Capítulo 68. Sentimientos.
Como Elena lo sospechó, cuando los trillizos se enteraron de su embarazo, sus actitudes sobreprotectoras empeoraron.
No dejaban que hiciera absolutamente nada y a cada dos segundos le preguntaban si estaba bien o si algo necesitaba.
Si se le ocurría pedir alguna cosa, los tres se movían a toda velocidad para atenderla, y a veces, hasta se peleaban entre ellos para ser quien cumpliera con su exigencia.
Por supuesto, Leo era el que siempre perdía.
Por sus muletas le costaba ser diligente.
Elena notaba que eso lo entristecía, así que en ocasiones le hacía pedidos en secreto, solicitando cosas que ni siquiera necesitaba, solo para arrancarle una sonrisa de satisfacción al sentirse útil al igual que sus otros hermanos.
Adrián debía estar pendientes de ellos y correrlos de la habitación para que la dejaran descansar. Los niños estaban tan alegres con la noticia del embarazo que no dejaban de revolotear alrededor de ella. Parecían más emocionados que su propio padre.
Y no era porque a Adrián no lo embargara la felicidad por esa sorpresiva nueva vida que venía en camino, sino porque sabía que había aparecido en un momento crítico y lleno de incertidumbre. Con el peligro rondándolos de cerca.
—Esta tarde, luego del descanso de los empleados por el almuerzo, les pediré que ayuden con la mudanza de tus cosas a mi habitación.
Ya que los niños saben sobre lo nuestro, es absurdo estar separados.
Te quiero siempre en mi cama —dictó Adrián, en una ocasión en que pudo enviar a los trillizos a sus dormitorios quedando a solas con ella.
Elena lo observó con los ojos muy abiertos y con las mejillas encendidas por la vergüenza.
—¿Vendrán a ayudar? ¡No es necesario!
Él la observó con dureza mientras se sentaba en el borde de la cama, a su lado.
—¿Por qué dices que no es necesario? Tú no moverás ni siquiera el cepillo con el que te peinas los cabellos. Le diré a Charles que envíe a dos o tres empleadas para que empaquen tu ropa y la organicen en mi vestidor, y guarden tus artículos de tocador en las cómodas y en el baño.
—Pero, Adrián, eso demostrará a todos en esta casa que tenemos una relación muy cercana y le pediste a tus hijos nos ayudaran a mantener el secreto.
—Como lo has notado, tengo la cantidad justa de empleados. No me excedo porque he sido muy precavido al contratarlos. Solo tengo a gente discreta, que no solo sabe tener la boca cerrada, sino que han firmado contratos de silencio. Nadie dirá nada.
Ella recordó el contrato lleno de reglas que él le obligó firmar cuando llegó a esa mansión. Con eso se aseguraba de conservar la privacidad de su casa.
—Aunque no digan nada, lo pensaran —rebatió con voz baja.
—¿Y te da vergüenza que digan que tenemos una relación íntima? ¿Qué dormimos juntos a pesar de que eres la niñera de mis hijos?
Elena lo observó con la sangre encendida en las venas.
—Creerán que me aproveché de ti para asegurarme un futuro, y no es así.
—Pero, ¿así no comenzaron las cosas entre nosotros?
Aquellas palabras la impactaron. Sabía que en algún momento llegarían los reproches. Adrián no se quedaría con el hecho de que ella lo había seducido para aprovecharse de él y quedarse en esa mansión mientras realizaba su investigación para destruirlo.
—Tardaste en hacer tus reclamos —expuso dolida.
—Porque la vida se nos torció de forma violenta de un momento a otro —justificó, muy serio—.
Ya te tenía en mis manos al confirmar mis sospechas sobre tu verdadera identidad, solo esperaba encontrar el momento indicado para obligarte a enfrentar tu mentira.
Pero entonces, ocurrió el inconveniente en la anterior fiesta de Miles y Leo y tú terminaron heridos, luego se perdió mi barco y Jacob comenzó a rondarte y empujarte hacia un precipicio sin salida, y ahora, estás embarazada. De mi hijo.
Eso último lo dijo con orgullo, irguiéndose. Como si aquello fuese el trofeo que recibía luego de una batalla feroz.
—Los reclamos y las exigencias de explicaciones las tengo atoradas en la garganta —finalizó, recobrando la dureza en su semblante.
Elena se sintió incómoda y muy apenada.
—Accedía a acostarme contigo solo para evitar que me echaras de la mansión, no para enredarte con la obligación de un hijo.
Me enfadó la forma en que hacías a un lado a los trillizos por tu trabajo y sabía que te provocaba demasiado al retarte por ese actuar.
Además, eres muy estricto con la seguridad de la casa y necesitaba… más confianza para moverme en ella.
—¿Y qué conseguiste en esta casa que pudiera incriminarme con la muerte de tus padres? Aquí no hay nada, porque no hice nada —dijo con enfado, aunque esforzándose por controlarse.
—Hallé medicinas oncológicas y documentos de envíos y retención de mercancía de tu empresa en la habitación donde están los vestidos de Mónica. Para mí, esas son pruebas.
Él apretó el ceño, furioso.
—Te dije que el barco que trasportaba esas medicinas no fue el primero ni el único en perderse.
Esas medicinas son muestra de los cargamentos extraviados que de pronto aparecieron en bodegas que no me pertenecían.
