Capítulo 66. Amistad.
Al llegar a la mansión, él la ayudó a bajar del auto y subir las escalinatas hasta la entrada. Ella aún se sentía débil por los malestares y cansada. En el vestíbulo se detuvieron porque el teléfono de Adrián no dejaba de sonar.
Desde que estaban en el hospital repicaba sin parar, él solo lo veía para asegurarse que no fuese el número de la mansión, por si lo llamaba Charles o los niños. Al notar que era del trabajo, lo ignoraba, pero ya no podía hacerlo. Era mucho lo que debía atender.
—Necesito ir al despacho para atender estas llamadas.
—¿Crees que sean sobre el barco?
—Sí, ya debe haber atracado en el puerto. Pedí que me informaran de cada paso, aunque ya está en tierra, no puedo descuidarlo porque cualquier cosa puede suceder.
—Ve a ocuparte de eso. Yo subiré a mi habitación a acostarme un rato. Se me cierran los ojos por el cansancio.
Adrián la tomó por el rostro y besó sus labios con dulzura, chupando cada uno y acariciando con su lengua cada rincón de su boca, asegurándose de dejar en ella su sabor para que nunca lo extrañara.
—Subiré apenas pueda —susurró él sobre sus labios cuando puedo detener el beso para recuperar el aliento.
Elena se había aferrado a él para no caer. La boca de Adrián era tan hipnótica, que le hacía despegar los pies de la tierra.
—Te esperaré —aseguró, permitiendo que el hombre la embriagara un poco más con sus besos insaciables.
El repiqueteo de su teléfono impidió que siguiera la sesión de cariños.
—¿Puedes subir sola?
—Si dejas de besarme, sí.
Él sonrió con picardía.
—Está bien, pero solo por esta vez —sentenció, antes de darle un último y firme beso en los labios—. Nos vemos en unos minutos.
Adrián sacó al fin el móvil de su bolsillo y tuvo que atender la última llamada.
Elena notó que estaba muy ansioso por hablar con la persona que intentaba comunicarse con él.
Lo vio caminar con premura al despacho sin dejar de hablar, antes de que ella se diera media vuelta para dirigirse a las escaleras.
Pero quedó paralizada al ver a las tres personitas paradas en el último escalón, que la miraban con sospecha.
Theo tenía las manos en los bolsillos, con sus ojos evaluativos puestos en ella; Max cruzó los brazos en el pecho y alzó el mentón, observándola con el ceño fruncido; Leo se sostenía con firmeza de sus muletas, mordiéndose los labios para esconder una sonrisa de satisfacción.
—Creo que ya no pueden ocultarnos más lo que pasa entre ustedes —dijo Theo con petulancia—. Ese beso fue más que evidente.
Las mejillas de Elena se incendiaron por la vergüenza.
—¿Ustedes no deberían estar en sus habitaciones? —preguntó ella con incomodidad.
—No estamos castigados —soltó Max—. Además, estábamos preocupados por ti. ¿Por qué te llevaron al hospital?
La pregunta la inquietó. No quería decirles que estaba embarazada de su hermanito. No sin Adrián.
—Yo… solo fue un colapso emocional —justificó, haciendo que los tres la miraran con desconfianza. Sus reacciones la indignaron—. Aún no me siento del todo bien. Necesito ir a descansar a mi habitación.
Ella los esquivó para comenzar a subir las escaleras.
—¿Fue por lo de ayer? ¿Te hicieron algo en la fiesta? —preguntó Leo, preocupado.
Elena se detuvo para encararlos y respiró hondo antes de hablar.
—No sucedió nada. Adrián me contó lo que ustedes le dijeron y quiero agradecerles su preocupación y su ayuda, de verdad. Aunque les pido, que para la próxima vez, sean sinceros conmigo y me avisen primero a mí lo que sucede.
—Estabas decidida a irte con ese sujeto —acusó Max con enfado—. No ibas a creernos.
