Capítulo 71. Celos.
A pesar de que el doctor le había recomendado descansar, Elena se quedó despierta hasta pasada la medianoche, leyendo los documentos que Adrián tenía guardados en la habitación donde se hallaban los vestidos de Mónica.
Aprovechó que él ya sabía su verdad para tomar con confianza las cajas y pedirle a Charles que las llevara a la habitación. Como Adrián ya le había notificado por móvil que se quedaría toda la noche afuera, ella comenzó a estudiar aquellos papeles muy concentrada.
Pero el cansancio por todo lo sucedido ese día y el efecto de las medicinas que le habían suministrado la hicieron dormirse rodeada de carpetas, lapiceras y resaltadores.
Al despertar, era media mañana. No solía levantarse tan tarde, pero era evidente que su organismo cambiaba por culpa del embarazo.
Se incorporó en la cama sintiéndose algo mareada, tal vez, por haber dormido tanto. Al mirar a su alrededor se sorprendió al no encontrar ninguna carpeta sobre la cama, todas habían sido guardadas en sus cajas.
—Mierda… —se quejó y se puso de pie para ir al baño.
Adrián debió llegar a la casa y, al ver el desorden, puso todo en orden, pero de seguro le reclamaría por no haber guardado el reposo que le exigieron.
Se aseó y se cambió de ropa sintiéndose algo intimidada por el enorme baño que ahora disfrutaba, lleno de todos los artículos personales de Adrián. Aquel era su santuario más íntimo.
Y el cambiador era un cuarto elegante más grande que el dormitorio que ocupaba en el departamento de su tía, equipado con muebles de piel italiana y escritorios de caoba.
Su ropa apenas ocupaba una mínima parte de la hilera de percheros que le habían asignado. La de Adrián estaba repleta de prendas, de pared a pared, algunas guardadas en fundas elegantes marcadas con nombres de grandes marcas.
Intentó no distraerse tanto con las maravillas que allí encontró para prepararse y salir en busca de los niños. No halló a ninguno en la primera planta, pero escuchó sus vocecitas abajo. Las siguió hasta llegar al comedor, donde pensó que estarían solos desayunando.
Quedó paralizada bajo el marco al hallarlos sentados en la mesa junto a Adrián y conversando animados con una mujer joven y de cabello rubio platinado.
Ella vestía con elegancia, era hermosa y sonriente, parecía hablar con los niños sobre alguna película animada.
—Isabella —la saludó Adrián apenas la notó, doblando el periódico que leía para ponerlo a un costado de la mesa.
—¡Isabella! —gritaron los niños al unísono y se pusieron de pie para correr hacia ella y abrazarla por la cintura. Leo fue el último en llegar por tener que moverse con sus muletas.
—Tengan cuidado —advirtió Adrián a los niños con el ceño fruncido y levantándose también, aunque sin moverse de su sitio.
—Dormiste mucho —comentó Leo como una especie de reclamo.
—Fue por su enfermedad de ayer —recordó Theo, dirigiéndole a su hermano una mirada que parecía una llamada de atención.
Ella percibió que se referían a su embarazo, pero por haber alguien extraño en casa, no lo mencionaron. Cumplían al pie de la letra las órdenes de su padre de mantener aquel asunto en secreto.
—Debes tener hambre, ven —habló Max y la tomó de la mano para llevar hasta el asiento junto a Adrián, y frente a la rubia, donde él había estado sentado antes—. Siéntate aquí, te traeré la comida.
Elena no pudo hacer otra cosa que obedecer, halagada por sus atenciones, aunque algo incómoda por la mirada soberbia que le dirigía la mujer. Al tenerla cerca, la reconoció.
Era la heredera Deborah Cavendish, a quien había conocido en la fiesta de Miles Royce y quien no paró de coquetear con Adrián mientras él hablaba con los inversionistas asiáticos.
Sin el maquillaje exagerado, el peinado esponjoso y el vestido de gala se notaba más joven y delgada, como si fuese una delicada princesa con piel de porcelana.
Al sentarse, los niños comenzaron a buscar platos limpios y nuevas servilletas para cambiar el servicio, ayudándola a servir comida en su plato.
Adrián se sentó evaluándola con atención.
—¿Cómo te sientes hoy?
Ella dejó de mirar a la rubia, que parecía desafiarla con los ojos, para hundirse en la calidez y profundidad de la mirada del hombre.
Él parecía en verdad preocupado por su estado, conteniendo sus ganas por tomarla de la mano.
Ante los extraños debían mantener la fachada de jefe/niñera, para no levantar sospechas y que los comentarios corrieran entre la sociedad de Seattle hasta llegar a los oídos de sus enemigos.
—Mucho mejor. Dormir me ayudó a recuperar las energías perdidas.
Él entrecerró un poco los ojos, ella entendió que aquello era una especie de regaño por haberse quedado hasta tarde leyendo, pero le alivió el hecho de que no pudiera decir nada por la presencia de la heredera.
—Vaya, pero que mujer tan afortunada. Te atienden como si fuese una reina —exclamó Deborah, viendo con envidia, aunque con una sonrisa divertida, cómo los trillizos atendían a su niñera.
Apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos frente a su boca sin dejar de seguir los movimientos de los niños.
