Capítulo 75. Una necesidad que no se puede ignorar.
Luego de hablar con los niños, Adrián pasó por la habitación para calmar a Elena y asegurarle que había logrado aclarar la situación con los trillizos, obteniendo su promesa de mantener la calma y la confianza.
Le pidió que no se angustiara y continuara su reposo antes de la salida con Jacob, pero ella se sentía inquieta.
Apreciaba mucho a los chicos, ellos ya se había apoderado de su corazón, por eso le dolía demasiado que estuviesen molestos por sus acciones.
Esperó un rato a que Adrián bajara al despacho para ir a la habitación de Leo, donde sabía que estaban reunidos los tres. No quería que la odiaran por las cosas que aún le quedaban por hacer.
Tocó con delicadeza la puerta recibiendo enseguida la autorización de entrar. Al hacerlo. Halló a Leo sentado en el suelo, junto a Theo. Ambos revisaban un grupo de tarjetas de pistas que Theo había creado con una de sus tantas historietas.
Max estaba de pie, cerca de la ventana, con su espada de madera. Parecía pelear con demonios invisibles mientras estaba atento a lo que sus hermanos comentaban.
Cuando la vieron entrar, los tres detuvieron lo que hacían para mirarla. Elena al menos se sintió aliviada de que en sus ojos claros no había rabia ni rechazo, solo genuina preocupación.
—Hola, ¿interrumpo?
Los trillizos compartieron entre ellos miradas cómplices, pero enseguida Theo negó con la cabeza.
—Solo jugábamos —dijo, ocultando las tarjetas con sus manos como si temiera que ella descubriera lo que hacían.
Elena avanzó y se sentó en el sofá, quedando cerca de Leo.
—Me gusta verlos jugar juntos. Al menos, comienzan a perder esa costumbre de ser tan individualistas.
Ellos volvieron a compartir miradas antes de enfocarse en ella.
—Tenemos gustos diferentes, aunque en ocasiones hagamos algunas cosas juntos —explicó Theo.
Ella sonrió. Aquello chicos hacían más cosas juntos de la que imaginaban.
No entendía por qué se empeñaban en aparentar tanta individualidad.
Era cierto que tenían gustos diferentes, pero también resultaba evidente que no podían vivir el uno sin el otro.
Mucho menos, cuando había algún problema en medio.
En esas ocasiones se volvían mucho más unidos.
Theo se concentró en acomodar sus tarjetas. Le gustaba que quedaran en la misma dirección y ordenadas por colores y tipos. Max continuó lanzando golpes con su espada al aire mientras Leo buscaba acomodarse la férula que aún tenía en la pierna.
Todos se notaban algo nerviosos. Tal vez, por la conversación que habían tenido hacía unos minutos con su padre.
—¿Te duele la pierna? —preguntó Elena a Leo.
Este la miró con los ojos brillantes por la alegría. Le encantaba que se preocuparan por él.
—No, pero me fastidia. Quiero que me la quiten.
—La próxima semana es la consulta con el médico. Quizás te la quiten si no sientes ninguna dolencia.
—No me quejaré ni una sola vez mientras me revisan, así convenzo al doctor de que estoy bien y me quita esta cosa —dijo decidido.
Elena aumentó la sonrisa.
—Está bien, pero no mientas. Si te duele mucho algo debes decirlo, para que lo atiendan a tiempo. Si la herida no está bien curada, más adelante te puede dar problemas.
Él contrajo el rostro en una mueca de desagrado, pero no rebatió sus palabras porque entendió que tenía razón.
—¿Y qué ha pasado con Melany Ferguson? —consultó, retomando aquel asunto que parecía lejano.
Se impresionó al ver que Leo se impactaba por la pregunta, Theo ponía los ojos en blanco y Max resoplaba con enfado volviendo sus movimientos con la espada más bruscos.
—Ella está bien. A veces nos hablamos por teléfono —respondió Leo algo sonrojado.
Elena seguía notando que los otros dos trillizos se mostraban incómodos por el tema, incluso, apartaban la cara para intentar disimular sus gestos de desagrado.
—¿Por qué ustedes reaccionan tan mal cuando hablamos de Melany? —les preguntó de forma abierta a Theo y a Max, ansiosa por entenderlos.
—Porque son unos tontos —reprochó Leo mirando con el ceño fruncido a sus hermanos.
—No somos tontos —rebatió Max—. Ella es muy complicada, siempre nos mete en problemas —soltó.
—Melany nunca nos mete en problemas. Ella no tiene la culpa de que Samuel sea tan celoso.
—¿Samuel? —consultó Elena a las palabras de Leo—. ¿Ese no es el hijo del medio de Norman Roberson?
—Sí, él se cree… dueño de Melany —habló Theo—.
Por eso, cuando ve que ella está con gente que no le gusta, siempre se queja.
Si la ve con Leo, comienza a fastidiarlo y apartarlo con golpes, entonces Max se mete para defenderlo y yo debo hacerlo también porque Henry y James, los otros hermanos de Samuel, van a apoyar a su hermano.
Elena arqueó las cejas, asombrada por esa historia.
—¿Y por qué Samuel se cree dueño de Melany?
—Es que ellos son como primos —respondió Max con desagrado—. La mamá de Melany, es prima segunda de la mamá de los Roberson. Por eso ellos dicen que son primos.
