La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 72. Estrategias.
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Capítulo 72. Estrategias.

Cuando Adrián regresó de despedir a Deborah, encontró a los niños aún con su conversación animada y a Elena tratando de seguirles el ritmo mientras terminaba su desayuno, aunque con una evidente tensión en su cuerpo.

Se sentó a su lado y esperó paciente a que terminaran su relato para pedirles que subieran a la sala de juegos o salieran al patio, porque debía hablar con la mujer.

Ellos se retiraron a regañadientes, dejándolos solos.

—¿Cómo te sientes hoy?

—Bien.

—¿Estás furiosa? —se atrevió a preguntar al verla esquiva y responder como sequedad.

Elena lo traspasó con una mirada asesina.

—¿Esa mujer va a seguir viniendo a esta casa, para coquetearte con descaro y manosearte frente a mí? Porque si es así, te advierto que no pienso soportarlo.

Adrián quiso decir algo, pero ella continuó, interrumpiéndolo. Estaba tan furiosa que necesitaba descargar todo lo que tenía en el pecho o terminaría vomitando el desayuno.

—Entiendo que debemos mantener lo nuestro en secreto, sobre todo, frente a los demás, pero si eso incluye abrirse a otros, entonces, yo también jugaré ese juego.

Él se recostó en la silla y la miró con dureza, con unos ojos cargados de advertencias.

—No estoy jugando ningún juego. Si no te percataste, me mantuve al margen, pero no puedo rechazarla con agresividad. Ahora más que nunca debemos evitar habladurías.

Ella resopló, dejando sobre la mesa de taza de té.

—Imagina que en este momento llega Jacob, se sienta a mi lado y comienza a hablar conmigo inclinado sobre mí, mirándome con arrebato, tomándome de la mano y acariciándome los cabellos con dulzura. ¿Te molestarías?

El hombre no habló. La fiereza que llameó en sus ojos fue una clara respuesta.

—Creo que tener una actitud tan pasiva no resulta positiva, mucho menos, frente a los niños. Ellos entienden en parte el peligro que nos rodea, pero verte coquetear con otra mujer frente a mí es… incómodo —alegó molesta.

Él respiró hondo y se inclinó hacia ella envolviendo una de sus manos con las suyas.

—No volverá a suceder. Deborah me tomó por sorpresa al llegar mientras desayunábamos, asegurando que necesitaba hablar conmigo con urgencia.

Ya le dije a Charles que no le permita la entrada inventando cualquier excusa.

Mantendré una privacidad extrema en la mansión para no sentirnos acorralados aquí también. Necesitamos un lugar seguro.

—Dudo que eso la detenga. Es una mujer muy insistente y ya encontró un reto entretenido.

—No me gustan los juegos, Elena. Aunque ella insista, seré firme. Nunca se me ocurriría engañarte ni hacerte atravesar un momento tan incómodo de nuevo. No soy de ese tipo de hombres.

Aquellas palabras las dijo con tanta firmeza y seguridad que Elena no tuvo argumentos para seguir expresando sus quejas. Desvió la mirada enfocándose en la taza de té, buscando serenar el ardor en su pecho.

Adrián se aferró a su mano y se inclinó un poco más buscando su mirada.

—Escucha, eres lo más importante para mí ahora, además de mis hijos. Quise evitar que ella viese algo sospechoso que le diese motivos para hablar de ti afuera. Debemos evitar llamar la atención para así mantenerte protegida.

—Está bien, Adrián, eso lo entiendo y acepto, pero… ¿dejarla que se cuelgue de ti como si fueses una percha de ropa? ¿O qué acaricie tu pecho o mano delante de mí y de tus hijos? Pongamos límites, o te juro que no me importará delatarme frente a quien sea para ponerlos yo.

Él arqueó las cejas, sorprendido.

—No te sabía tan celosa.

Lo miró con los ojos entrecerrados.

—No imaginas lo celosa que puedo llegar a ser.

Adrián sonrió de medio lado, sintiendo el fuego del deseo crecer en su interior.

—Eso me gusta. Creo que somos más iguales de lo que imaginé.

Elena torció los ojos con insolencia y se alejó recostándose de la silla, pero él tomó su cabeza y la obligó a acercarse de nuevo, aunque recibiendo de la mujer una mirada lacerante.

Una que logró borrar al invadir su boca con un beso intenso, reclamándola con su lengua insaciable y mordiendo con seducción sus labios.

Cuando detuvieron el beso, dejaron sus frentes pegadas, respirando el aroma del otro y bañándose el rostro con su aliento mientras recuperaban el ritmo de sus palpitaciones.

