Capítulo 70. Complicaciones.
Elena aprovechó que los niños le permitieron unos minutos de soledad en la habitación para realizar una de las llamadas que tenía pendientes.
Enseguida se comunicó con su tía Margaret, con quien no había hablado desde hacía semanas.
—¡Hija! Qué alegría saber de ti al fin.
—No mientas, tía. Siempre has tenido mucha información de mí. Ya sé que hablaste con Adrián y me delataste —soltó enseguida con reproche, oyendo al otro lado una respiración pesada.
—Elena, disculpa por la traición y por no decirte nada. Adrián me lo pidió.
—Sí, ya veo que lo que él te pide sí lo cumples. Lo que yo acuerdo contigo, no.
Hubo silencio un instante, Elena sabía que su tía seguía en línea por su respiración, quizás, pensaba en las mejores palabras para explicar su actuar.
—Hija, lo lamento, pero… consideré necesario hablar con él.
—¿Por qué?
—¡Porque pasó lo que temía, Elena! ¡Terminaste poniéndote en peligro! —reclamó la mujer algo alterada.
—¿De qué estás hablando, tía? Estoy bien.
—Sí, ahora sé que lo estás, porque Adrián McGrath me juró que te mantendría protegida en su mansión.
Elena apretó la mandíbula con enfado.
—Tía, ¿por qué dices que estoy en peligro? ¿Qué otra cosa has sabido que no me has dicho?
—No te la he dicho porque tú dejaste de comunicarte conmigo. Te he llamado en algunas ocasiones, pero no respondes a mis llamadas y no te envío mensajes porque me da miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que entren en mi casa y revisen mi teléfono encontrando la información que comparto contigo.
Aquello preocupó a Elena. No sabía si su tía estaba siendo paranoica o había algo muy delicado que aún no le explicaba.
—¿De dónde sacas la idea de que alguien entrará en tu casa para revisarte el móvil?
—Porque es lo que han estado haciendo, hija.
He seguido en contacto con los hombres que trabajaron con tu padre, esos que me han ayudado a conseguirte información de lo que sucedió con la venta de la empresa y quienes convencieron al señor Harris de hablar para que te diera más detalles.
Ellos han recibido amenazas, llamadas anónimas y hasta visitas indeseadas a sus casas dejándoles mensajes de advertencia.
Eso podría pasarme a mí de un momento a otro.
Elena se asustó por esas noticias.
—¿Qué tipo de advertencia reciben? —preguntó, incorporándose en la cama.
—Les piden silencio, que dejen el pasado donde está o perderán más de lo que ya han perdido.
Al señor Harris le mataron al perro, uno enorme y peludo que tenía casi trece años con ellos y creció con sus hijos.
Los niños están devastados y él peor, porque con la sangre del animal escribieron en la fachada de su casa que si hablaba él sería el próximo.
Eso angustió a Elena. ¿Por qué hacían esas amenazas tan aterradoras? ¿Qué tanto querían silenciar?
¿Qué estaba pasando en realidad con las empresas compradas bajo estafas?
—Hija, ahora ninguno de ellos quiere decir nada.
Harris está destrozado, tuvo que dejar su empleo y está vendiendo todo para irse a Texas, donde viven unos primos.
Eso me tiene asustada, porque yo he estado en contacto con ellos y si descubren el nexo, sabrán enseguida de ti y que estás en la mansión McGrath.
La idea la aterró. No podía permitir que esa gente llegara a la mansión, buscándola. Podrían hacerles algún daño a los niños.
—Tía, yo…
—Hija, no te preocupes por mí. Adrián sabe lo que sucede. Contactó a la policía local para que mantengan la vigilancia y puso más seguridad en mi casa, con mejores candados, cámaras de seguridad y alarmas de emergencia. Estaré bien.
—No estarás bien hasta que todo esto acabe. Aunque vean que no seguimos preguntando, cuando se enteren que estoy en esta casa, tan cerca de ellos, se pondrán nerviosos y querrán presionar de igual manera.
—Pero, hija, sal entonces de allí y regresa a Nueva York. Adrián me dijo que iba a encontrar la forma de reparar ese problema, deja que él se encargue, tiene recursos de sobra. Tú aún necesitas superar tu duelo, perdonar y seguir adelante.
Elena alzó un poco la comisura de sus labios en una sonrisa débil.
—Tía, no voy a salir de esta casa. Tal vez, por mucho tiempo.
El tono de Margaret cambió por completo.
—¿Cómo que no podrás salir? ¿Qué está sucediendo, Elena? Adrián McGrath me prometió que no tomaría represalias en tu contra, solo iba a ayudarte a encontrar lo que necesitabas.
—No me quedaré aquí porque él me haya retenido, tía, es que… —Dudó, sabiendo que la noticia impactaría a la mujer—. Estoy embarazada. De Adrián.
Hubo silencio por un instante largo. Elena sabía que su tía quedaría en shock al enterarse lo que sucedía entre ellos.
