Capítulo 65. Prioridad.
Al recibir el alta, pudieron regresar a casa en el auto. Al principio, el viaje fue silencioso. Elena estaba recostada en el asiento del copiloto con su mirada preocupada clavada en el paisaje que se veía por la ventana, trataba de evaluar su situación actual y la forma en que la superaría.
—¿Te sientes bien?
Al escuchar la pregunta de Adrián se incorporó, para quedar sentada más recta, aunque no lo encaró.
—Creo que sí, solo muy cansada.
Él respiró hondo. Lanzó una mirada hacia la mujer, pero al ver que esta no pretendía darle la cara, apretó la mandíbula y el ceño y se concentró en la vía.
—¿Sigues dudando de mí? —preguntó con tono seco.
Elena tardó unos segundos en responder.
—Solo necesito reordenar mis ideas. Por cinco años te creí culpable de lo que le había sucedido a mis padres, no es fácil cambiar de opinión tan pronto, hay temas que no me cierran.
—Te explicaré todo cuando lleguemos a casa.
En esa ocasión, ella lo miró con irritación.
—¿Y qué ganas con explicármelo a mí? Pasaste cinco años callando este asunto, dejando que todo te señalara. Tú también perdiste a alguien en ese tiempo, a tu esposa, ¿por qué no demostraste tu inocencia y delataste a los verdaderos culpables?
—¿Por qué no lo hiciste tú en estos cinco años? —reclamó él furioso, clavando en la mujer una mirada llena de reproches que resultó como una lanza envenenada.
Elena enseguida perdió su actitud desafiante para mostrarse afectada. Esos cinco años no fueron fáciles para ella.
Le costó superar el dolor por la pérdida de sus padres y la culpa por no haber estado allí, para ayudarlos. La negación que sobrevino después al no poder creer lo que de pronto había quedado huérfana y arruinada, le fue difícil de asimilar.
Luego apareció la rabia, una asfixiante e impregnada de venganza. A medida que investigaba y descubría que lo ocurrido parecía haber sido premeditado y hecho con mala intención la hacía sentir más enferma.
Sus padres no fueron los únicos estafados, ni los únicos que habían perdido la vida en medio de aquella situación, mientras Adrián McGrath, el único nombre que se repetía una y mil veces en todos los documentos que leía y en todas las conversaciones que escuchaba, se hacía cada vez más rico, y su empresa, Northstar Distribution Corp, crecía y se fortalecía.
¿Cómo no dudar de él?
Esos cinco años fueron terribles para ella, un tiempo de luto y preparación que necesitó para enfrentar esa tragedia. Por eso no actuó en ese tiempo.
—No me culpes por no haber hecho nada, porque yo tampoco la pasé bien —siguió Adrián—.
Mis hijos tenían dos años cuando mi esposa murió y no tuve a nadie que me ayudara con ellos, más que Charles y los empleados de la mansión.
La familia de Mónica pretendió quitarme a los niños, como me puse intransigente, decidieron irse a Europa y desentenderse de ellos.
Aún me culpa por lo sucedido, como todos.
Aquello lo dijo con desprecio, como si de esa forma se sacara de adentro la ira que aún sentía por esa realidad.
—Cómo te dije, Max enfermó, estuvo muy mal.
Pasó varias semanas hospitalizado. La empresa presentó problemas, un barco desapareció perdiendo toda la mercancía, entre ella, medicinas oncológica que se requería con urgencia.
Eso ocasionó que familias enteras, clientes y hasta proveedores, tocaran a mi puerta para traerme reclamos y demandas.
¡No pude llorar la pérdida de mi esposa en ningún momento!
Elena volvió a desviar la mirada a la vía, esta vez intimidada por el tono acusador que tenía la mirada enfadada del hombre, que provocó que su corazón latiera con ansiedad.
—Toda una maldita mierda me cayó encima, pero no podía dejarme derribar, porque eso era lo que buscaban mis enemigos.
Me enfoqué en mis hijos, ellos fueron para mí mi prioridad, luego la empresa.
El consejo de socios pretendió quitarme el control pasando por encima de mi autoridad para tomar decisiones, querían cambiar la directiva y obligarme a vender buena parte de mis acciones para así reparar los daños.
Quisieron presentarme como el único responsable, pero nunca encontraron suficientes pruebas.
Cuando pude, me defendí y recobré la dirección de la distribuidora.
El silencio los cubrió por casi minuto, mientras Adrián recuperaba el ritmo normal de su respiración.