Por un tiempo estuve investigando, pero luego de la muerte de Mónica, de la enfermedad de Max y del resto de los problemas que se presentaron en la empresa, no pude atender ese asunto.
Necesité establecer prioridades y esas cosas las guardé olvidándome de ellas.
—No debiste olvidarte de ellas —insistió la mujer—. Allí podrían estar las pruebas que necesitas para establecer nexos y descubrir quién es el autor intelectual de esos robos y desvíos.
—Son documentos de hace cinco o cuatro años —se quejó el hombre.
—Son pruebas incriminatorias históricas. Evidencia que demuestra que los ataques a tu empresa no son de ahora, sino de hace muchos años. Que no los han hecho personas diferentes, sino los mismos, a través de una red de contactos que han podido fortalecer con el tiempo.
Él la observó con el ceño apretado, aunque con mirada interesada.
—¿Crees que si cruzo esa información con la que estoy obteniendo ahora, podría demostrar quiénes son las personas que provocan la desaparición de la mercancía y los motivos?
—Las posibilidades son muy altas —recalcó la mujer con ansiedad.
Esa era la información que ella tanto buscaba: los responsables directos de la desaparición de la mercancía que generó tantas pérdidas de vidas, de esperanzas y estabilidades.
—Yo solo pude tomar unos pocos documentos al azar de esa habitación y les di una revisión superficial hallando algunas conexiones interesantes.
Si me dejas evaluar todo el material que tienes allí, los registros de los otros inconvenientes que has tenido en la empresa, así como lo que estás reuniendo ahora con la pérdida y recuperación de ese barco, estoy segura que podría descubrir entramados que poco a poco me llevaran al verdadero, o los verdaderos culpables.
Adrián desvió su atención al suelo, apoyó los codos en las rodillas y apretó la mandíbula con enfado.
—No será una tarea fácil ni rápida de hacer. Es mucho material el que debe revisarse.
Elena trataba de controlar su ansiedad para que él no descubriera lo desesperada que estaba por hacer ese trabajo.
Había pasado cinco años esperando ese momento, sintiendo la amarga sensación de la venganza retorcerse en sus entrañas.
Anhelaba sumergirse de cabeza en todas esas pruebas para ubicar a los responsables de esas tragedias y hacerlos pagar por sus crímenes.
—En algún momento hay que hacerlo, Adrián.
No podemos dejar esos crímenes impunes. No solo por la posibilidad de que lo sigan haciendo en el futuro, sino para darle paz a la gente que aún está sufriendo las consecuencias de esos hechos.
Y no solo hablo de nosotros, quienes hemos perdido a seres queridos por esos delitos, sino a los empleados de las empresas que están siendo ahogadas, a los que perdieron todo y siguen sufriendo de amenazas y a los que quedaron arruinados y no han podido levantarse, ni siquiera, a nivel moral. Todos exigen justicia.
Él se mantuvo callado casi un minuto, mientras reflexionaba sobre todo lo que ella le decía. Hasta que reaccionó de repente, girándose hacia ella para mirarla con fijeza.
—Podría hacerlo, pero no quiero que te veas inmiscuida en ese trabajo.
Elena se indignó por su resolución.
—Tengo derecho a hacerlo.
—Es mucho trabajo, Elena, y estás embarazada.
De mi hijo —volvió a recalcar, pero esta vez, con firmeza—.
No solo sería demasiado agotador, sino que podría ser peligroso.
Hay posibilidades de que las personas que sospechamos que mueven los hilos de esa situación sepan quién eres en realidad y busquen la forma de evitar que los descubras.
No voy a ponerte a ti, ni a mi hijo que está en camino, en peligro solo por tu sed de venganza.
Ella se mordió los labios para controlar su rabia.
—No es solo para saciar mi sed de venganza —repitió con rudeza—, ya te dije que los afectados son muchos. Conocí a una gran cantidad mientras investigaba y estoy segura de que si sigo indagando, hallaré a muchos más.
—Y los hay, lo sé porque yo también conocí a muchos cuando intenté investigar este asunto —reveló él—. Pero eso no aligera el hecho de que estás embarazada y hoy sufriste un colapso emocional. Necesitas cuidarte y descansar, no asfixiarte con trabajo peligroso.
Ella se recostó en el cabezal de la cama, procurando no tensarse por las palabras de él y volver a sufrir por el estrés. No deseaba afectar a su hijo.
—Pensaré cómo llevar a cabo esa investigación —siguió Adrián—, pero sin involucrarte más de lo que ya lo haces.
—Adrián…
—No, Elena —sentenció, interrumpiéndola, y aumentando su irritación—. Ahora eres parte de mi familia —aclaró, muy serio, estremeciéndola—. Eres mi prioridad, mi responsabilidad. No arriesgaré tu embarazo ni tu vida. No pienso perder nada más, mucho menos, lo que más me importa.
Sus palabras fueron tan fuertes y tajantes que ella no pudo rebatirlas. Todo su cuerpo se conmovió, con una mezcla de dicha y temor.
Allí comprendió que lo que Adrián sentía por ella no era simple atracción física, producto de la difícil situación en la que se encontraban, ni tampoco una obligación por el hecho de que estuviese esperando un hijo suyo.
Él experimentaba sentimientos fuertes y demandantes, similares a los que ella sentía por él. Unos que estaban dispuestos a hacer lo que fuese necesario para proteger al otro y mantenerlo a su lado.