La falsa niñera de los trillizos del CEO Capítulo 62. Motivos.
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Capítulo 62. Motivos.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Adrián a sus hijos.

Max seguía mirándolo con enfado.

—Vinimos a hablar contigo sobre la fiesta de ayer. Isabella no nos quiso contar nada y nos obligó a ir a dormir.

—¿Continuaron despiertos a pesar de que les dije que se fueran a la cama, que yo me encargaba de todo? —preguntó molesto.

—Ninguno de nosotros pudo pegar un ojo —reveló Theo—. Hasta que no supiéramos que Isabella estaba bien, no íbamos a dormir.

—¿Qué pasó en la fiesta, papa? —pidió Leo—. ¿Y qué pasó ahora? ¿Por qué Isabella está llorando?

Adrián observó con atención a sus tres hijos. Sus rostros, marcados por la molestia y la preocupación, estaban fijos en él.

—No sucedió nada. Llegué a tiempo a la fiesta, pero Isabella y yo tuvimos una discusión aquí en la casa por una situación delicada que, por ahora, solo podemos tratar entre nosotros.

—¿Por qué? —exigió Max con tono irritado.

—Porque son temas de adultos —enfatizó con firmeza—. Aún no podemos hablarlo con ustedes. Primero necesitamos ponernos de acuerdo en muchas cosas.

Ellos no se mostraron convencidos.

—¿Hicimos algo mal? —preguntó Leo, preocupado.

—Por supuesto que no. Hicieron bien al llamarme anoche apenas se enteraron lo que había dicho Jacob sobre Isabella, ahora tienen que darnos algo de tiempo para organizar esta situación.

Los trillizos compartieron una mirada que contenía una mezcla de incomodidad, molestia y angustia.

—¿Isabella y tú tienen una relación íntima?

La pregunta de Theo lo dejó congelado unos segundos.

—¿Qué dices?

—Acabamos de verla salir de tu habitación en pijama y tú estás semidesnudo. No es la primera vez que los vemos en actitudes extrañas. Ya falta poco para que cumplamos los ocho años, sabemos lo que eso significa —soltó, alzando una ceja para dar mayor seriedad a la conversación.

Adrián quedó paralizado. Miró uno a uno el rostro de cada trillizo descubriendo sus ojos expectantes. Esperaban con ansiedad su respuesta.

No sabía si sentirse orgulloso o aterrado.

—Bajen a desayunar. Charles ya debe tener el comedor listo. Isabella y yo tenemos que hablar antes de reunirnos con ustedes.

Los niños tardaron en reaccionar. Lo hicieron porque él los apuró con señas de sus manos. Leo parecía no estar muy dispuesto a cumplir con la orden de su padre, se movía más lento que sus hermanos.

—Papá —le dijo al pasar frente a él—. ¿Isabella no se irá de esta casa? —quiso saber, con rastros de miedo en su semblante.

Adrián no supo qué responderle por un momento.

—Eso será algo que ella deberá decidir. Lo único que puede prometerles, es que no lo hará sin hablar primero con ustedes.

La respuesta no fue del agrado del niño. De ninguno. Los ojos de Leo se llenaron de lágrimas. Bajó el rostro para esconderlas mientras seguía con sus hermanos hacia las escaleras, para reunirse con el mayordomo en el comedor.

Al quedar solo, Adrián respiró hondo y siguió hasta la habitación de Elena.

Ella, después de vomitar todo lo que tenía en su estómago, se sentó en la cama con la espalda apoyada en el cabecero, las rodillas alzadas y sus brazos rodeándolas como si eso pudiera ayudarla a controlar sus emociones.

Sentía un ciclón de miedos, rabias y emociones en su pecho, que afectaban su estómago. Se sintió confundida al descubrir que todo lo que había sabido sobre los problemas que sus padres tuvieron que afrontar antes de sus muertes era por completo errado.

No fue Adrián McGrath quien les quitó su empresa y quizás, no había sido Adrián quien ocasionó la retención de las medicinas.

Por lo sucedido la noche anterior con respecto al barco desaparecido, la forma en que Dairus y Ángelo reaccionaron ante aquél hecho, la hacían sospechar que ellos tenían algo que ver en el asunto. Y que era una acción habitual.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, de odio hacia sí misma. Había creído ciegamente en las teorías que un pequeño grupo de personas le habían facilitado, quienes no tuvieron reparo en acusar a McGrath de todo el daño que habían sufrido sus padres.