—Aunque no fui culpable de nada, tuve que pagar por muchos de los daños ocasionados. Quise investigar lo sucedido con tu padre y ayudarlo, pero era demasiado tarde para eso. Ya estaba muerto y enterrado, y yo tuve que establecer prioridades.
—Dijiste que mi padre fue tu amigo, ¿él nunca fue tu prioridad? —reprochó ella, con lágrimas en los ojos.
Él la observó un instante con mirada dura.
—Hay documentos que señalan que la venta de la empresa de tu padre fue legal, así como la inclusión de esta a Northstar.
La única forma de hallar incongruencias era ahondando en ese tema, pero, ¿para qué iba a hacerlo si él ya no estaba y tú nunca apareciste?
Lo que hice fue esforzarme por mantenerla a flote, para que los empleados no sufrieran.
—¿Aún mantienes la empresa de mi padre? —preguntó confundida.
—Solo a nivel financiero. No he podido ocuparme de ella a nivel operativo. Creo que quedó un sindicato, o algo por el estilo, al mando.
—Sí, uno que se encargó de despedir, amenazar y perseguir a los empleados de mayor confianza de mi padre —impugnó Elena—.
La empresa es un desastre, ha dejado grandes deudas pendientes, casi ni opera, la mayoría de los vehículos están dañados y se llevaron a cabo despidos injustos.
Hay muchas familias afectadas y nadie quiere hablar por miedo a represalias.
Adrián apretó la mandíbula con enfado.
—Esas situaciones no he podido seguirlas. Lo siento —fue lo único que pudo decir, sin despegar sus ojos enfurecidos de la vía.
Ella observó su semblante un instante, tratando de controlar su propia rabia. No podía seguir canalizándola hacia él cuando no tenía culpa de nada.
—¿Cómo sabes que Dairus Cohen y Ángelo Towsen estuvieron detrás de la venta de la empresa de mi padre?
—Hubo un tiempo en que hice preguntas, pero nada concreto. No tengo pruebas que confirmen o desmientan los comentarios que me hicieron llegar.
—Pero… ¿son ellos quienes sabotean tus barcos?
—Es lo que sospecho. Lo que sucedió cinco años atrás no fue el inicio de este problema, sino el momento en que me di cuenta que algo pasaba.
Desde esa ocasión, el barco que recuperé ayer es el cuarto que trasporta una gran mercancía que me presenta serios problemas.
Solo los dos primeros se perdieron, los dos últimos los logré recuperar.
Aunque he tenido más complicaciones en traslados menores, sobre todo, por tierra.
En los últimos dos años he tenido que redoblar mis esfuerzos por la vigilancia, llegando a evitar más pérdidas y hallando pruebas de los responsables.
—¿Tienes pruebas que incriminen a Dairus y a Ángelo en esos asuntos?
—No contundentes y no directas, solo he logrado reunir algunos pocos documentos y declaraciones de empleados, directos e indirectos, que señalan a personas muy llegadas a ellos como responsables de esos conflictos.
Aún sigo investigando, no creas que es fácil.
Le están pagando muy bien a choferes, capitanes de barcos y hasta a pilotos de aviones para que no digan nada.
Me ha costado presionar en esos asuntos, sobre todo, porque los trillizos siguen siendo mi prioridad y no he conseguido a nadie que me ayude como es debido con ellos.
La miró con fijeza un instante.
—Tú misma te has dado cuenta que ellos necesitan mucha atención, una que no he podido darles de forma adecuada.
Elena respiró hondo, comenzando a comprenderlo. Ella sabía que los conflictos que se producían en su empresa eran muy delicados, aquello olía a una fuerte corrupción y aprovechamiento de esos envíos para robar mercancía que podía ser destinada a contrabandos.
Era importante enfocarse en ese asunto porque había mucha gente sufriendo. Gente que moría, que perdía sus trabajos, que vivía asustada y amenazada y que quedaba arruinada.
Lo que Adrián transportaba no eran simples cosas, sino sueños, inversiones y hasta esperanzas. Pero en eso no solo podía ocuparse.
En casa estaban sus hijos, esperándolo, queriendo compartir un rato con él. Anhelaban su atención, su voz, su presencia, y ese beso y ese abrazo que no habían podido recibir en la mañana, ni la noche anterior, antes de que se fueran a dormir.
Ellos también necesitaban de él, tanto, como las víctimas de la mercancía que se robaban. Sus hijos nunca debían dejar de ser su prioridad. Por eso en cinco años, él no pudo darle la cara a ese problema.
Ni siquiera lo había podido hacer ella, que en un par de meses debió enfocarse más en los trillizos que en su propia investigación.