—¿Irás a esa cena en la casa de esa mujer? —preguntó Elena sin modificar su postura. Aunque se incorporó cuando sintió que Adrián respiraba hondo, como buscando llenarse de paciencia. Lo miró sorprendida, y algo dolida—. ¿Lo harás?

—Pensaré en una manera de hacer que ese evento no sea tan íntimo.

—¿De qué hablas? —exigió la mujer, comenzando a indignarse—. Acabas de decir que serás firme con ella, que no le permitirás que obtenga lo que quiere. Y esa rubia flacucha te quiere es a ti.

Adrián apretó los labios para evitar reír. Entendía que Elena estaba furiosa y no quería provocarla, pero necesitaba mostrarle su punto.

—Christian Cavendish, el padre de Deborah, es un hombre muy allegado a Miles Royce.

Elena endureció las facciones del rostro al recordar la mirada taxativa de aquel hombre, quien pretendía aprovecharse de la relación clandestina que ellos tenían para obtener beneficios económicos.

—Cuando Deborah habló de su padre, despertó una idea en mí y es intentar usarlo para averiguar detalles comprometedores de Miles que pueda utilizar para manipularlo y evitar que nos hostigue. De esa forma intercambiaríamos posiciones.

—¿Cómo las intercambiaríamos?

—Si consigo algo realmente bueno, seríamos nosotros quienes lo hostiguemos. Quiero obligarlo a que me ayude a cercar a Dairus y a Ángelo. Nadie tiene más acceso a esos dos que Miles.

Aquello interesó muchísimo a Elena.

—¿Crees que podamos hacerlo?

—Nada perdemos con intentarlo. ¿No crees?

Ella estuvo pensativa un instante. La idea le gustaba, pero los medios para alcanzarla no. No quería que Adrián tuviese que asistir a una cena organizada en su honor en la casa de Deborah Cavendish. Eso le daría a la rubia una oportunidad para envolverlo.

—No me gusta el plan.

Adrián endureció las facciones.

—¿No confías en mí?

—No confío en ella.

—Ella no es lo importante para mí, sino tú.

—Pero tú sí que eres importante para ella.

El hombre se pasó una mano por los cabellos, algo desesperado. Sabía que Christian Cavendish era la mejor opción para atrapar a Miles y así librarse de su acoso. Tenía que hallar una forma de convencerla.

—Necesito hablar con ese hombre, Elena. Es importante.

No solo para lograr manejar a Miles, sino para llegar a Dairus y a Ángelo.

Cuando hablé con tu tía Margaret, me enteré de cosas que no me gustaron y se han estado desarrollando a mis espaldas.

No quiero que te alcancen, por eso me urge acorralar a esos dos lo más pronto posible.

La preocupación invadió el semblante de Elena al recordar la conversación que había tenido con su tía el día anterior, donde le reveló lo que sucedía con los antiguos empleados de su padre, quienes ahora trabajaban para Dairus y Ángelo.

En realidad, el asunto era apremiante.

—Maldición —se quejó en voz baja, fijando de nuevo su atención en la taza de té.

Adrián la tomó por la barbilla para obligarla a mirarlo a los ojos.

—Elena, te juro que tomaré medidas para evitar que Deborah se aproveche de la ocasión. No pienso faltarte de ninguna manera.

Ella posó sus ojos escrutadores en él, analizando con frialdad el problema, buscando no dejarse manipular por sus emociones.

—Si confío en ti, Adrián. ¿Obtendré lo mismo de tu parte?

Ahora fue él quien fijó sus ojos en la mujer, manteniéndose alerta. El tono que ella usó le hizo entender que algo se traía entre manos.

—Confío en ti, pero eso no evitará que haga hasta lo imposible por protegerte. Incluso, de ti misma. Ya me has demostrado que eres espontánea y algo extrema.

Elena se mordió los labios, dándole la razón. Cuando algo se le metía entre ceja y ceja, no le importaba romper reglas o sobrepasar límites para alcanzarlo.

—No es una acción espontánea, es tan estratégica como la que tú pretendes con el padre de esa mosquita muerta. Pasé toda la noche pensando en esa posibilidad y sé que con ella puedo obtener una buena respuesta si la llevo a cabo.

—¿De qué estás hablando? —preguntó el hombre con el ceño fruncido, comenzando a inquietarse.

—Jacob me escribió anoche —reveló, algo tensa—. Me invitó a almorzar hoy con él.

La noticia hizo que Adrián se irguiera en la silla y la observara con unos ojos que llameaban por la furia.