La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 74. Un granito de arena.
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Capítulo 74. Un granito de arena.

Adrián convenció a Elena de irse a la habitación que ahora ambos compartían mientras él se dirigió a la de Leo, que era el trillizo con menos movimiento en ese momento.

Como lo supuso, adentro estaban los tres.

Leo sentado en un sofá, con su pierna afectada en alto apoyada sobre una otomana.

Theo estaba cerca de él, ubicado sobre uno de los reposa brazos de ese mismo mueble, y Max se hallaba al otro lado, junto a la ventana, con la espalda pegada a la pared y los tobillos y brazos cruzados.

Los tres le dirigieron a su padre una mirada que mezclaba rabia y decepción. Al hombre le dolió ver los ojos de sus hijos llenos de lágrimas que eran producto de todas las emociones que tenían en el pecho.

Tomó una silla y la puso en medio del dormitorio, así le daba la cara a los tres. Como si fuese un interpelado que esperaba por sentencia.

—Sepan que todo lo que se está haciendo es para garantizar la protección de Isabella, del niño que viene en camino y de ustedes —habló, paseando su mirada severa entre los tres niños, que lo veían con una inocente fiereza.

—¿Dejando ir a Isabella con el enemigo? —soltó Max, entre dientes.

—Todavía no hemos confirmado si Jacob es un enemigo.

—Lo es. Lo escuchamos hablar en contra de Isabella la noche en que vino a buscarla para llevarla a la fiesta —recordó Theo.

—Es cierto, pero estamos averiguando con quién habló y con qué intención dijo eso. Hay posibilidades de que Jacob no sea un enemigo declarado, sino un tonto que simplemente quiere acercarse a mí para aprovecharse de lo que hago.

—¿Por qué de ti? —preguntó Leo, confundido.

—Porque estoy a punto de cerrar un contrato muy importante y ya tengo a mucha gente detrás de mí queriendo una oportunidad para también poder ganar.

—Pero si lo que quiere es que tú lo ayudes a ganar dinero, ¿por qué se mete con Isabella? Ella no le ha hecho nada —exigió Theo, poniéndose de pie para así poder relajar un poco su cuerpo tenso.

—Porque él, así como muchos otros, ya se dieron cuenta lo mucho que Isabella me importa y lo fácil que sería manipularme a través de ella.

Los trillizos compartieron una mirada. Max se apartó de la pared avanzando algunos pasos hacia su padre.

—Y si lo que él quiere es manipularte a través de ella, ¿por qué la dejas que salga de nuevo con ese tipo? ¿No te das cuenta que la pones en peligro? ¿A ella y a nuestro hermano? —preguntó, con el ceño tan apretado como lo tenía su padre.

En ese momento los cuatro parecían haber sido recortados con la misma tijera. Sus rostros duros y enfadados los hacía muy similares.

Adrián se irguió en la silla apoyando la espalda en el respaldo y respiró hondo.

—Sí, es un riesgo, pero es la mejor manera que tenemos de conseguir información.

Jacob es la pieza más débil que hay en el tablero y para Isabella resulta muy sencillo hacerlo hablar de más.

Solo queremos asegurarnos de qué bando está, si de esos que pretenden dañarla a ella o del que solo espera mi ayuda para ganar dinero.

Max resopló, molesto y le dio la espalda a su padre para regresar a la ventana, pero se arrepintió enseguida y volvió a encararlo.

—¿Se reunirá con él solo para hablar?

—Irán a almorzar a un lugar público, al aire libre, donde yo pueda vigilarlos.

—¿Tú irás? —preguntó Leo interesado, irguiéndose también y mostrándose más esperanzado.

—Es un secreto. ¿Me lo guardarán?

Los niños se vieron entre sí.

—¿Isabella no sabe que irás a ese almuerzo? —quiso saber Theo.

—No, ella sabe que mi presencia evitará que Jacob hable con libertad, por eso no quiere que vaya, pero no puedo quedarme aquí esperando resultados. No con la posibilidad de que él sea del bando malo y la tenga a ella sola y lejos de mí. Que era lo que quería en esa fiesta.

Aquella noticia relajó bastante las posturas de los niños, quieres parecían respirar de nuevo.

—¿Podemos ir contigo? —preguntó Max, decidido.

—No, lo saben. Solo puedo manejarme mejor. Se verá extraño que un hombre y tres niños estén en los alrededores de un restaurante escondiéndose entre matorrales para vigilar a una pareja sentada en una mesa. Creerán que somos ladrones o unos pervertidos.

Solo Leo mostró una gran sonrisa por la broma de su padre. Theo tuvo que morderse los labios para no reír y a Max le temblaron las comisuras, pero se esforzó por mantenerlas abajo, en una expresión irritada.

—Sé que es difícil de entender. A mí también me costó, pero hay que aceptar que la idea no es mala y no perdemos nada con intentarlo.

Pero necesito que ustedes confíen en nosotros, sobre todo, en Isabella.

Ella quedó muy angustiada por la reacción de Theo en el comedor —dijo, lanzándole una mirada de reproche a su hijo—.

Recuerden que está embarazada y no podemos darle emociones fuertes, porque colapsará igual que lo hizo ayer.

—Pero, ir con ese hombre podría hacerla molestar —se quejó Leo, inconforme.

—Eso no pasará. No solo ella se esforzará por calmarse, sino, como les dije, yo estaré cerca. No la dejaré sola. Nunca.

Los niños mantuvieron silencio un instante, mientras reflexionaban sobre todo lo dicho por su padre.

—No queremos que le pase nada —reconoció Max cabizbajo, como si le costara haber expresado aquellas palabras.

—Yo tampoco quiero que le pase nada y les prometo que pondré todo lo que esté a mi alcance para protegerla, de la misma manera en que lo hago con ustedes. Estamos juntos en esto, ¿no es así?

Los trillizos asintieron, aunque seguían compartiendo miradas algo inconformes.

—Los necesito para que podamos salir bien de esta situación —dijo el hombre, poniéndose de pie—, para liberar a Isabella de su conflicto y tenerla para siempre en esta casa, con nosotros, sin que nada la siga molestando. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondieron los tres, convencidos.

Adrián asintió, tomó la silla y la regresó a su lugar.

—Recuerden, no le digan nada a Isabella de que estaré en ese restaurante ceca de ella. Si se entera se molestará y no me dejará ir. ¿Confío en ustedes?

—Sí, papá —respondieron al unísono con firmeza, encantados de compartir una responsabilidad tan delicada con su padre.

Cuando él salió de la habitación, ellos se miraron a las caras.

—Esto no me gusta, a pesar de que papá lo muestra tan fácil —expresó Theo.

—Pero no podemos hacer nada más. El almuerzo es fuera de la casa —justificó Leo, consciente de que solo podían confiar en lo que les había prometido su padre y esperar.

—Pero podemos hacer otra cosa por nuestra cuenta —propuso Max—. No podemos dejarlos solos en esto. Ahora Isabella es como nuestra mamá y lleva consigo a nuestro hermano, es parte importante de nosotros.

Aquellas palabras emocionaron a Leo y a Theo, arrancándoles una sonrisa.

—Tenemos que conseguir pistas que los ayuden a resolver ese acertijo —habló Theo, como si se refiera a uno de los libros de detectives que tanto leía y le apasionaban.

Los tres se sentaron en el sofá para diseñar los próximos pasos a dar, que les permitiera ser útiles en aquella empresa. Querían poner su granito de arena para proteger a su familia.