Como abogada, ella debía inclinarse por las pruebas, pero a él lo acusó sin haber hecho una investigación profunda.

Debió sospechar cuando muchos allegados y empleados de su padre no quisieron hablar sobre el asunto, solo unos pocos socios que lograban alguna ganancia con la venta de la empresa, aunque fuese fraudulenta.

Quizás los otros sufrieron de algún tipo de presión para mantenerse callados.

Estuvo tan llena de dolor y rabia por lo sucedido, sobre todo, por el hecho de que no pudo estar al lado de sus padres para asesorarlos e impedir que fuesen timados en el momento más trágico de sus vidas, que actuó sin pensar.

Se metió en la vida de los McGrath para herirlos, sin poder salir ilesa de su propia venganza.

Se sentía rota por dentro. Tan avergonzada por el daño que estuvo a punto de hacer y por todo el tiempo que había perdido metida en esa mansión sin perseguir a los verdaderos culpables de las muertes de sus padres.

No pudo seguir pensando en sus miserias porque escuchó un toqueteo en la puerta. Comprimió el rostro en una mueca de disgusto segura de que se trataba de Adrián. Él no iba a dejas esa conversación a medias, necesitaba respuestas rápidas.

Tocó por segunda vez, pero ella no fue capaz de responderle. Las lágrimas no paraban de correr por sus mejillas. Se sentía en extremo sensible.

—Sé que estás ahí. Voy a entrar —avisó el hombre.

Elena quiso negarse, pero se había olvidado de pasar cerrojo y Adrián con facilidad pudo dar vuelta al pomo y abrir.

Estaba descalzo y sin camisa, con el cabello aún revuelto por la noche de pasión que habían tenido en su habitación.

Ella sintió a su corazón retorcerse de gusto por aquella imagen, se veía rabiosamente sensual. Su cuerpo reaccionó con un estremecimiento generalizado y su boca, así como sus partes íntimas, se hicieron agua por su culpa.

Maldijo a su cuerpo en silencio por ser tan débil y por haberse aferrado tanto a ese hombre a pesar de que se había prometido no hacerlo. Solo buscó la intimidad con él para ganarse su confianza y así descubrirlo. Ahora que ella era la descubierta no sabía cómo liberarse de lo que sentía por él.

—¿Qué quieres? —le preguntó con reproche para dejarle en claro que no se sentía bien y deseaba estar sola.

—Lo siento, pero tenemos que hablar —respondió acercándose a ella despacio y sentándose en la cama, a su lado—. No pienso irme y dejarte así.

—No soy tu problema, Adrián. Soy la intrusa que entró en tu casa con intención de hacerte daño.

—Eres la intrusa que dejé entrar en mi casa con intención de saber qué pretendías y aprovechar la ocasión para pedirte disculpas por el daño que te hice en el pasado.

—Tú no me hiciste ningún daño —dijo algo confusa—. Me dijiste que fue Dairus y Ángelo quienes forzaron la venta de la empresa de mi padre, una que no fue hecha en términos legales. Y que no tuviste nada que ver con la retención de las medicinas.

—Sí, pero soy culpable de haber dejado a tu padre sin apoyo esos días.

No me quedé para asesorarlo ni impedir que cometiera un error a pesar de que sabía lo que tramaban Dairus y Ángelo.

Me dejé envolver por mi propio dolor y fui incapaz de actuar a tiempo.

Cuando quise hacerlo, me informaron que tu padre había muerto de tristeza. Incluso, que ya lo habías enterrado.

Los ojos de la mujer se volvieron de fuego por la rabia.

—¿Sabías lo que Dairus y Ángelo tramaban?

—En realidad, lo sospechaba —reveló con la mandíbula apretada—, pero no solo se me vino encima la complicación de la salud de Mónica y su muerte, sino que en la empresa se presentaron problemas graves y Max enfermó.

La muerte de su madre lo afectó más que a los otros dos trillizos y terminó internado por varias semanas.

Ya había enterrado a mi esposa, no quería enterrar también a uno de mis hijos.

Me olvidé de todo y me enfoqué solo en su salud y en la seguridad de los niños.

Cuando logré que estuvieran bien y canalicé de nuevo a mi empresa, me enteré de la muerte de tu padre.

No sabes lo mucho que lamenté que eso sucediera.

Elena desvió la mirada para así controlar la furia. Nadie más que ella lamentaba que aquello hubiese ocurrido. Su vida cambió por completo en esa ocasión. Se convirtió en una mujer llena de odio, tanto hacia sí misma como hacia otros.