—Claro que iba a creerles. Yo confío en ustedes —aseguró, acariciando los cabellos de Leo, que era el que estaba más cerca de ella. Su gesto aplacó los rostros recelosos y molestos de los niños—. Creo que somos como un equipo, ¿no es así? Ustedes me ayudan y yo los ayudo.
Los tres niños compartieron una mirada, algo sorprendidos.
—¿Confías en nosotros? —preguntó Theo como si no se creyera lo que ella decía.
—Por supuesto que lo hago. Ciegamente —enfatizó, haciendo que ellos abrieran un poco más sus ojos. Parecían no estar acostumbrados a que alguien confiara en sus palabras.
—Entonces, ¿te quedarás aquí? ¿Con nosotros? —quiso saber Leo, con un toque de ansiedad en la voz—. Mientras discutías con papá antes de que te llevaran al hospital, escuchamos que le decías que debías irte, que ya no podías quedarte aquí.
Elena se sobresaltó por esas palabras, recordando la traición que estuvo a punto de cometer y el motivo desleal por el que ella había llegado a esa casa.
—Chicos, hay cosas que aún debo hablar con su padre que dirán si me quedaré por más tiempo aquí o no. Por ahora sigo siendo su niñera, para los ojos y los oídos de los demás, eso no puede cambiar. ¿De acuerdo?
—¿Tú y papá mantendrán una relación en secreto? —exigió Theo, confuso.
Ella se irguió con cierto nerviosismo.
—Déjenme hablar de este asunto con él primero, es… delicado.
Los trillizos volvieron a compartir una mirada, esta vez, algo inconforme.
—Nunca habíamos visto a papá besar a ninguna mujer en la casa —soltó Max—, ni dejarla entrar a su habitación. Si lo hizo contigo es por algo y si tan solo busca aprovecharse, nosotros no se lo permitiéremos —dijo con enfado cruzando de nuevo sus brazos en el pecho.
Los otros dos pusieron semblantes parecidos al de su hermano, preocupando a Elena.
—Escuchen, no deben meterse en este asunto, son cosas de adultos.
—Papá siempre nos exige que respetemos a los demás —habló Theo, muy serio—. Él debe hacer lo mismo. Ahora eres nuestra mejor amiga. Si él quiere mantener una relación contigo, deberá primero hablarlo con nosotros. Tenemos que establecer límites.
Los ojos de Elena se abrieron como platos. No sabía si reír, angustiarse o conmoverse por las palabras de los niños.
—¿Limites?
—Claro —intervino Leo—. No habrá más besos ni intimidad si no aclara la situación contigo. No permitiéremos que juegue con tus sentimientos.
La mujer no podía creerse lo que escuchaba. Su corazón se encendió por la ternura y sus ojos se llenaron de lágrimas. Era como si su padre de pronto hubiese reencarnado en esos tres increíbles niños.
Puso sus manos en su pecho, estremecida por sus palabras.
—Eso es muy lindo, pero… ¿y si soy yo la que quiero jugar con él? —les preguntó en voz baja.
Ellos perdieron por un momento la seriedad, para mirarse entre sí, confusos.
—Entonces… —habló Max—. Tal vez se lo tiene merecido.
Elena no pudo hacer otra cosa que carcajearse, divertida por sus palabras, y los apretó a los tres en un abrazo sentido.
—Ustedes son geniales. No saben lo afortunada que soy al tenerlos como mis mejores amigos.
Ellos dejaron que una sonrisa tímida se mostrara en sus rostros, una que parecía insegura de revelarse, ya que no estaban acostumbrados a que les hablaran con tanta ternura.
Elena los invitó a subir con ella, cuidando sobre todo, a Leo, que avanzaba con sus muletas. Mientras lo hacía, pensó en que de verdad debía sincerarse con ellos. Los trillizos lo merecían, le estaban entregando su corazón sin mantener ningún obstáculo, era justo que fuese honesta.
Aquella era la única forma de conservar esa tierna amistad. Una que a todos ellos les hacía una gran falta.