—¿Embarazada?
—Sí, tía. Esta mañana lo supe. Ayer estuve en una fiesta y sucedieron cosas que me pusieron muy nerviosa y hoy me enteré que Adrián, en realidad, sabe toda mi verdad desde hace mucho.
Todo eso me alteró demasiado y tuve un colapso emocional, lo que me obligó a ir al hospital. Allí me enteré de mi embarazo.
—Pero… ¡Elena! ¡¿Cómo…?!
Margaret quedó sin habla, necesitó otra pausa para recomponerse y volver a hablar.
—Hija, ¿cómo es posible eso? Tú… odias a Adrián. Estabas allí solo para obtener pruebas que lo incriminen con la estafa hecha a tu padre. ¡Ibas a denunciarlo!
Elena torció el rostro en una mueca.
—Sí, eso pretendía, pero sucedieron muchas cosas, tía.
No lo pude evitar. Ahora… —Calló un instante, recordando parte de lo sucedido—.
Adrián me pidió que me quedara en la mansión para protegerme.
Los hombres que al parecer obligaron a mi padre a vender su empresa, me conocieron aquí como Isabella Reed, la niñera de los trillizos.
Pero enseguida se percataron de mi parecido con mi madre y sospechan que soy Elena Whitman y que vine para hundirlos.
Tal vez por eso han estado acosando a Harris y a los otros empleados, asegurándose de que no se les ocurra colaborar conmigo.
—Oh, Dios, Elena. Eso es… muy peligroso.
—Sí, lo sé. Por eso acepté la oferta de Adrián. Él quiere que… intentemos ser una familia.
—¡¿Una familia?! —preguntó escandalizada—.
Si te propuso eso es porque lo que hay entre ustedes es mayor a lo que imaginaba.
Ese hombre no te dejaría en su casa, aunque estés embarazada de él, luego de saber que lo engañaste y pretendías atacarlo legalmente.
Si lo hace, es porque siente algo fuerte por ti.
Elena se sonrojó ante esas palabras, sintiendo como la emoción la embargaba entera.
—Cómo te dije, pasaron muchas cosas entre nosotros que hicieron que nuestros objetivos cambiaran. Por eso te llamo, para avisarte que me quedaré aquí de forma permanente, al menos, mientras las condiciones lo permitan.
—¿Qué condiciones? ¿Hablas del terrible problema con esos… crueles estafadores? —soltó la mujer con angustia.
—Sí, tía. Ahora más que nunca es necesario llegar al fondo de este asunto, porque ellos no piensan detenerse y es mucho el daño que están ocasionando, pero eso no me libra de peligro. Aquí estaré segura, quería avisarte para que estés tranquila.
—De verdad que eso me tranquiliza mucho, aunque no dejo de inquietarme por esa relación que existe entre Adrián y tú.
Espero no sea un impulso momentáneo por la tragedia dolorosa que están compartiendo.
Ahora no solo hay un niño que está en medio de este conflicto, sino los trillizos, porque supongo que ellos también están afectados al enterarse de la verdad.
—Aún no saben toda la verdad, pero sí, cuando la sepan quedarán muy afectados y no puedo ni quiero dejarlos solos. Ellos me importan mucho, tanto como su padre.
—Oh, Dios, Elena. Esto me ha dejado impactada, pero confío en ti, hija. Solo te pido que te cuides mucho y si necesitas algo, sabes que cuentas conmigo. Mi casa es tu casa.
—Gracias, tía. Nos mantendremos en contacto por móvil. Por ahora trataré de no visitarte, ni verte en persona, porque si en verdad esa gente está atenta a lo que hago, no quiero que te veas involucrada.
—Hay que detenerlos, Elena, para que no hagan más daño.
—Eso haremos, tía. Te lo prometo.
Elena cortó la llamada, sin poder evitar sentirse nerviosa por todo lo que Margaret le había confesado. No le gustó enterarse lo que había sufrido el señor Harris, ni lo que están atravesando los antiguos amigos y empleados de su padre.
Eso evitará que colaboren con ella para llegar al fondo de aquel asunto.
—Eso es lo que buscan —se dijo para sí misma, con rabia—. Bloquearme todas las posibilidades, pero no se los permitiré —expresó, determinada.
Debía hallar pronto las pruebas para inculparlos y detener sus ataques, que de seguro, se volverían más agresivos luego.
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando escuchó que su móvil sonaba por la llegada de un mensaje. Al revisarlo, una sonrisa perversa se dibujó en su rostro.
«Hola, preciosa. ¿Cómo te has sentido hoy? ¿Aceptarías una invitación para almorzar mañana?».
Se trataba de Jacob Pierce, su canal directo hacia sus acosadores. A través de él podía encontrar una forma de llegar a ellos. Aunque su sonrisa se perdió al percatarse de un detalle:
¿Cómo lograría que Adrián le permita asistir a esa cita luego de lo sucedido en la fiesta?