayas entrado a ese despacho y tomado estas fotografías es un delito grave, Elena. Creo que lo sabes.

Ahora fue ella quien endureció las facciones mostrándose indoblegable.

—También sé que utilizar un secreto personal para alcanzar un beneficio económico es un delito grave, así como el hecho de participar de alguna manera, ya sea directa o indirectamente, en crímenes que incluyan robo, extorsión y hasta asesinato —expuso tajante—.

Sí, cometí una infracción, pero no me arrepiento, porque sé que Miles Royce tiene sus manos más sucias que las mías.

Adrián y ella compartieron una mirada dura, donde ambos dejaban en claro la determinación que llameaba dentro de cada uno.

Ninguno quería detenerse, no podían. No solo sus vidas estaban en juego, sino la de sus seres más queridos.

—No podemos seguir actuando de forma independiente.

Si queremos que esto funcione y termine pronto, tenemos que hacer equipo y comunicarnos lo que pretendemos hacer —propuso él.

Más por su desesperación de vigilarla, para que no cometiera un error terrible, que por querer incluirla en aquella investigación.

Prefería tenerla tranquila y segura, pero esa mujer era terca y temperamental.

Elena relajó su postura.

—Me parece bien, en ese caso, ambos debemos ser honestos con lo que hemos hecho y lo que pensamos hacer. Sin ocultarnos nada. ¿De acuerdo?

Él no apartó sus ojos sagaces de ella, dudando un poco. Temía hacerla parte de esa situación, no quería que saliera lastimada. No se perdonaría que algo le sucediera, menos aún, estando embarazada.

Pero no hacerlo también sería un riesgo. Elena estaba decidida a intervenir y no podía dejarla sola.

—¿De acuerdo? —aceptó, muy a su pesar, y estiró una mano hacia la mujer para estrecharla como cierre de aquel pacto.

Cuando Elena la tomó, Adrián la empujó hacia él para atraparla de nuevo en un abrazo apretado.

—Sin trampas, Elena. Quiero que confíes ciegamente en mí, de la misma manera en que yo lo haré contigo. Por nuestros hijos.

Ella se estremeció. Adrián no solo había incluido en esa exigencia al niño que llevaba en su vientre, sino a los trillizos. Los mencionó como suyos, haciéndola parte de manera irrenunciable de aquella familia.

Más que un pacto de venganza, aquello era un compromiso de vida.

Ya no solo debía actuar por hacer justicia a la memoria de su padre y de todas las personas que habían sufrido por esos delitos, sino por la seguridad y bienestar de los suyos.

—Por nuestros hijos —prometió, antes de recibir un beso profundo y cargado de sentimientos como cierre de aquella promesa.