Max traía tostadas de la mesa donde se hallaba la comida y un tazón con frutas, Leo le ponía mermelada de durazno al pan, sabiendo que era la favorita de Isabella. Y Theo llevaba con cuidado una taza de té que Charles le había ayudado a servir.
Elena, que había estado algo rígida, incómoda, molesta y confundida por esa visita, se irguió y sonrió con superioridad.
—El amor se paga con amor —respondió, y ambas entrelazaron sus miradas como si aquello fuese un duelo a muerte.
Adrián pudo sentir la tensión del momento y se aclaró la garganta.
—¿Quieres un poco más de café? —ofreció a Deborah, que ya tenía su taza vacía.
La rubia abandonó el debate de miradas que tenía con la niñera para enfocarse de nuevo en el hombre, relajando la postura, pestañeando con seducción y mostrando una sonrisa dulce.
—No, amor, muchas gracias. —Elena sintió un ardor crecer en su pecho al escuchar a aquella mujer decirle «amor» a Adrián—. Ya tengo que irme, pero no quiero hacerlo sin tener la confirmación de tu asistencia a la cena en mi casa.
¿Una cena? La noticia aumentó la amargura de Elena, pero se esforzó por hacerse la desentendida enfocando su atención en el desayuno que los niños le servían y comenzando a comerlo agradeciéndoles con sonrisas y caricias en el cabello.
—No creo poder esta semana. La verdad, estoy muy complicado con el trabajo —respondió él, dibujando una media sonrisa en su rostro que a Elena le pareció demasiado atractiva.
¿Acaso estaba coqueteando con aquella mujer?
Deborah se inclinó y tomó con descaro una de las manos de él entre las suyas acariciándola como si fuese algo muy valioso. Adrián no lo impidió, ni se movió para apartarla. Lo que hizo fue fijar su atención en la rubia ignorando a Elena.
—¿Por favor, Adrián? Eres un hueso duro de roer. Al menos, dedícame un par de horas esta semana, me las debes.
Él aumentó la sonrisa, enfermando de celos a Elena.
—Lo intentaré, pero no te prometo nada.
Elena le dio un mordisco a su tostada sin disimular los ruidos que provocaba el pan crujiente entre sus dientes. Quería aprovecharse de ellos para hacerse notar, pero ni Adrián ni la heredera reparaban en ella.
Deborah pegó un gritito algo infantil que incluso, llamó la atención de los niños, quienes la miraron de manera extraña.
Ella se inclinó más hacia Adrián como si tuviese intención de lanzarse sobre su regazo para sentarse en sus piernas y abrazarlo por el cuello, pero al ver que él se ponía rígido y se inclinaba un poco hacia atrás, como poniendo distancia, ella se detuvo.
Mostró cierta incomodidad por el rechazo, sabiendo que todos la veían, pero rápido recuperó la compostura irguiéndose con petulancia.
—Eso me pone muy feliz y por ahora, es suficiente. Mi mamá enloquecerá cuando se entere, tiene muchas ganas de verte y a papá le encantará sentarse a charlar contigo, hace mucho que no lo hacen.
—Sí, extraño las charlas con Christian, es un hombre sabio en los negocios. Será interesante escuchar su opinión sobre algunos temas de inversiones que ahora me interesan.
El rostro de Deborah se iluminó por la felicidad.
—Le diré que se prepare para tu visita, haré algo especial. Te prometo que será una velada que no podrás olvidar en mucho tiempo.
Adrián se puso de pie, al igual que la rubia, que se preparaba para marcharse.
Ella se acercó al hombre y se enlazó a uno de sus brazos, como si temiera que alguien lo arrancara de su lado en algún momento.
Luego se irguió y encaró a los trillizos y a Elena, con quien compartió una corta mirada de superioridad.
—Chicos, me encantó saludarlos. Otro día vendré para que sigamos hablando de películas y para retarlos a una partida de ese juego de cartas de estrategia que tienen y que yo jugué de niña. Les advierto que soy muy buena en eso.
—Vente preparada para perder —expuso Max, animado por el desafío.
—Max… —lo regañó Adrián para que no fuese grosero.
El niño alzó los hombros con indiferencia y Deborah sonrió divertida.
—Déjalo, de verdad vendré de visita para compartir con ellos. Necesitan compañía —dijo la mujer aprovechando la cercanía para posar su mano en el pecho de Adrián.
Elena los veía con el fuego llameando en sus ojos, sin dejar de masticar una tostada. El sonido destructor y explosivo que generaba el pan en su boca la ayudaba a mantener a raya su indignación.
Adrián compartió con ella una rápida mirada antes de marcharse con Deborah para acompañarla a la puerta, dejándola sola con los niños.
A la mujer le costó disimular su enfado, trató de ocultarlo enfocándose en la comida, evitando recordar las manos de Deborah Cavendish sobre Adrián y el hecho de que ahora estaban solos en el vestíbulo haciendo quién sabía qué cosas.
Leo y Max parecían ajenos a lo que pasaba, dedicándose a contarle a su niñera lo buenos que eran en aquel juego de cartas de estrategias.
Solo Theo parecía percatarse de la mirada irritada de la mujer y de la forma en que apretaba el tenedor en su mano, como si buscara controlar el fuego que la consumía.