Capítulo 69. Promesa.
La mudanza a la habitación de Adrián se hizo con gran rapidez. Charles dispuso de cuatro empleadas, quienes en minutos trasladaron todo y hasta limpiaron la habitación que ella había utilizado.
Ahora Elena estaba sentada en el borde de la enorme cama de él, una que era tan cómoda e intimidante como su dueño.
Recostó la espalda del cabecero y subió las piernas, respirando hondo para llenarse los pulmones con el aroma del hombre. Allí todo olía a él. Pasó su mano con sutileza sobre las sábanas, como temiendo tocarlas, captando la energía y el calor que Adrián irradiaba y quedaba adherida a las sábanas.
Necesitaba buscar una forma de convencerlo de que le dejara continuar con su investigación, a pesar del peligro que corría. Si no terminaba con eso, siempre se vería acechada. Incluso él.
No habría barco o traslado importante de mercancía, que no fuese acorralado por sus enemigos.
—¿Cómo te sientes?
La repentina pregunta de él la hizo sobresaltar.
Adrián salía del baño vestido de forma casual, con un pantalón vaquero, camisa y deportivas.
A pesar de su estilo desgarbado, se veía increíblemente atractivo, como si portara sus elegantes trajes hechos a la medida.
El aroma de su colonia la embargó por completo.
—Perfecta, si no hice nada. Durante la mudanza no me dejaron traer, ni siquiera, el cepillo para peinarme los cabellos —bromeó ella.
Adrián caminó hacia la cama y se sentó a su lado.
—Déjame consentirte, ¿es posible?
Elena bufó.
—Lo preguntas como si pudiera negarme. Si no eres tú, son los trillizos. Ahora tendré a cuatro hombres detrás de mí cuidando cada paso que doy.
Adrián ensanchó una sonrisa.
—Los trillizos están muy alegres con ese embarazo. Nunca los había visto tan animados —confesó, melancólico.
—La novedad los anima. Ahora ven a su hermanito como un juguete nuevo, pero, deja que nazca, que lo escuchen llorar toda la noche y lo vean robarse toda la atención que antes solo les correspondía a ellos. Cambiarán pronto de opinión.
Él sonrió con mayor amplitud, aunque casi enseguida bajó un poco su alegría.
—No es solo la noticia del embarazo lo que los tiene felices, sino tú.
—¿Yo?
—Sí. Tú y todo lo que ahora representas para ellos. Como la posibilidad de tener una figura femenina estable a su lado, que los escuche, los acompañe y guie. Eso es lo que en verdad los emociona.
Elena se estremeció por esas palabras. Días atrás estaba entrando a hurtadillas en las habitaciones de la mansión para encontrar pruebas que incriminaran a Adrián con la muerte de sus padres, y ahora esperaba un hijo de él, invadía su dormitorio y hablaban de ser una figura estable para sus trillizos.
—Dios… la verdad es que esto será un cambio muy drástico para todos.
—¿Te molesta la idea? —preguntó el hombre, tomándola de la mano.
—No. Solo… Nada de esto lo había planeado. Nunca imaginé que terminaría aquí, embarazada de ti y con la posibilidad de quedarme en esta casa de forma permanente.
—Yo tampoco lo planee, pero se dio y debemos asumirlo.
—Él se acercó un poco más a ella y la observó con seriedad—.
Sé que lo nuestro comenzó como un juego, como una lucha de poderes entre nosotros, pero ahora es diferente.
Nuestro hijo está en medio, así como el corazón de los trillizos.
Ya no pienso jugar, Elena. Esto va en serio.
Quiero que intentemos formar una familia, por nosotros y por los niños.
—Pero… los trillizos ni siquiera saben la verdad sobre mí —recordó con tormento.
—No he querido decírselo aún porque prefiero que conservemos por un tiempo la fachada de Isabella Reed. Al menos, hasta saber lo que Dairus y Ángelo planean, y lo que Jacob pretendió hacer contigo en la fiesta de ayer. Pero los trillizos lo sabrán, así como el resto.
—¿Y si esa verdad termina causándote más problemas que alivios?
Él respiró hondo, mostrándose más determinado.
—Nada de lo que pueda suceder desde este momento, cambiará la realidad de que tienes a mi hijo en tu vientre. No te dejaré ir de esta casa, Elena, ya formas parte importante de mi vida. Lo que ocurra en el futuro, lo manejaremos de alguna manera.
Ella sintió a su corazón encenderse por las emociones, a pesar de que los miedos seguían llenándole la cabeza de dudas.
—Adrián, me quedaré —dictó, logrando que los ojos del hombre brillaran con alivio—. Pondré todo de mi parte para que esto funcione, para que seamos una familia, pero… necesito que me dejes culminar mi investigación.
Él apretó la mandíbula con enfado.
—¿A pesar del peligro que eso podría representar para ti y para el niño?
Ella tardó unos segundos en responder, mientras buscaba las palabras justas para justificarse.
—Si no lo hago, si no descubro a esa gente y hago que paguen por lo que hicieron, y lo que es evidente, todavía siguen haciendo, ellos igual me perseguirán y buscarán lastimarme. No solo a mí, sino a los niños, porque ya saben que a través de ellos pueden manipularme, y a ti.
Él no apartó su atención de la mujer, asumiendo un semblante fiero.
—No permitiré que se acerquen a alguno de ustedes.
—Lo sé, confío en ti, pero tú también tienes que confiar en mí.
Yo puedo trabajar desde aquí, en la mansión, mientras otra persona se mueve afuera.
He logrado muchos contactos, Adrián, con extrabajadores y varios de los que aún están activos en algunas de las empresas afectadas.
Juntos podemos resolver este asunto más rápido y de manera más efectiva.
El hombre se lo pensó un instante. Lo que ella proponía era viable.
Cuando la investigó para confirmar su identidad, supo que de verdad estaba bastante empapada en aquel asunto.
Él lo había descuidado por mucho tiempo, por ocuparse de otros temas, pero tenía acceso a documentos y registros que podrían arrojar datos importantes.
—Lo pensaré, Elena, te prometo que lo haré para encontrar una forma en que podamos hacerlo sin arriesgarnos.
Fue lo único que pudo decir. Por ahora. Le resultaba imposible no temer por las consecuencias que esa investigación pudiese arrojar.
No deseaba poner en peligro a su familia, no quería volver a pasar por la amarga situación enfrentar duras crisis o llorar pérdidas.
Aunque entendía que no hacer nada también aumentaba el peligro.
Era cierto que sus enemigos no iban a parar. No lo habían hecho en más de cinco años, sería absurdo pensar que ahora sí lo harían. Debía detener pronto esta situación para no seguir viviendo con incertidumbre, rodeado de amenazas.
—Ahora iré al puerto, a ocuparme de la mercancía que rescaté y a reunirme con el hombre que estuvo viajando en el barco. Es importante escuchar lo que debe decirme.
Ella le acarició el rostro, logrando que aligerara un poco la tensión que había en él.
—Ve, yo me ocuparé de los trillizos… y de nuestro bebé —dijo, acariciando con una de sus manos su vientre aún plano.
Adrián acercó también una de las suyas para posarla sobre la de ella.
—Voy a hacer que esto funcione, Elena. Quizás no será fácil, pero lo lograré.
La mujer se inclinó para besar sus labios, sellando así aquella promesa.