—Pero no lo son, en realidad —impugnó Leo, demostrando que no le gustaba que estuviesen emparentados, aunque fuesen familiares lejanos.
—Lo son, y sus padres lo aceptan —agregó Theo, llevándole la contraria a su hermano.
Leo se molestó y comenzó a discutir con ellos, generándose en segundos un debate acalorado. Elena como pudo los calmó. Cada vez que tocaban ese tema se producían disputas entre los trillizos.
Era algo que debía tratar porque, según entendía, estudiaban con la niña y lo harían por varios años más y Leo no tenía intención de parar esa relación, así que había que canalizarla lo mejor posible para que no ocasionara roces entre los tres.
—Entiendo la molestia que ustedes puedan sentir por tener que enfrentar siempre a los Roberson cuando están con Melany, pero rechazarla a ella no soluciona nada. Esa niña no tiene la culpa de lo que pasa.
Theo y Max pusieron mala cara al no estar de acuerdo con esas palabras.
—Melany le ha dicho muchas veces a su padre lo que sucede con Samuel y él habla con el señor Norman, pero este nunca hace nada —confesó Leo, entristecido.
La mujer arqueó las cejas, pensando en esa desafortunada relación entre los Ferguson, que son amigos de los McGrath y hasta trabajan en la misma empresa de ellos, y los Roberson, quienes se han mostrado como una especie de «enemigos» de la familia.
Norman Roberson, además, tiene mucha relación con Dairus Cohen y Ángelo Towsen. Lo que empeora el problema. Una vez más recordó la vez en que halló a Jeremy Cohen, el hijo de Dairus, en la casa de Eugene Ferguson esperándolo para hacer negocios.
Sería racional alejar a los trillizos de esa gente, pero ni Leo ni Melany tenían culpa de lo que pasaba, y empujar una separación lo que haría sería acercarlos más.
—¿Y qué tal si invitamos a Melany una tarde a la mansión? —planteó, para que pudieran limar sus asperezas.
Theo y Max la miraron con espanto. Leo con la sonrisa más ancha de lo que alguna vez hubiese tenido.
—¿Invitarla, aquí? —preguntó con emoción.
—Sí, no sé, podríamos organizar una tarde divertida, e invitaríamos a otros niños. Chicos con los que ustedes se la lleven bien. Creo que es necesario que se relacionen con otros.
—Nosotros no tenemos amigos —impugnó Max con molestia.
—Melany es una amiga —rebatió Elena.
—Es amiga de Leo —porfió el chico.
—Bien, entonces… ¿tú tienes a alguien que te gustaría invitar? —preguntó. Un gesto de inquietud se dibujó en la cara de Max—. En la primera fiesta de Miles, hubo niños que decían que querían hablarles, pero nunca podían porque ustedes siempre estaban ocupados.
—No nos reunimos con cualquiera —reveló Theo, con su atención puesta en sus cartas.
—Pero deben hablar con alguien, no creo que sean tan cerrados. Tal vez, muy selectivos.
Theo y Max se miraron entre sí, luego a Elena. Parecían nerviosos.
—Entonces, ¿tienen a algún amigo que quieran invitar a la mansión? Puede ser también solo para charlar, para merendar o para mostrarles las cosas que tienen en casa.
—Además de Melany, ¿puedo invitar a otro compañero de clases? —preguntó Leo.
—Por supuesto —aceptó Elena, feliz.
—¿A quién? ¿A mini Pikman? —se burló Max.
—¡No le digas así! —lo regañó Leo, tomando una muleta como si tuviese intención de lanzársela. Max sonrió, emocionado por el desafío.
—Ey, nada de peleas entre ustedes —ordenó Elena, señalándolos a ambos—.
Y nada de burlarse de los amigos de otros —advirtió hacia Max, logrando que se pusiera serio enseguida—.
Tal vez, alguien no nos guste, pero eso no significa que nos burlaremos de él.
Deben mantener el respeto para que de esa misma manera ustedes lo reciban.
Ninguno dijo nada, solo bajaron un poco la cabeza, algo avergonzados.
—Si no tienes a alguien que quieras traer a casa de la escuela, podría ser a alguien del grupo de esgrima —propuso Elena hacia Max. Este alzó las cejas, interesado.
—¿Podemos traer a alguien que no estudie con nosotros? —preguntó Theo, también interesado en esa opción.
—Claro. ¿Conoces a alguien por algún otro medio?
—Suelo compartir opiniones sobre las historietas que leo en un chat de una librería. Hay chicos que me gustaría invitar a casa, para que vean mi colección de detectives.
—¿Son niños? —quiso saber, algo recelosa.
—Sí. Hemos hecho videollamadas. Charles ha estado presente en algunas.
A ella le pareció algo raro invitar a casa a chicos que tan solo conocían por internet, pero podrían canalizar la situación para evaluar la posibilidad de que los trillizos se relacionaran con otros. Ellos necesitaban ese compartir, estaban muy aislados en esa enorme casa.
Y si no tenían contacto con niños de la escuela, sería factible buscar en otro lado.
—Bien, entonces… ¿organizamos esa reunión?
Los tres compartieron miradas antes de asentir. En sus ojos ella pudo divisar no solo la emoción, sino también, mucha expectativa. Nunca había hecho tal cosa, jamás habían llevado a alguien a su casa. ¿Cómo podría salir aquel experimento?